Crítica de Megalodón: Y el agua sigue de color azul…

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Actualizado 10/08/2018 12:39:28 CET

MADRID, 10 Ago. (EUROPA PRESS – Israel Arias) –

Los amantes de la serie B acuática se frotaban las manos: Jason Statham contra un colosal tiburón prehistórico. ¿Qué puede salir mal? The Meg, el Megalodón, el escualo más grande jamás visto en pantalla, llega dispuesto a zamparse el verano de un bocado y dejar extasiados a los adictos a las masacres submarinas perpetraras por esas criaturas que vienen a la mente cuando sentimos algo nos roza pierna dentro del agua. Una lista que va desde pirañas a cocodrilos pasando por anacondas, calamares y pulpos gigantes, orcas y, cómo no, tiburones. Y de entre estos últimos, reyes indiscutibles del terror acuático desde que Spielberg hiciera su magia allá por 1975, el Megalodón estaba llamado a ser el monarca supremo, el voraz tirano que, al menos en lo que a bestialidad se refiere, los sometiera a todos. Lamentablemente, no es así.

El filme de Jon Turteltaub, cineasta que acumula en su filmografía títulos tan variopintos como 3 pequeños ninjas, Mientras dormías, Phenomenon, La búsqueda, El aprendiz de brujo o Plan en Las Vegas, ofrece casi todo lo prometido, pero en raciones justas y descafeinadas. Y es que es la propia naturaleza de un filme como Megalodón la que extiende cheques que sus aspiraciones en taquilla –legítimas en un producto que ha costado 150 millones de dólares– no le permiten pagar.

El gran problema de este mastodonte no es ni la simpleza de un guión deliberadamente previsible, ni su tímido sentido del humor –se sabe ligera, pero no busca ser ni retorcida ni decididamente disparatada– ni siquiera las aparatosas concesiones que realiza para justificar la cuota de pantalla de rostros como Ruby Rose o la megaestrella china Bingbing Li. No. El gran ‘pero’ de Megalodón es que no se decide (o no le dejaron, admite el propio director) a ser lo que estaba llamada a ser: Una carnicería salvaje que tiñera de rojo el agua de las atestadas playas… asiáticas, eso sí. Taquilla manda.

Con eso y con todo, y a pesar de nadar lastrado por sus pretensiones de blockbuster y su consecuente calificación por edades, el chapuzón que propone el filme de Statham y su omnipresente rictus refresca, entretiene e incluso da para algunas risas, pero para ser el placer culpable de este verano… hay que pecar más.