¿La preferencia musical hacia la consonancia es innata o cultural?

Un estudio reciente publicado en Nature halla que los indigenas de una tribu del amazonas boliviana, llamados «Tsimane», no muestran ninguna preferencia por la consonancia musical, en relación con la disonancia.
[E. Schniter, Anthropol. Aging/ CC 4.0]

La gran diversidad de expresiones musicales que existen en las diferentes culturas plantea la cuestión de cómo el cerebro percibe los sonidos musicales. ¿Qué es lo que hace que nos gusten un tipo de armonías y otras no? ¿Las diferentes culturas escuchan el mundo de manera distinta?

En las profundidades de la Amazonia boliviana hay una aldea que vive aislada de las influencias occidentales. En un artículo publicado esta semana en la revista Nature, los científicos han hallado que los indígenas perciben la armonía de forma distinta a como lo hacemos los oyentes occidentales. Los gustos musicales surgen en función de la educación cultural y las experiencias, más que por factores biológicos, según los autores del estudio.

«Los resultados muestran que hay una gran diferencia cultural en la forma en la gente responde a los intervalos consonantes y disonantes», explica Josh McDermott, investigador del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y autor principal del artículo. Esto sugiere que otras culturas escuchan el mundo de manera diferente.

Este estudio es uno de los primeros en poner a prueba un debate muy antiguo. Algunos expertos sostienen que la forma en la cual las personas respondemos a las consonancias y las disonancias tiene ciertas bases biológicas. Ello es debido a que los sonidos que, como regla general, gustan más, surgen de unos intervalos concretos que ya están presentes en la naturaleza física del sonido (los armónicos). Y argumentan que esta base innata se halla por encima de cualquier influencia cultural de preferencias musicales, representando un fenómeno universal.

El concepto de consonancia y disonancia  en la música occidental se basa en las relaciones de frecuencia entre tonos simultáneos. La vibración de una cuerda da lugar a una vibración periódica que se percibe como un sonido. Este está compuesto por una frecuencia fundamental, producida por la oscilación de toda la longitud de la cuerda, así como de frecuencias que corresponden a múltiplos enteros de la longitud total de esta cuerda (armónicos), es decir, su mitad, un tercio, etcétera. Durante mucho tiempo se ha considerado que este principio físico determina la forma cómo percibimos la armonía. Por ejemplo, los tonos cuyas frecuencias están en relaciones de enteros simples unos con otros, tal como 2:1 (octava), 3:2 (quinta justa) o 5:4 (tercera mayor), se consideran consonantes y más agradables que los disonantes como 16:15 (la segunda menor). Si esta hipótesis es correcta, entonces todos los oyentes, independientemente de su cultura, deberían preferir combinaciones de tonos similares.

Por el contrario, otros expertos piensan que estas preferencias son el producto de la herencia cultural de cada uno. Si la educación modula nuestras preferencias, entonces no se puede tratar de un fenómeno universal.

La clave para poder estudiar de dónde vienen las preferencias fue encontrar y analizar sujetos que no hubieran tenido demasiado contacto con la música occidental. McDermott y su equipo viajaron en avión, coche y canoa para llegar a las aldeas remotas de los tsimane’, una sociedad indígena en la Amazonía de Bolivia, al pie de los Andes. Estos individuos exhibían varias características interesantes para el trabajo: además de vivir aislados de la cultura occidental, su música resulta muy particular, pues no presenta ni armonía ni polifonía (solo cantan o tocan una misma melodía a la vez).

Para investigar la respuesta a la música, McDermott y sus colaboradores interpretaron combinaciones de notas ante tres grupos de personas: los tsimane’ y otros dos grupos de bolivianos. Los investigadores anotaron si percibían los sonidos como agradables o desagradables evaluando sonidos consonantes, que son comunes en muchas culturas musicales, a parte de la occidental, así como los disonantes. (En Do Re Mi Fa So La Si Do’, por ejemplo, los Do son exactamente una octava y son un ejemplo de intervalo consonante).

Los resultados revelaron que los tsimane’ distinguían igual de bien los sonidos en comparación con los otros probandos. Pero, al contrario de la mayoría de las personas, que prefieren los sonidos consonantes, estos no mostraron ninguna preferencia entre intervalos disonantes o consonantes. «Esto deja bastante claro que no nacemos con este tipo de preferencias definidas», sostiene McDermott.

«La cultura desempeña un papel. Nos gusta la música con la que crecimos», coincide Dale Purves, neurobiólogo de la Universidad de Duke en Durham, Estados Unidos.  Aunque añade que pretender posicionarse en una respuesta única para el debate «herencia versus medio ambiente» resulta una tarea inútil. Casi siempre se trata de una combinación entre ambos factores.

Robert Zatorre, investigador de la Universidad McGill de Montreal, también se muestra escéptico con el estudio y duda que las influencias culturales sean dominantes en las preferencias musicales. Cita como ejemplo a los monos macacos. Estos animales carecen de una cultura musical, sin embargo disponen de neuronas en la parte auditiva del cerebro que responden de  manera diferente a intervalos de tono distintos. Con todo, Zatorre afirma que las experiencias culturales siguen siendo importantes para configurar el modo en que percibimos los sonidos. 

Todos los humanos nacemos con cerebros y sistemas nerviosos similares, pero son flexibles. El desarrollo del habla es semejante al de la música en la educación de una persona. Los bebés poseen la capacidad de discriminar entre los sonidos de diferentes idiomas, pero esta se desvanece con el tiempo ya que se especializan en su lengua nativa. De esta manera, los japoneses pierden la capacidad de distinguir entre la «r» y la «l». Zatorre aporta su visión de los resultados del reciente artículo en un News&Views de Nature.

 «Tu cerebro básicamente se afina en función del medio ambiente que te rodea», concluye Zatorre.

Más información en Nature y Nature News&Views

Fuente:Nature News

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