Inicio Intelectualidad Heródoto no tenía razón sobre los etruscos

Heródoto no tenía razón sobre los etruscos

La antigua y compleja civilización de los etruscos ha sido durante mucho tiempo un misterio para los historiadores de la Antigüedad: desde su núcleo, en la actual Toscana, dominó buena parte del norte de Italia durante varios siglos, hasta el último antes de nuestra era, cuando quedó definitivamente subsumida en el Imperio romano. Los etruscos (o «rasna», o «rasenna», como se llamaban a sí mismos) crearon una sociedad muy singular: comerciaba activamente, conocían técnicas únicas, sus costumbres y modos de hacer no eran como los de sus vecinos. Y hablaban una lengua propia, que nada tenía que ver con el griego o el latín de sus contemporáneos.

Los antiguos precursores de la historiografía lo sabían. Trataron de responder a la pregunta de dónde vino ese misterioso pueblo del norte de Italia, tan diferente. Heródoto, por ejemplo, creyó a las fuentes griegas que decían que los antepasados de los etruscos llegaron a Italia por mar desde Asia Menor o el Egeo, llevando consigo la cultura griega. Varios indicios hablaban en contra de esta hipótesis de los antiguos, otros parecían apoyarla. Y así hasta los tiempos actuales: en 2007, un examen de la huella genética de los toscanos descubrió una presencia sorprendente de marcadores genéticos que también son comunes en Anatolia hoy en día. 

¿Los etruscos eran anatolios? Solo se podía confirmar analizando el ADN de las tumbas de los etruscos de los siglos anteriores a la desaparición de su cultura. Un equipo internacional de científicos de diversas disciplinas, entre ellos Johannes Krause, del Instituto Max Planck de Historia de la Humanidad, en Jena, y Cosimo Posth, de la Universidad de Tubinga, se ha encargado de ello ahora. El resultado parece que no tiene vuelta de hoja: Heródoto se equivocó y las antiguas teorías que ponían el origen de los etruscos en Anatolia no estaban en lo cierto.

Según han publicado en Science Advances, los etruscos, que por sus hechos parecían tan diferentes, apenas se distinguían genéticamente de sus vecinos. El equipo examinó las huellas genéticas de 82 individuos que vivieron en la zona de influencia etrusca entre el año 800 antes de nuestra era y el 1000 de esta. Al igual que otros grupos de la zona, el genoma de los etruscos de la Edad de Hierro presenta la mezcla habitual de los pueblos que se asentaron en amplias partes de Europa tras el Neolítico. Así, los etruscos se asemejaban a los latinos, de más al sur de la bota, donde más tarde surgiría la ciudad de Roma. Es típica la mezcla de huellas genéticas propias de las estepas del este: llegó a toda Europa tras una ola migratoria, procedente de los paisajes esteparios al norte del mar Caspio, que sustituyó a los anteriores habitantes de Europa y dio lugar a nuevas culturas, como la de la cerámica cordada.

Además de los genes esteparios, algunos de los genomas estudiados muestran la mezcla de genes centroeuropeos, norteafricanos y de Oriente Próximo típica de la época y la región. En cambio, los investigadores no encuentran pruebas de que los etruscos, como creyeron Heródoto y diversos teóricos, procediesen de Anatolia o del Egeo.

Como ocurrió con las demás grupos itálicos, su composición genética cambió significativamente con el auge del Imperio Romano: se mezclaron con el acervo génico local numerosas influencias del este del Imperio, una consecuencia seguramente de la mayor movilidad en esta época, que trajo soldados o esclavos del Mediterráneo oriental a Italia, por ejemplo. Por último, a principios de la Edad Media se observa otra nueva influencia en los genes de la Toscana: los procedentes del norte como aportación, entre otros, de los germanos y longobardos, llegados con el fin del Imperio.

El llamativamente poco llamativo material genético etrusco plantea ahora a los investigadores un nuevo enigma: ¿por qué los etruscos se diferenciaron culturalmente de forma tan clara de sus vecinos, que por lo demás eran tan similares en su origen a ellos, desde sus primeros tiempos y durante siglos? ¿Y por qué hablaron durante siglos, precisamente ellos, una lengua cuyos orígenes siguen siendo misteriosos? En Italia y otras partes de Europa, los inmigrantes procedentes de las estepas tras el final del Neolítico no solo aportaron el acervo génico estepario, sino también su lengua, probablemente una forma originaria del indoeuropeo.

Puede que el etrusco perdurase porque los inmigrantes adoptaron la cultura y la lengua de los primeros etruscos a medida que se iban asimilando socialmente, despacio pero en gran número, según conjetura el equipo. El proceso de fusión cultural y genética se habría producido en este caso, pues, de forma diferente, y tal que el etrusco sigu siendo una lengua viva durante siglos mientras que otros idiomas no indoeuropeos más antiguos se extinguieron sin dejar rastro.

Los lingüistas debaten acerca de si el etrusco fue una rama de una familia lingüística europea muy antigua que se extendió durante el Neolítico y luego fue desplazada por otras. El lingüista Helmut Rix propuso que el etrusco formaba parte de una familia tirsénica, o tirrénica, de lenguas, entre las que incluía, además del etrusco, las extintas lenguas rética, de la región alpina, y lemnia, conservada por escrito en una estela de la isla de Lemnos, del Egeo. Estas lenguas tendrían un origen anterior a  la llegada del indoeuropeo a Europa; serían reliquias de hipotéticas lenguas preindoeuropeas, como la de los vascos neolíticos.

Jan Osterkamp

Referencia: «The origin and legacy of the Etruscans through a 2000-year archeogenomic time transect», de Cosimo Posth et al., en Science Advances 24, septiembre de 2021, volumen 7, número 39.

 

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