Corbyn aprovecha la ausencia de May en el debate a siete

El líder laborista fue muy aplaudido con sus propuestas populistas de más gasto social

En plena precampaña, Theresa May adoptó la altiva decisión de no aceptar debates electorales, dando por sentado que con su ventaja en las encuestas, por entonces enorme, tenía más que perder que ganar en las lizas televisivas. Hace dos años, Cameron optó por una vía intermedia: no aceptó un cara a cara con Miliband, pero sí una liza a siete.

Esta noche de martes, en horario estelar de la BBC One, se ha celebrado un nuevo debate con siete participantes, al que inesperadamente se sumó a última hora Jeremy Corbyn, el líder laborista, quien anteriormente había dicho que al darse de baja May él tampoco acudiría a este tipo de encuentros. Su cambio de idea ha resultado una jugada hábil, porque sobre toda la velada sobrevoló el mal detalle de May de no acudir y porque el público aplaudió y jaleó algunas de las propuestas populistas del líder laborista en material social. El debate se celebró en la ciudad universitaria de Cambridge.

En la contienda actuó como representante del Partido Conservador la ministra del Interior, Amber Rudd, que estuvo correcta, pero que acusó ser solo el testaferro de la gran ausente. Además se convirtió en el objetivo de los otros seis debatientes: Corbyn, las líderes verde y nacionalista galesa, el SNP; Tim Farron, candidato liberal demócrata, y el fallido nuevo dirigente de UKIP, Paul Nuttall, que carece del controvertido pero indudable carisma que poseía su predecesor Farage.

La ministra del Interior ha mostrado coraje batiéndose en una liza tan difícil cuando hace solo dos días que murió su padre.

May, que en las dos últimas semanas ha perdido la mitad del apoyo en los sondeos con que empezó la precampaña, habrá sopesado viendo el debate si fue una idea acertada el no acudir. Algunos analistas le achacan que se está tomando estos comicios como si fuese la reina, más que una política. El liberal Tim Farron, en su turno de despedida, miró a la audiencia fijamente y dijo en alusión a la primera ministra: «No valéis su tiempo. No le deis el vuestro».

Por lo demás el debate fue un calco de la campaña. Corbyn se presenta con lo que llama «un programa de justicia social para los muchos, y no para los pocos» y los laboristas lo tachan de líder de «la coalición del caos». El dirigente socialista repitió sus promesas de ofrecer matrículas universitarias gratis, reponer los menús escolares que van a retirar los conservadores, más plazas de guardería gratuita y fuertes inversiones en sanidad y asistencia social. Es una evidencia que las cuentas públicas británicas no permiten sufragar esa aventura populista, pero él lo argumenta diciendo que lo sufragará «subiendo el impuesto de sociedades al 26%, que es donde estaba en 2010» y «subiendo un poco los impuestos al 5% más rico para ayudar al 95% de la sociedad». Socialismo clásico con sabor a años 70 del siglo pasado.

Corbyn parecía la figura de la noche ante el error de May de cederle todo el espacio. Logró sus mayores aplausos cuando en tono enérgico se encaró con la representante tory y en un tono bastante demagógico le preguntó: «¿Has estado alguna vez en un banco de alimentos? ¿Has visto a la gente durmiendo en la calle? Ese es el coste de la autoridad tory». Rudd, molesta, replicó que sí, que conocía esas realidades, pero los aplausos a Corbyn opacaron su respuesta.

La representante de May repitió el discurso diario de ella: que solo la actual primera ministra está capacitada para convertir el Brexit en un éxito.

En el tema del terrorismo, un punto débil de Corbyn, que antaño acudió a actos del IRA y Hamas, la ministra del Interior no supo aprovechar las flaquezas de su rival. El candidato laborista acusó a los Gobiernos conservadores de haber recortado la plantilla de policías en 20.000 agentes, parte esos recortes con May al frente de Interior, lo cual es un dato cierto. Por supuesto prometió reponer esas plazas. También reiteró su teoría, arriesgada a efectos electorales, de que parte de la culpa de los atentados que sufre el Reino Unido radica en sus campañas bélicas en el mundo islámico.

Tim Farron, el líder liberal, carece de la excelente oratoria y nivel intelectual de su predecesor, Nick Clegg. Sus propuestas europeístas –el suyo es el único partido que todavía defiende un segundo referéndum sobre la UE– no ganaron aplausos del público. Pero sí los obtuvo con su mejor golpe, cuando replicó al líder xenófobo de UKIP lo siguiente: «Porque no le cuentas a la gente que la semana pasada fue acosado camino de su casa un asiático que venía de trabajar 50 horas salvando vidas tras el ataque de Mánchester. Era un médico. Eso es lo que pasa cuando se demoniza a los inmigrantes».

El representante de UKIP, un partido a la baja, cuyo voto está volviendo al Partido Conservador, criticó a Corbyn por subir el impuesto de sociedades («esa es la manera de que se vayan las empresas, y con ellas los empleos») y a todos los demás por «no decir claramente que la ideología del atentado fue la islámica».

May lleva todavía unos diez puntos de ventaja, según los nada fiables sondeos británicos (¿realmente dónde son fiables?). Pero parece que en esta campaña no está ayudándose mucho a sí misma.

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