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Gilda se redime en el ‘Rigoletto’ del Teatro Real, entre ‘jaurías’ y fiestas ‘bunga bunga’

MADRID, 3 Dic. (EUROPA PRESS) –

El Teatro Real ha acogido este sábado 2 de diciembre el estreno de la ópera ‘Rigoletto’ en versión escénica de Miguel del Arco, con división de opiniones ante una propuesta que reinventa la visión de la protagonista femenina, acompañada de escenas que incluyen violaciones de una ‘manada’ y fiestas donde la mujer es simplemente un objeto sexual.

Ya lo había advertido el propio Del Arco en la previa, que este estreno no se trata de una versión «feminista, porque el feminismo ya estaba en el texto». Y ese foco se pone en práctica antes incluso de que suenen los primeros acordes de la obra, con una persecución a una mujer salida del patio de butacas, cuyo final será el de una violación.

Esta brutal escena de apertura es seguida en cuanto comienza a sonar la música de una fiesta que el propio creador ha definido como una suerte de ‘bunga-bunga’ –aquellas que popularizó el ya fallecido político Berlusconi–.

La fiesta en el palacio es la representación del abuso de poder masculino –o, al menos, así lo ha imaginado Del Arco–: mujeres desnudas recorren las estancias del palacio siendo perseguidas por hombres elegantemente vestidos que ríen y bailan. En algunos momentos, las máscaras que portaban los presentes recordaba irremediablemente a la fiesta onírica de la película ‘Eyes wide shut’.

Y así, el espectador se sitúa desde el comienzo ante un Rigoletto completamente distinto a lo visto hasta ahora. Esto no es un dato irrelevante: con este número de representaciones –estará hasta el 2 de enero, la ópera de Verdi se convierte en la más representada en el Teatro Real, superando a ‘Aída’. No era fácil sorprender con una nueva propuesta que tantas veces ha estado en el escenario del coliseo madrileño –y que también ha causado rechazo en parte del público, que ha abucheado al final a Del Arco–.

La historia así contada interpela al espectador sobre la ‘cultura de la violación’, a lo que se suma la necesaria participación de actores cómplices. En este caso, será el propio Rigoletto –un Ludovic Tezier que conoce bien el papel y ha sido ovacionado–, padre de Gilda –de quien se encapricha el Duque de Mantua– y quien actuará como colaborador necesario.

TELAS Y OSCURIDAD

Sin su famosa deformidad física –aquí la deformidad está en la mente, en el imaginario de Del Arco–, decide encerrar a su hija para protegerla del «oscuro mundo» que la rodea, algo que terminará por volverse en su contra. «Cómplice y víctima del libertinaje de su amo, es a la vez protector y verdugo de su hija», ha definido el director artístico del Real, Joan Matabosch.

La puesta en escena de Sven Jonke sumerge al espectador en un escenario casi onírico, muy oscuro y con unos telajes que van cambiando según las necesidades de escena, creando desde un burdel hasta unas estancias de palacio o una montaña que parece sacada de un paisaje romántico.

A pesar de que en escenas los personajes aparecen con un ropaje del siglo XVI que Verdi retrató –y antes Victor Hugo en el breve relato de ‘El rey se divierte’–, también se mezclan otros momentos donde la modernidad de la ropa parece situar al espectador en la actualidad. Y hay varios momentos de desnudos con mujeres haciendo gestos obscenos, dando la idea de esa explotación sexual.

LA DONNA È MOBILE

Sin duda, la oscuridad es la protagonista de esta propuesta, como en ese tercer acto en el que hay prácticamente un descenso a los infiernos del Duque, representado a través de una visita a un burdel.

Precisamente, en ese tercer acto es donde se ha producido uno de los momentos más esperados, el recitado de Camarena de ‘La donna è mobile’ –bajo dirección musical de un Nicola Luisotti también muy aplaudido–, aunque ha habido otras arias que han estado incluso a punto de conseguir un bis –en la voz de Adela Zaharia, que ha dado vida a Gilda–.

En definitiva, el Real se ha arriesgado con una obra «potente e incómoda para los espectadores», tanto para la época de Verdi como para la actual –«eso es respetar el legado con una obra que sigue interrogando, expresando, golpeando y, quizás incluso, indignando»–. No hay que olvidar que la censura ha acompañado desde el inicio a esta ópera: la tragedia de Victor Hugo tuvo una única representación, el 22 de noviembre de 1832 en París antes de ser prohibida y Verdi también solo tuvo una obra de gracia en su estreno en el Teatro Fenice.