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Construcción social del riesgo

En la última semana, dos eventos dejaron graves pérdidas y luto. Me refiero, por supuesto, al autobús y la motocicleta que fueron arrastrados al fondo de un guindo por un derrumbe y la cabeza de agua que destruyó o falseó las casas de centenares de familias en las montañas de Aserrí.

Dos tragedias que conmocionaron al país, pero ninguna de ellas fue un accidente. Un accidente es un “suceso imprevisto que altera la marcha normal o prevista de las cosas”. Sin embargo, ninguno de los dos casos fueron imprevistos, fatalidades insospechadas y fortuitas. Por el contrario, fueron crónica de un desastre anunciado.

Para entender hechos así, los especialistas en gestión de desastres hablan de la “construcción social del riesgo”. Por ello se refieren al desarrollo de infraestructuras (vías, redes de energía y agua, viviendas y edificios) altamente frágiles y, por tanto, vulnerables a los efectos de eventos climáticos.

Son activos muy expuestos a inundaciones, derrumbes o terremotos. Esa fragilidad y vulnerabilidad no deriva del hecho de estar mal construidos, aunque, en ocasiones, pueden estarlo por falta de recursos, prevalencia de prácticas corruptas o falta de supervisión técnica. Lo son porque están emplazados en lugares muy afectados por la degradación del ambiente.

En Costa Rica tenemos riesgo social en muchos sitios. Miles de edificaciones y centenares de escuelas están en zonas de inundación, y casas y carreteras, en laderas inestables. ¿Es esto producto de la ignorancia? No, y eso se sabe desde hace rato, tanto así que hace un tiempo la Comisión Económica para América Latina estimó que el país perdía más de un 1% de crecimiento económico anual debido a desastres.

El problema es multicausal: ausencia de políticas eficaces de ordenamiento territorial (la mayoría de las municipalidades siguen sin planes reguladores actualizados y muchas no tienen del todo); se subestiman exprofeso riesgos con tal de ahorrarse plata en la construcción de una infraestructura; las desigualdades económicas que empujan a los más pobres a “cualquier sitio” para tener casa; prácticas culturales que convierten los ríos en basureros taqueados.

Que sea multicausal no exime a nadie de responsabilidad. Sin embargo, una vez que la tragedia ocurre empieza el ritual del “yo no fui, fue Teté” o el intento de caracterizarlo como un hecho fortuito. Nada de eso.

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El autor es sociólogo, director del Programa Estado de la Nación.

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