Inicio Intelectualidad Cómo mejorar la calidad del aire de nuestros edificios

Cómo mejorar la calidad del aire de nuestros edificios

Hace más de un siglo, la enfermera y estadística británica Florence Nightingale resaltó lo beneficioso que era para los pacientes con tuberculosis respirar el aire exterior y contar con una buena ventilación en sus habitaciones. Hoy en día, en los países nórdicos es una práctica habitual dejar que los bebés duerman la siesta al aire libre, a veces a temperaturas bajo cero. Pero, aunque hace mucho tiempo que los humanos sabemos que el aire libre es muy beneficioso para nuestra salud, muchos lo habíamos olvidado hasta que la pandemia de COVID-19 nos obligó a recordarlo. 

En la actualidad, se sabe que el SARS-CoV-2, el virus que causa la COVID-19, se transmite a través de gotitas en el aire llamadas aerosoles que pueden viajar a corta y larga distancia. «Se trata de un virus que se propaga por el aire casi exclusivamente en el interior de los edificios. Por esa razón, es muy importante que estos estén bien diseñados», señala Joseph Allen, profesor asociado de la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de Harvard y director de su programa de Edificios Saludables. 

Para reducir la propagación del SARS-CoV-2, se implantaron en casi todo el mundo una serie de medidas, entre ellas, la obligatoriedad de utilizar mascarillas. Al mismo tiempo, se ha demostrado que es fundamental también mejorar la calidad del aire del interior de los edificios. «Ahora que esas medidas han dejado de ser obligatorias, necesitamos estrategias más pasivas, que operen en segundo plano», señala Allen. «Disponer de aire limpio no debería ser un tema sujeto a debate.» 

Limpiar el aire del interior de los edificios aporta más beneficios, además de reducir el riesgo de contraer COVID-19. Por el aire también se transmiten la gripe y otras enfermedades respiratorias que enferman a muchas personas y perjudican la productividad. Además, algunos estudios han demostrado que una ventilación deficiente perjudica la salud de diversas formas, y que es responsable, por ejemplo, del «síndrome del edificio enfermo» y de algunos problemas cognitivos

Convendría que la sociedad tomase nota de cómo se ha actuado en el tema del tratamiento del agua. Los sistemas públicos toman las medidas necesarias para garantizar la calidad del agua. ¿Por qué no hacer lo mismo con el aire? 

Gracias a las medidas adoptadas en el caso del agua, «no es necesario que la gente tenga que filtrar el agua en sus casas; los sistemas públicos proporcionan agua potable limpia y segura», señala Linsey Marr, profesora de ingeniería civil y ambiental en Virginia Tech y destacada experta en la transmisión de virus por aerosoles. «Creo que es hora de hacer lo mismo con el aire del interior de los edificios.» 

Una calidad de aire «aceptable» 

Durante los últimos 40 años, los arquitectos han diseñado edificios con «envolturas» más rígidas, es decir, que permiten menos intercambio de aire con el exterior, para así mejorar la eficiencia energética. Pero el resultado es que muchos de nuestros edificios son ahora auténticas fábricas de gérmenes. 

Cada vez se presta más atención a la calidad del aire exterior. Pero pasamos mucho más tiempo en el interior de los edificios en los que nos vemos expuestos diariamente no solo a contaminantes ambientales, sino también a los interiores, los cuales van desde diversos patógenos a los humos de las cocinas o las sustancias químicas que desprenden los muebles. 

«Los humanos somos criaturas habituadas a pasar nuestro tiempo a cubierto», señala Richard Corsi, decano del Colegio de Ingeniería de la Universidad de California en Davis. La esperanza de vida en Estados Unidos antes de la pandemia era de 79 años, y «pasamos unos 69 en el interior de edificios». Y, de esos, recalca Corsi, «54 los pasamos en nuestros hogares». 

La Sociedad Estadounidense de Ingenieros de Calefacción, Refrigeración y Aire Acondicionado (ASHRAE por sus siglas en inglés), establece una serie de parámetros para que la «calidad del aire interior sea aceptable». En el caso de los edificios no residenciales, un aire aceptable «es aquel en el que no hay contaminantes conocidos en concentraciones que son nocivas según los estándares de las autoridades competentes, y con el que una mayoría sustancial (80 por ciento o más) de las personas expuestas se muestran conformes». En cuanto a los edificios residenciales, un aire con calidad aceptable «es aquel que a la mayoría de las personas les parece aceptable en cuanto a olor e irritación sensorial y en el que es poco probable que haya contaminantes en concentraciones que se sabe que suponen un riesgo para la salud». 

Según Allen, aquellos que diseñan y gestionan los edificios deberían proponerse conseguir un aire algo más que «aceptable». También recalca que estos estándares están «muy por debajo» de lo que es necesario para proteger a los ocupantes de esos edificios contra la COVID-19, la gripe y otras enfermedades infecciosas. Otros especialistas están de acuerdo. «Piense, por ejemplo, en alguien que quiere vender un coche y utiliza un anuncio parecido a este: “Compre nuestro coche; le parecerá aceptable”. Creo que muy pocos querrían comprar ese coche», explica Corsi. 

Según William P. Bahnfleth, director del Grupo de Trabajo sobre Epidemias de ASHRAE y profesor de ingeniería arquitectónica en la Universidad Estatal de Pensilvania, los estándares de ASHRAE pretenden limitar la exposición a sustancias dañinas de las que se conoce cuál es su límite de exposición por encima del cual son peligrosas, tales como el formaldehído y otros compuestos orgánicos volátiles, pero no hace lo mismo con los patógenos, ya que hay menos datos disponibles. «El nivel actual de ventilación de los edificios no permite mitigar por completo el riesgo de transmisión de enfermedades a través del aire»,  apunta Banhfleth. Añadió que, aunque es imposible reducir el riesgo de transmisión a cero, la combinación de medidas de precaución, como la vacunación, el uso de mascarillas y la limitación de aforo, con aspectos relacionados con el diseño de los edificios, como la ventilación, la filtración y la desinfección del aire, «es la forma más eficaz de minimizar el riesgo». 

Cambiar los estándares de calidad del aire requiere tiempo. Mientras tanto, se han de dar pasos para mejorar el aire que respiramos en el interior de los edificios. Estos pasos implican el fortalecimiento de los cuatro pilares principales de la calidad del aire interior: el control de la fuente, la ventilación, la filtración y la desinfección. 

Control de la fuente

En 1858 el químico Max von Pettenkofer, uno de los pioneros del movimiento a favor de la calidad del aire interior, escribió que, si un espacio contiene una pila de estiércol, no hay que intentar eliminar el olor mediante la ventilación, sino eliminar el estiércol. 

Dicho de una forma adaptada a los tiempos que vivimos: lo primero que hemos de hacer es impedir que los contaminantes sean liberados en el aire limitando las fuentes potenciales. Por ejemplo, podemos reducir los humos de las cocinas utilizando cocinas eléctricas en lugar de las de gas. Cuando aparecen patógenos como el SARS-Cov-2, una persona que ha estado expuesta puede llevar una mascarilla de alta calidad o puede quedarse en casa (si tiene algún síntoma). 

Por supuesto, esas medidas por sí solas no impiden la entrada de todos los patógenos o contaminantes, razón por la cual son necesarios los demás pasos. 

Ventilación

El nivel de ventilación de un edificio es la cantidad de aire exterior fresco que entra en él; este aire fresco diluye la concentración de partículas cargadas de virus presentes en el aire. Imagine una partícula de SARS-CoV-2 en el interior de un edificio como una gota de colorante alimentario que se deja caer en el océano: se diluye tan rápidamente que es indetectable. La ventilación hace que el «recipiente» interior se parezca más al «océano» exterior. 

La forma más sencilla y barata de mejorar la ventilación es abriendo las ventanas, pero no siempre es posible, especialmente si el aire exterior está más contaminado que el interior. «Es un problema que tiene mucho que ver con la desigualdad social. No todo el mundo puede abrir las ventanas y hacer que entre aire fresco», afirma Kimberly Prather, química atmosférica y profesora del Instituto Scripps de Oceanografía y de la Universidad de California en San Diego. Por ejemplo, una persona de de raza negra tiene muchas más probabilidades de vivir y trabajar en lugares que le exponen a una contaminación dañina. El humo de los incendios también empeora la calidad del aire en muchas partes de la zona occidental de Estados Unidos. 

Además de las ventanas, otra forma de hacer circular el aire es mediante los sistemas de calefacción, ventilación y aire acondicionado. La mayoría de estos sistemas permiten al administrador del edificio variar la cantidad de aire fresco que entra. Los expertos afirman que, por lo general, esta debe ser la máxima, siempre que la calidad del aire exterior sea segura. Antes de la pandemia, el sistema de circulación del aire de muchos edificios estaba regulado de tal forma que lo que conseguían era hacer recircular el aire viejo y estancado del interior. Una buena regla a tener en cuenta es regular el sistema de tal forma que se produzcan al menos seis intercambios de aire por hora a través de la ventilación o mediante la introducción de una cantidad equivalente de aire fresco gracias a los sistemas de filtración de aire. 

Una forma de evaluar la cantidad de ventilación de un espacio consiste en medir la cantidad de dióxido de carbono con aparatos especializados. Los humanos exhalamos CO2 cuando respiramos, por lo que los niveles presentes de este gas son un buen indicador de cómo se diluye el aire en un espacio cerrado. Según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, cuando los valores están por debajo de 800 partes por millón se puede decir que la estancia está bien ventilada. 

Filtración

La filtración elimina las partículas y otros contaminantes presentes en el aire. Gracias a un estándar conocido como valor de informe de eficiencia mínima (MERV, por sus siglas en inglés) podemos comparar los distintos filtros. Los ideales son los filtros de partículas de alta eficiencia (HEPA, por sus siglas en inglés), que pueden atrapar el 99,97 por ciento de las partículas transportadas por el aire cuyo tamaño es de 0,3 micras, y un porcentaje aún mayor de partículas más grandes o más pequeñas (ambas son atrapadas con mayor eficiencia). Un filtro HEPA equivale a un MERV 17 o incluso superior. Tanto Prather como Corsi recomiendan utilizar filtros que al menos sean MERV 13 en lugares como escuelas u oficinas. Muchos sistemas de calefacción, ventilación y aire acondicionado pueden llegar a esa eficiencia, pero los que son más antiguos tienen problemas con los filtros más eficientes y eso podría provocar una fuga de aire, por lo que es una buena idea pedirle a un experto que lo compruebe. 

Si el edificio en cuestión no tiene un sistema de ventilación, algo que ocurre en muchos hogares, una opción es comprar purificadores portátiles de aire. Estos aparatos suelen funcionar bastante bien, siempre que tengan el tamaño adecuado para la habitación en la que se colocará. Pueden funcionar a gran velocidad filtrando el aire en momentos puntuales, por ejemplo, durante una fiesta o cuando un miembro de la familia está enfermo de COVID-19. 

Sin embargo, los purificadores portátiles de aire no son baratos, los modelos de más calidad no están al alcance de todos los bolsillos. Por suerte, unos investigadores hallaron una solución más asequible conocida como caja Corsi-Rosenthal. Llamada así por Corsi, de la Universidad de California en Davis, y Jim Rosenthal, director general de la empresa de fabricantes de filtros Tex Air, que ayudaron a desarrollar esta idea, se trata básicamente de un purificador de aire del tipo «hágalo usted mismo», compuesto por un ventilador de caja y cuatro o cinco filtros MERV unidos con cinta adhesiva. Las instrucciones para construir estas cajas están disponibles en Internet. Una caja Corsi-Rosenthal colocada en una habitación de unos 19 metros cuadrados logra el equivalente a 24 cambios de aire por hora, una cifra similar a la que se alcanza en un hospital típico de Estados Unidos y mejor que la de la mayoría de los purificadores de aire portátiles de un tamaño similar. Eso es así porque, aunque la eficiencia de la caja Corsi-Rosenthal es mucho menor que la de los filtros HEPA utilizados en la mayoría de purificadores portátiles de aire, su tasa de flujo es mucho mayor gracias a su gran ventilador. El único problema es el ruido, pero Corsi y sus colaboradores están trabajando para conseguir diseños más silenciosos. 

Desinfección del aire

El último método es la desinfección del aire: desactivar los virus mediante luz ultravioleta. Según Linsey Marr, de Virgnia Tech, esta opción es más adecuada para los entornos de alto riesgo, como hospitales y cafeterías de facultades. Consiste en dirigir luz ultravioleta hacia la parte superior de una habitación, neutralizando así los patógenos transportados por el aire mientras circulan por ese espacio. Algunas longitudes de onda de la luz ultravioleta son perjudiciales para los seres humanos, aunque hay una longitud de onda llamada luz ultravioleta lejana que es más segura para las personas. 

Sin embargo, instalar estos sistemas es bastante caro. Y además hay muchas estafas. «Si parece demasiado bueno para ser verdad –señala Marr–, es porque es falso». Para la mayoría de los hogares y pequeñas empresas, centrarse en la ventilación y la filtración es la forma más fácil y asequible de mejorar la calidad del aire. 

Invertir en la mejora de la calidad del aire

La administración Biden pidió recientemente a los gestores de escuelas, universidades y otros edificios públicos que mejoraran la calidad del aire del interior de sus instalaciones, y también organizó una sesión informativa pública para llamar la atención sobre la importancia del aire limpio en interiores. La mejora de la calidad del aire puede ser costosa, pero se dedicarán fondos federales para apoyar estos esfuerzos. Según un comunicado de la Casa Blanca, el Plan de Rescate dedica 122.000 millones de dólares a ayudas para adecuar las escuelas y 350.000 millones para que los Gobiernos estatales, locales y tribales mejoren la ventilación y otras infraestructuras de los establecimientos y empresas locales. 

«Es una gran victoria escuchar a la Casa Blanca decir que conseguir que los edificios sean saludables es fundamental para luchar contra la pandemia», afirma Allen, de Harvard. 

La COVID-19 ha acelerado los esfuerzos que se dedican a mejorar la calidad del aire en los interiores de los edificios, y los expertos esperan que este impulso tenga como consecuencia un aumento de las inversiones en este campo. 

«Creo que ahora, más que nunca, existe una gran concienciación sobre la importancia de la calidad del aire en el interior de los edificios», señala Marr. «Es tan mala en tantos lugares que hay mucho margen de mejora.» Será necesaria una gran inversión, añade Marr, pero está convencida de que esta se verá recompensada con la mejora de la salud y la productividad.

Tanya Lewis

Publicidad