Crítica de Venom: El show de Tom y Hardy

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Publicado 05/10/2018 10:47:27CET

MADRID, 5 Oct. (EUROPA PRESS – Israel Arias) –

Venom, el simbionte enemigo clásico de Spider-Man en los cómics de Marvel, debuta en la gran pantalla en solitario con un filme dirigido por Ruben Fleischer y protagonizado por un siempre sudoroso Tom Hardy que afronta absolutamente entregado a la causa el doble reto de ser anfitrión y parásito.

Totalmente emancipado de su némesis arácnida, el del viscoso parásito alienígena es el primero de los filmes basados en personajes de la Casa de las Ideas relacionados con el mundo de Peter Parker que está desarrollando Sony Pictures. Un espacio cinematográfico conocido como ‘Spiderverso’ al que está previsto que lleguen pobladores como el vampiro Morbius, Silver Sable o Kraven el Cazador y que arranca de forma relajada y autoconsciente, pero demasiado mesurada.

La violencia extrema y el humor negro como el betún debían ser, a priori, las notas dominantes en una película de un personaje como Venom. De hecho, el propio director anunció en la última edición de la Comic-Con de San Diego que su película haría honor al que, según sus palabras, es “el personaje más oscuro y violento de Marvel”. Pero no. Para no arriesgar su taquilla -parece que éxitos como Deadpool o Logan no han calado en todas partes por igual- el filme de Fleischer se pliega, se anestesia, para lograr calificación más laxa y sacrifica así potencial y, sobre todo, pegada.

En lugar de ese filme salvaje y brutal que nunca sabremos lo que pudo ser, este Venom apela al humor disparatado y surrealista para intentar que el simbionte y a su anfitrión, el periodista Eddie Brock, caigan en gracia al respetable. De hecho, es la siempre intensa, y por momentos hilarante, interpretación bipolar de Hardy la que consigue hacer mucho más llevadero el constante trasiego del filme por los convencionales lugares comunes de la historia de presentación del héroe, anti-héroe en este caso, y sus recién adquiridos poderes.

Son esas locas interacciones entre Eddie y Venom, conociéndose, y a ratos vacilándose, el uno al otro, y el gran desahogo que supone que su metraje no supere la barrera de las dos horas, lo que impiden que el rutinario arranque de este ‘Spiderverso’ caiga en un pozo más negro que el corazón del gelatinoso simbionte.

Un villano desprovisto de todo carisma, la dudosa química entre Hardy y Michelle Williams o las dosis de CGI de rigor metidas con calzador tampoco ayudan a un filme que avanza a trompicones, pero que es lo suficientemente delirante para no llegar a aburrir en ningún momento. Venom, además, lanza una gran idea que, al menos en esta primera entrega, no se decide a explotar hasta su última secuencia: dos pringados que se encuentran por accidente y que descubren que, gracias a su simbiosis, pueden llegar no solo a hacer, sino incluso a ser algo grande.