Viajes desde el viaje quijotesco

Llamazares tiene claro que la novela cervantina «ocurre en todos los lugares y en ninguno»

El Quijote ha generado innumerables recreaciones, encauzadas en múltiples géneros, a mogollón a veces. Además de orientar grandes ensayos (Unamuno, Ortega) y fecundos estudios (Martín de Riquer, Astrana Marín, biógrafo de Cervantes), se ha llegado al arrojo de transcribir todo el relato en verso, existiendo también peregrinas investigaciones que tratan de medir los itinerarios al hilo del torpe trote de Rocinante. La novela de Kenneth GrahamDon Quijote en Yanquilandia, sucedida en el siglo XX, introduce al ingenioso hidalgo hasta en los estudios de Hollywood.Pastor de El TobosoPastor de El Toboso– Fototeca del CECLM

Azorín glosó las tierras holladas por caballero y escudero en las quince crónicas que comprende La ruta de Don Quijote, encargadas por el periódico El Imparcial en 1905 al cumplirse el tricentenario de la publicación de la primera parte del libro. En estos fragantes textos, el lenguaje azoriniano es en muchos momentos novelesco, encarnado en un gran estilo y vertiendo una exacta interpretación sociológica. De La ruta de Don Quijote hay muchas ediciones. Yo quiero destacar la que publicó el Centro de Estudios de Castilla-La Mancha a propósito del primer centenario de la aparición del libro de Azorín, cuidadosamente preparada por Esther Almarcha e Isidro Sánchez y que incorpora apreciables subsidios bibliográficos y un sugerente repertorio de fotografías de época.

Portada del libro de LlamazaresPortada del libro de Llamazares

Julio Llamazares amplía el contenido azoriniano, pues Martínez Ruiz se ciñó a La Mancha, refiriéndose sólo a Argamasilla, a la que viaja en tren desde Madrid, y luego, en carro, a Puerto Lápice, Ruidera, Campo de Criptana, El Toboso y Alcázar de San Juan, desde la que regresa a la capital de nuevo en tren. Siempre teniendo claro Llamazares de que la novela cervantina «ocurre en todos los lugares y en ninguno». Y como Azorín, en el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte, recibe el encargo periodístico, por parte de El País, para que trate el viaje quijotesco en 30 artículos. El libro resultante, El viaje de Don Quijote, publicado por Alfaguara, incorpora, al final de los capítulos, unas jugosas precisiones acrecentando la información que nos da la genial novela. Sí se echa de menos la reproducción de las fotos de Navia, que acompañó a Llamazares en el periplo, publicadas en los artículos originales. El suculento volumen está distribuido en tres partes, las tres salidas; en la primera, el cronista sigue los pasos, alterándolos más o menos, de Azorín, con una escritura más humilde que la del narrador alicantino y que yo hubiese constreñido o reducido tal vez a un extenso prólogo. En la segunda y tercera su lenguaje se crece refiriéndose al territorio de Sierra Morena, de la Ciudad Real no manchega y al recorrido, tan preciso y difuso a un tiempo, por cambiado, hasta Barcelona. Secuencias fértiles y elásticas a las que el ducho escritor leonés, en su abundante literatura viajera, nos tiene desde siempre acostumbrados.

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