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Independencia y confianza

Quizá la mayor crisis de todas es cuando una persona, o para el caso, una sociedad, pierde la confianza en sus capacidades propias; cuando la duda carcome la certeza en nuestras fortalezas, en la aptitud y voluntad para superar situaciones adversas, y por esa vía se llega a cuestionar el sentido mismo de la existencia. Quienes, en lo personal, han pasado por situaciones así pueden dar fe de lo complicado que se vuelve todo, hasta lo fácil.

Mi impresión es que la época del bicentenario de la independencia de Costa Rica (en la que, diría yo, todavía estamos, aunque aritméticamente fue el año pasado) pilló al país en una crisis existencial de confianza. Puede sonar medio esotérico eso de “el país”, pues hablamos de una ficción jurídica: nadie ha visto a “un país” caminando por la calle. Me refiero al colectivo de personas que nos reconocemos como costarricenses e, incluso, a las no costarricenses, residentes en nuestro territorio, que son parte activa de la vida social y económica. Ese “país” no es solo la suma de cinco millones de individuos, sino también un entramado de relaciones, prácticas culturales e identidades compartidas que tejieron a lo largo del tiempo la idea de que somos una comunidad política.

Para empezar, se nos han erosionado ciertos acuerdos fundamentales que han dado al “país” una trayectoria de desarrollo singular y ampliamente aceptada. Muchos reniegan de la importancia del Estado de bienestar, algo poco pensable tiempo atrás; otros dudan de la democracia como mejor sistema de gobierno. Y, para terminar, tampoco estamos seguros de que, a pesar de nuestras diferencias, “algo” nos une a esos otros que también dicen ser ticos, más allá de ponernos una chema roja cada vez que juega una selección de fútbol.

¿Cómo un “país” recupera, por medios democráticos, la confianza en sí mismo? Cualquiera que sea la respuesta, en este difícil momento es fundamental el respeto al Estado de derecho, lo único que nos mantiene en una convivencia civilizada. Los liderazgos son importantes, pero hablo en plural, no en el sentido mágico de un caudillo infalible. Agrego dos cosas más: la capacidad de las élites políticas, económicas e intelectuales de hablarse y, finalmente, de participar al pueblo del progreso. Celebrar la independencia es un buen momento para pensar en esto.

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El autor es sociólogo, director del Programa Estado de la Nación.

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