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Dos millones de blancos han abandonado Suráfrica debido a la alta criminalidad y a la política de discriminación positiva a favor de los negros

Lo han bautizado como el Great Trek (la Gran Expedición) al revés. No tiene la repercusión mundial que tuvo el fenómeno del ‘apartheid’, la exclusión de los negros de la vida pública surafricana que convirtió al país en una de las principales potencias económicas del mundo. Fue una situación injusta que, sin embargo, logró el objetivo de que Suráfrica venciera la guerra al hambre. El único caso dentro del continente negro. Se trata del fenómeno inverso a la incursión entre 1830 y 1840 de centenares de granjeros blancos, la mayoría descendientes de holandeses, en las regiones interiores de Suráfrica en busca de nuevas tierras donde asentarse y forjar un futuro para sus familias.

Ahora, el Great Trek no se hace con carromatos de bueyes y aperos de labranza, sino en avión hacia Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos o Canadá y supone una fuga de capital humano especializado que ya está hipotecando el crecimiento económico del país. Se calcula que casi dos millones de blancos ha abandonado Suráfrica desde 1996, un fenómeno que continuará, y del que se culpa a la alta criminalidad que sufre el país y a las políticas de discriminación positiva del Gobierno en beneficio de la población negra.

Los que emigran son jóvenes profesionales y parejas con hijos menores de 10 años. Las consecuencias a largo plazo son nefastas para la economía surafricana, tanto por la pérdida de profesionales especializados, de los que el país se encuentra carente, como por la pérdida de contribuyentes a las arcas del Estado. La población blanca envejece y sólo pagará impuestos durante los próximos 20 años, según el estudio. Mientras, la población negra se emplea en el sector informal, que no paga tasas.

Cronjé y Macfarlane creen que la alta criminalidad es la responsable de este éxodo. Suráfrica es uno de los países más peligrosos del mundo, de acuerdo con las estadísticas. Alrededor de 18.000 surafricanos son asesinados cada año.

Según un informe dado a conocer por el Instituto de Relación Raciales de Sudáfrica S.A.I.R.R., cada año abandonan el país más de cien mil blancos han abandonado su país. Están cansados y de los privilegios que se conceden a la población negra. Todos los empleos y servicios públicos son orientados a la gente de color. Lo que no previeron los impulsores de estas medidas es el cataclismo social y económico que provocaría. Sin la población blanca al frente de la gestión de los recursos productivos del país, Suráfrica ofrece el mismo nivel de competitividad que Soweto o Sierra Leona. La corrupción se extiende como una plaga por el país y los indicadores económicos alertan ya de lo que los políticamente correctos y los apologistas de la multiculturalidad se obstinan en ignorar: la marcha paulatina de los blancos está acelerando la pobreza progresiva del país.

Hasta mediados de los años 90, las multinacionales surafricanas dirigidas por blancos podían competir en igualdad de condiciones con las principales firmas de Occidente. Hoy las escasas empresas sólidas que sobreviven de la época de la supremacía blanca sufren los embates del intervencionismo estatal, que les obliga a contratar a un determinado número de directivos y empleados negros, lo que ha terminado por hacerlas ineficientes y cada vez menos productivas.

Desde 1995 se se han perdido dos generaciones completas de blancos. Hoy la población blanca de Sudáfrica sólo llega a los 3.300.000, casi dos millones menos que en 1995, cuando habían 5,2 millones. Este daro representa nada menos que un quinto de la población blanca. ¿Dónde están las organizaciones antirracistas que ponen el grito en el cielo cada vez que un país europeo promueve alguna medida regularizadora de su población inmigrante.

¿Quién será capaz de sostener el nivel de productividad que alcanzó Suráfrica en los años 80 y que la situó más cerca de Suecia que de sus vecinos africanos? Nada parece indicar que el éxodo de la población blanca vaya a detenerse. Los escasos dirigentes negros que analizan la situación del país sin las anteojeras de los prejuicios supremacistas reconocen que son los blancos quienes producen más, mejor y pagan los impuestos que sostienen las políticas sociales del gobierno en favor de la población de color.

Discriminación nada positiva

Las políticas de discriminación positiva emprendidas por el Gobierno del Congreso Nacional Africano (ANC, en sus siglas en inglés) han sido duramente criticadas -y no sólo por los partidos de la oposición- por no ser efectivas en la lucha contra la pobreza y el desempleo, que se sitúa en más del 40% (en algunos guetos como Soweto la cifra puede llegar al 70% entre los jóvenes de entre 20 y 30 años) y que afecta sobre todo a la población negra.

La política llamada de BEE (Black Economic Empowerment, es decir, la potenciación económica negra) ha supuesto la llegada a la élite económica de Suráfrica de un número de empresarios negros, convertidos rápidamente en millonarios, algunos de ellos sospechosamente ligados al ANC, y una tímida generación de clase media, pero aún exigua.

De acuerdo con el estudio de Cronjé y Macfarlane, un tercio de la población con salarios más elevados es negra. Pero sólo un 1% de la población negra podría ser considerada de clase media, que es la que lleva el peso de la contribución a las arcas del Estado. La fuga de cerebros, de no frenarse o suplirse de alguna manera, sólo puede empeorar la situación: “Tendría que haber un enorme flujo de trabajadores capacitados para suplir las vacantes, y desafortunadamente ése no es el caso”, dice Cronjé, quien recuerda que la educación de los jóvenes negros todavía no se ha igualado a los estándares de la enseñanza que han recibido y reciben los blancos.

Se calcula que por cada trabajador especializado que emigra del país se dejan de generar 10 puestos de trabajo de menor especialización.

La falta de trabajadores con una especialización, ocasionada por la fuga de cerebros, es especialmente notoria en el sector sanitario, exhausto además por tener que lidiar con la pandemia del sida, con más de cinco millones de surafricanos afectados, una de las cifras más altas del mundo.

Se calcula que existen 32.000 vacantes sólo de enfermeras en el sector público y, pese a que se ha puesto en marcha un plan para la construcción de hospitales y la mejora de los salarios y las condiciones laborales de los trabajadores, el éxodo sigue imparable. Suráfrica ha tenido que firmar un pacto con Reino Unido para que éste no contrate a sus médicos y enfermeros (el 6% del personal médico en tierras inglesas es surafricano). Suráfrica se ve obligada a contratar médicos de países más pobres, con lo que se empeora la situación sanitaria de otros, como Ghana, que tiene más médicos trabajando fuera del país que dentro.

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