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Editorial: Japón robustece sus defensas

Este mes, paracaidistas participaron en un ejercicio militar conjunto entre Japón, el Reino Unido, Australia y EE. UU.

Confrontado con un creciente poderío militar chino, cada vez más provocador, expansionista y peligroso, y con el acelerado desarrollo de la capacidad nuclear ofensiva de Corea del Norte, Japón decidió pasar de la cautela al activismo en su estrategia de defensa. El costo será enorme y desviará recursos que podrían utilizarse con otros fines. Sin embargo, peor sería mantenerse impasible ante esos riesgos para la integridad territorial del país, el libre tránsito marítimo en la zona y, más aún, la estabilidad internacional. Por esto, aunque la naturaleza pacifista de su Constitución es ejemplar, coincidimos en que llegó la hora de adaptar los métodos defensivos a un entorno mucho más inestable.

La preocupación de Tokio es compartida por las capitales de otros países en la región Indopacífica, en particular Corea del Sur, Australia y —con ciertos matices— la India, con su larga y conflictiva frontera con China. Sus inquietudes también las comparten Filipinas, Indonesia, Malasia y Vietnam. Pero el mayor peligro lo enfrenta Taiwán, que Pekín reclama como propia y adopta cada vez una actitud más ofensiva hacia esta ejemplar democracia.

La decisión japonesa es la más relevante, precisamente por su discreta tradición defensiva de seis décadas, que ha sido un anclaje esencial de su política exterior, pero que, también con discreción, ha evolucionado mediante la sofisticación y el fortalecimiento creciente de sus fuerzas militares.

Ahora, sin embargo, el cambio es notorio, y quedó plasmado explícitamente en la nueva estrategia de seguridad nacional, divulgada el 16 de diciembre. En ella, el gobierno japonés declara su propósito de “lograr un nuevo balance en las relaciones internacionales”, trabajando más estrechamente con Estados Unidos y sus aliados para lograr una zona Indopacífica “libre y abierta”. Para ese propósito, durante los próximos cinco años, destinará $312.000 millones a fortalecer sus defensas. El desembolso será equivalente al 2 % de su producto interno bruto, similar al de los miembros de la OTAN, e implicará un incremento del 57 % en relación con el período anterior.

Al anunciar esta reorientación estratégica, el primer ministro, Fumio Kishida, reiteró que Japón mantendrá una actitud estrictamente defensiva, pero enfatizó en la necesidad de contar con suficientes recursos para reaccionar con energía ante cualquier agresión. “La capacidad de contraataque será esencial para evitar los ataques”, dijo.

El 8 de diciembre, pocos días antes del anuncio, Japón, el Reino Unido e Italia informaron sobre un acuerdo para construir conjuntamente un cazabombardero de “nueva generación”, que se prevé entrará en operaciones en el 2035. Además, el 11 de enero, en Londres, Kishida y su colega británico, Rishi Sunak, firmaron un acuerdo de defensa que, entre otras cosas, permitirá el despliegue de tropas de cada país en el territorio del otro. Un arreglo similar ya existe con Australia.

En un acto aún más significativo, dos días después, en Washington, se unió al presidente Joe Biden para anunciar una mayor cooperación militar entre ambos países, que llevará a Japón a desarrollar capacidad para contrarrestar, en parte, el expansionismo chino. Tras una reunión previa de altos funcionarios de ambos países, se anunció que Estados Unidos colaborará en mejorar la capacidad de reacción de los misiles japoneses y que la unidad de marines en su territorio desarrollaría capacidades de combate más flexibles. Asimismo, se avanzará en una creciente integración de sus estructuras de comando en la zona.

Tokio también forma parte del grupo defensivo Quad, llamado así por los cuatro países que lo integran, aparte de Japón, Estados Unidos, la India y Australia. Tiene varios años de existir, pero de una instancia de “diálogo” pasó a otra de coordinación y maniobras conjuntas en el 2017, precisamente en respuesta al creciente músculo militar chino en la región.

La invasión rusa contra Ucrania, al romper normas elementales del derecho internacional, en particular el respeto a la integridad territorial de los Estados, aumentó las inquietudes alrededor de la estabilidad geopolítica global. Esto, a su vez, acentuó la conclusión de que la mejor forma de garantizar la paz en una zona tan fluida como el sur y este de Asia es elevando la capacidad defensiva de los países democráticos, entre los cuales Japón siempre ha sido determinante.

Sobran los motivos de inquietud, pero es posible que el mensaje sea adecuadamente interpretado por el régimen chino (el norcoreano es otra cosa) y se logre evitar una dinámica que derive en el conflicto abierto.

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