En la España del Lazarillo de Tormes, sólo unos cuantos apagan los incendios

En el Reino de España nunca murió el Lazarillo de Tormes. Pícaros políticos que insisten en yo no he sido cuando España arde por el sur como antes ardió por Galicia y que se ponen en primera línea de focos y cámaras cuando los incendios están controlados. No hemos escatimado recursos ni esfuerzos, dicen entonces. En el Reino de España de la picaresca y la siesta, ahora que refresca, los políticos, que nunca supieron de números ni de normas comunitarias e internacionales, lanzan carnaza al circo, como en la vieja Roma de gladiadores y leones. Panem et circenses. Airean las posibilidades de poner en marcha la renta básica universal, que la pagarán los ricos. Eso dicen. Se ponen en marcha ayudas a jóvenes y se mantienen subvenciones improductivas. En un Reino de España cuarteado por la sequía y por lo que no es falta de lluvias, ningún político ha diseñado una estrategia fácil, productivas y llevadera: destinar los fondos improductivos al cuidado de montes y campos sedientos y quebrados por la sequía. Y el pícaro español, con tanta ayuda y tanta promesa, decide tirarse al monte, pero no al de los árboles y plantes. Está muy de moda, por ejemplo, tener hijos sin casarse para recibir ayudas por los tres lados (padre, madre e hijos). También, divorciarse ante la galería, para acceder a lo anterior. Un pastor de la Serranía de Cuenca, ya jubiliado, me dijo hace mucho tiempo, justo cuando se pusieron en marcha los fracasados e ineficaces Planes E del Gobierno Zapatero, que si todos los parados y los que cobran subvenciones se dedicaran a cuidar el monte, arreglar carreteras y limpiar alcantarillas, habríamos resuelto gran parte de los incendios, inundaciones y demás desastres naturales.

Los sabios hablan en los últimos tiempos de la ineficiencia de muchos programas de ayuda gubernamentales y de la imposibilidad de poner en marcha anuncios como la renta básica universal. Recuerdan los despropósitos del Plan E de Zapatero, que consistía en abrir calles y aceras para volver a cerrarlas, eso sí, con adoquines nuevos. Y a continuación volver a abrirlas para volver a cerrarlas, con otros adoquines. Consistió, también, en hacer piscinas en pueblos y ciudades donde la sequía es pertinaz históricamente. O parchear caminos vecinales donde apenas hay tráfico.

Respecto a la dependencia y sus secuelas, lo mismo sucede en los mercados. Que las Bolsas cierran los ojos a todo lo que sucede a su alrededor y que se limitan a administrar las ayudas públicas, la avalancha de liquidez propiciada por los bancos centrales es algo que todos sabemos desde hace casi siete años. No obstante, conviene que los actores abran bien los ojos y observen la realidad, porque tarde o temprano la realidad termina instalándose en los mercados y sorprenderá, como siempre, a una gran mayoría.

Uno de los grandes debates del ciclo actual de las Bolsas y otros mercados está en el intervencionismo de los bancos centrales, con manguerazos históricos de liquidez, que han buscado mayores niveles de inflación a medio y largo plazo sin que las causas de fondo hayan sido corregidas. O lo que es lo mismo, remiendos y actuaciones que quitan la fiebre al instante pero no curan la gran dolencia. Que el enfermo recaerá es algo que los analistas y observadores mejor preparados no dudan. Los parches de ahora pronto quedarán viejos. La pócima, el brebaje tiene un efecto calmante muy limitado. Lo correcto, según los ortodoxos financieros, es aprovechar que el enfermo está postrado para aplicarle cirugí­a por doquier, incluso traumática. Mejor llegar al fondo de la herida. Los bancos centrales, no obstante, acuden a la medicina más rancia. Aspirinas y tranquilizantes para todos.

La sensación de puertas adentro del mercado desde hace ya diez años es que todo el mundo circula a una velocidad excesiva, porque no hay Autoridad que multe a los conductores. Es más, se corre a 250 kilómetros por hora en la autopista de la Bolsa y en la de otros mercados y no sólo no te multan sino que no te matas. O sea, aquí­ no pasa nada, porque siempre Papá Estado está al quite y no va a dejar que el Gran Templo se hunda.

Hasta que llega, un día, el hundimiento. El fuego, que lo devora todo.

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