Theresa May gana sin mayoría y Corbyn le pide que se marche

La candidata conservadora pierde once escaños con respecto a las elecciones de 2015. Corbyn supera sus expectativas al obtener 28 parlamentarios más que hace dos años. Deblace del SNP

Convulsión en la política británica, que es también la de toda Europa ante el problema del Brexit. Theresa May ha perdido la apuesta a cara o cruz de sus elecciones anticipadas. El adelanto de los comicios para acabar con un Corbyn que parecía hundido en las encuestas y dotarse de una mayoría más sólida ha acabado justamente en lo contrario: May ha perdido la mayoría absoluta que heredó de Cameron, dejándose 15 escaños, y Corbyn sale muy reforzado al ganar 33 diputados. Surgen ya las primeras voces en las propias filas tories que piden la dimisión de su líder tras “una campaña desastrosa”.

Con la ya fiable proyección de escaños conocida al alba británica, donde en esta época del año amanece hacia las cinco de la mañana hora española, el Partido Conservador obtendría 316 escaños, se quedaría por lo tanto a diez de la mayoría absoluta de 326 y habría perdido quince escaños. Podría sumar números para gobernar con su tradicional aliado, el partido unionista norirlandés DUP, que se calcula obtendrá justamente diez diputados. Pero esta vez los unionistas pondrán un precio más caro, demandan un Brexit suave, en las antípodas de lo que ha venido preconizando May, una antigua “remainer” que se pasó a la versión dura de la salida de la UE por intereses partidistas de cocina interna.

Los laboristas ganan 33 escaños y llegan a 265. Los liberales suman cinco y se quedan en 13, a pesar de que han sufrido la llamativa derrota de su ex líder Nick Clegg, que pierde su plaza norteña de Sheffield.

El SNP, que había obtenido un espectacular resultado hace dos años con 56 de los 59 escaños escoceses, pierde la friolera de 22 y ve cómo los tories crecen en Escocia de la mano de la valiosa Ruth Davidson, la líder conservadora, llamada a un papel importante a futuro en la política nacional. Sturgeon recibe una durísima desautorización para su exigencia de un segundo referéndum de independencia. Alex Salmond, el anterior ministro principal, ha perdido su escaño. También el líder del grupo parlamentario nacionalista en Westminster, Angus Roberson.

UKIP se despeña y va camino de la extinción, toda vez que la implantación del Brexit lo ha dejado sin una razón de ser. En contra de lo que se esperaba, no parece que los tories hayan capitalizado por completo la debacle de la formación eurófoba, que ha acusado la pérdida del carisma peculiar de su antiguo líder, Nigel Farage, y la bajísima calidad del nuevo, Paul Nuttall.

Jeremy Corbyn, de 68 años, ha vuelto a revalidar su escaño perenne de Islington North, en el Norte de Londres, que ha sido su medio de vida desde 1983. Con su corbata roja, un entorchado del mismo color en la solapa y una sonrisa enorme, se declaró “muy orgulloso” de su campaña y resultados y se apresuró a pedir la renuncia de Theresa May, que “debe dejar paso a un Gobierno que represente verdaderamente a la gente de este país”.

El diagnóstico de Corbyn es que “la gente de este país ha dado la espalda a la austeridad tory”. Pero es una lectura demasiado simple de estos comicios, donde sin duda al final ha pesado la sombra alargada del Brexit: muchos votantes oscilantes entre tories y laboristas, pero que en el referéndum europeo se inclinaron por la permanencia, no estaban contentos con la deriva de May hacia el Brexit duro. La primera ministra ha abogado por la salida inmediata del mercado único y la unión aduanera, controles estrictos de la inmigración para reducirla a cien mil personas al año (hoy son 273.000) y se ha resistido a reconocer ya los derechos de los ciudadanos comunitarios que viven en el Reino Unido.

Theresa May dijo sus primeras palabras de la noche en su circunscripción de Maidenhead, donde ganó su escaño, y parece que se aferrará al cargo. Ojerosa y seria, vestida con un traje chaqueta rojizo, manifestó que “todavía la fotografía no está completa y añadió: “En este momento más que nunca el país necesita estabilidad y si los datos son correctos, los conservadores han ganado más escaños y probablemente más votos, entonces nos compete asegurar un periodo de estabilidad y eso es exactamente lo que haremos”.

A pesar de esas palabras, su situación política se torna muy delicada, y más en un partido tan implacable internamente como el conservador, una perfecta máquina de poder, intransigente en la derrota. Una de sus diputadas, la europeísta Anna Soubry, ya ha calificado la campaña de May de “horrible” y ha dicho que “debe reconsiderar su posición”. Frase eufemística con la que algunas voces han pedido su dimisión.

El más madrugador en pasar la factura a May fue George Osborne, el ex ministro de Economía y mano derecha de Cameron, cesado por May nada más llegar al poder. Desde entonces Osborne, ahora director del influyente diario gratuito de Londres, el “Evening Standard”, ha venido criticado a la primera ministra en su periódico. Nada más conocer el resultado de las israelitas, que han anticipado con éxito la pérdida de la mayoría absoluta, el europeísta Osborne declaró que será “muy difícil que pueda seguir a medio plazo al frente del partido”.

La otra gran derrotada de la noche es también una mujer que ostenta el poder, Nicola Sturgeon, la líder separatista escocesa y ministra principal, que se ha empecinado en fomentar un segundo referéndum de ruptura cuando no había demanda social para ello ni ganas de independencia. Se reconoció “decepcionada” por los resultados y prometió pensar “apropiadamente” si debe seguir con el envite de una nueva consulta separatista.

Ruth Davidson, la líder tory en Escocia, que habría ganado unos siete diputados, declaró que “el segundo referéndum ha muerto”. La crecida del Partido Conservador en Escocia tiene un enorme mérito, pues sus resultados históricos son muy bajos y tras el thatcherismo algunas zonas escocesas eran casi “no go áreas” para los tories.

Los sables ya brillan en la mañana del viernes en los corrillos tories, cuando todavía no se ha completado el recuento. Ken Clarke, un veterano ex ministro, fue el hombre al que un micrófono indiscreto captó el año pasado llamando a May “esa maldita mujer difícil”. Esta madrugada ya cargaba duro, llegando a llamar a la premier “persona enferma”, aludiendo a que padece una diabetes de tipo 1, un crítica bastante salida de tono, pues muchas personas con esa dolencia hacen vida normal.

Entre los tories críticos con May, que al olor de la sangre ahora serán mayoría, se habla de “culto a la personalidad”. También se exige que sus asesores, su camarilla de fontaneros que tienen una enorme influencia sobre ella, Nick Timothy y Fiona Hill, “salgan ya por la puerta del Número 10 y no vuelvan”. Timothy, al que algunos apodaban como el Rasputín de May, por su barba larga y su ascensión sobre ella, fue el ideólogo del programa electoral, el hombre que cometió el error de enojar a los jubilados, granero de voto tory, con la retirada de las ayudas a la calefacción y sobre todo con el llamado “impuesto de la demencia”, que los obliga a responder con sus viviendas a su muerte para pagar la factura de la asistencia social a domicilio si han sido dependientes.

También se critica la campaña personalista de May, tímida y discreta dialéctica, quien dejó fuera de foco a sus ministros para que resaltase su figura. Solo los tres últimos días, cuando vio que flaqueaba en las encuestas, recurrió al carisma de Boris Johnson. La mayoría de los ministros ni han aparecido.

Esta mañana suena a sarcasmo la frase que May ha enfatizado cada día durante 50 jornadas de precampaña y campaña electoral: “Un liderazgo fuerte y estable para desarrollar el Brexit”. Las negociaciones empiezan dentro de tan solo once días y el Reino Unido pueden encontrarse todavía sin saber quién lo va a gobernar, quien va a afrontar el reto más serio que tiene sobre la mesa en 43 años, la salida de la UE, que ya empieza a acusar la economía. Además el país sigue partido en dos, la fractura que abrió la consulta europea no se ha cerrado.

Pronto comenzarán a barajarse nombres para el día después de May, si es que llega. Por su puesto el primero será Boris Johnson, la ambición rubia, que se quedó sin apoyos de los diputados en julio del año pasado en su intento de ser líder tory, pero que es, de largo, el político con más pegada popular de la formación. Otro nombre puede ser la ministra del Interior, Amber Rudd, una europeísta que ha salvado su escaño por poco y una dialéctica sólida. Opción más audaz sería Ruth Davidson, la treintañera que ha protagonizado el milagro escocés de los tories, ex periodista, cristiana, lesbiana y muy valiente.

La noticia de las urnas no sentará bien a la economía. La libra ya se desplomó abruptamente a las once de la noche, nada más conocerse el sondeo a pie de urna que anticipó la pérdida de la mayoría absoluta de los tories. El Reino Unido se ha despertado con lo que la jerga política local llama “un Parlamento ahorcado”, de difícil gobierno. La gran apuesta de May tal vez acabe obligándola a abandonar el casino, o por lo menos a jugar con peores fichas.

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