¿El peor año de nuestras vidas?

Que ha sido malo no hay duda alguna. Que haya sido el peor puede ser objeto de discusión. La historia ofrece un amplio abanico de maldad donde escoger, bien repartida a lo largo de los años. Para la milenaria ciudad de Alepo, la duda no existe. Sus ruinas han pasado a engrosar el archivo del horror junto a Grozni, Sarajevo o Beirut, con imágenes de las que todos debiéramos avergonzarnos. Para algunos son el blasón de su victoria: ha sido un buen año para Bachar el Asad y sus aliados, el presidente ruso, Vladímir Putin, y el general iraní Qasem Soleimani.

La de Alepo ha sido una batalla dentro de una guerra de dimensiones desconocidas, probablemente lo más parecido a una guerra mundial que no quiere decir su nombre, en la que potencias extranjeras se pelean por la hegemonía a través de fuerzas interpuestas. Orientarse en la guerra es lo más difícil. Nada es lo que parece y la estrategia más sólida es la que impide distinguir entre amigos y enemigos. ¿Hemos olvidado el tópico sobre la primera víctima de la guerra? Nos quejamos una vez más del periodismo, como si en alguna de las guerras anteriores este oficio hubiera podido ni siquiera pensar en estar a la altura.

Mejor no hablar de la verdad en tales circunstancias, cuando ya no se sabe quién combate y quién promueve al Estado Islámico. Lo único cierto son las víctimas, los muertos, los mutilados, los desplazados. Para quienes sufren alguna de las cuatro guerras civiles árabes en marcha —Libia, Siria, Irak, Yemen— este es el peor año: mientras la guerra siga cualquier año será peor que el anterior.

Alguien podría creer que ha sido un mal año para el califato terrorista. Ha perdido el control de Mosul, la ciudad iraquí donde Al Bagdadi se proclamó califa. Sus bajas se cuentan en decenas de millares y su cúpula ha sido desmochada por los ataques aéreos, sobre todo estadounidenses. Aunque ha sufrido la capacidad intimidatoria de sus truculentas superproducciones audiovisuales, la semilla sigue fructificando. Ahí están los atentados de Orlando, Niza, Estambul y Berlín, en los que la inspiración basta para asegurar la persistencia de su estrategia yihadista.

Malo de toda maldad ha sido para Turquía y, sobre todo, para su democracia y su vocación europeísta, con un golpe de Estado cruento y un contragolpe que ha liquidado lo que quedaba de pluralismo y libertades. También ha sido malo para la Unión Europea, entre los peores, si no el peor, de sus 60 años de vida, por primera vez un club del que sus socios quieren largarse. Y para Estados Unidos y sus amigos y aliados, para quienes quieren un mundo gobernado y en paz, tres conceptos —mundo, Gobierno y paz— que no conjugan en la mente desordenada de Donald Trump.

Todos estos males conectan con uno solo, no necesariamente pésimo. El mundo ha cambiado y lo ha hecho abruptamente en un conjunto de acontecimientos que se acumulan bajo las cifras de 2016. Este ha sido para muchos el peor año de sus vidas, para muchos más un año tan malo como otros, pero será el principio de algo nuevo y una oportunidad para quienes sepan conducir el cambio y no ser conducidos por él. Habrá que intentarlo en 2017.

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