Cuchillas que vuelan en el desierto

Una compacta acumulación de cristales de yeso [Kathleen Benison].

Quien haya estado alguna vez en medio de una tormenta de arena sabe con certeza que no es ningún placer. Sin embargo, comparadas con muchas mangas de viento del Salar de Gorbea, en los Andes entre Argentina y Chile, esos abrasivos arenados podrían parecer un juego de niños. Los diablos de polvo, como se llama a remolinos así, pueden ser tan fuertes allí que arrastren por el aire, no granos de tierra, sino cristales de yeso de muy buen tamaño, parecidos a cuchillas, de modo que acaben formando grandes montones a cierta distancia, como dunas. Esa es la conclusión a la que llega la geóloga Kathleen Benison a partir de sus observaciones, que recopila en la revista Geology. Los cristales, que a veces miden casi 30 centímetros de largo, se generan en charcas muy saladas y ácidas de origen volcánico. Cuando alguna charca se seca, los cristales quedan sueltos y abandonados al viento y la intemperie. El suelo se cubre por allí con ellos, pero luego están esas dunas de cristales de yeso a varios kilómetros de distancia en medio del desierto: solo vientos muy fuertes pueden impulsar el material de tal forma, según Benison

Durante una estancia como investigadora en esa parte del desierto de Atacama, la geóloga observó que cada tarde se formaban en el Salar mangas de viento que llegaban hasta las dunas colindantes y allí se extinguían. Por lo general, estos vientos desatados por el fuerte calentamiento del subsuelo tienen una breve duración y no son demasiado intensos. Sin embargo, Benison ha visto casos en los que llegaban a tener un diámetro de 500 metros y alcanzaban una altura de varios kilómetros. Podrían, pues, adquirir intensidad suficiente para transportar los cristales, que son bastante pesados. Al paso del remolino van «lloviendo», hasta que el fenómeno, que Benison ha llamado «diablo de grava» en vez de diablo de polvo, por el inusitado tamaño de lo que arrastra, agota su fuerza. Donde eso ocurre se acumulan los cristales restantes en un montón que puede llegar hasta los cuatro metros y medio de altura. El agua no puede ser el medio de transporte, en cambio: la lluvia es sumamente rara en esa región y los efímeros torrentes de tormenta hacen que el material se desperdigue por la superficie, pero no que se acumule en montículos.

Ya se había contado anecdóticamente que los diablos de polvo de los desiertos del sudoeste de Estados Unidos habían arrastrado ratas canguro y conejos. No puede excluirse que puedan volar también cristales (comparativamente ligeros) cuando la velocidad del viento es lo bastante alta. Hasta ahora las velocidades punta que se les han medido a los diablos de polvo no sobrepasaban los 70 kilómetros por hora; no es suficiente para mover materiales así. Sin embargo, en el Salar, que está muy alto, la baja presión atmosférica y la especial forma de los cristales de yeso favorecerían el vuelo. Su forma alargada y aplanada recuerda a un aspa de rotor: una vez levantados del suelo, podrían volar largo rato con el viento y solo precipitarse al suelo tras haber recorrido unos kilómetros. Esto deberán aclararlo en adelante mediciones meteorológicas en la remota región desértica, espera Benison: «Esos diablos de grava podrían ser los mayores y más intensos de la Tierra».

Más información en Geology.

Fuente: spektrum.de/Daniel Lingenhöhl

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