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La Cumbre de las Américas, celebrada la semana pasada en Los Ángeles, Estados Unidos, significó exactamente nada para el ambiente político estadounidense. No hay otra nota, ni inflación, ni pandemia, ni nada que se compare al interés generado por las audiencias públicas del Comité de Investigación de la Cámara de Representantes sobre los acontecimientos del 6 de enero de 2021, cuando una turba violenta tomó por asalto el Capitolio en Washington.

No es un tema nuevo. Fue el motivo del segundo juicio de destitución que enfrentó Donald Trump en el ocaso de su mandato. En ese foro, el Senado de los Estados Unidos, dominado por los republicanos, impidió la condena de Trump. Pero ahora, las cosas son distintas.

Finalmente, el Partido Demócrata ha sacado las uñas, y se decidió por una estrategia radical para llevar a la arena pública los porqués y los cómos de esa insurrección. El proceso y las revelaciones están resultando devastadoras para Trump, cuyos cercanos que participaron activamente en la estrategia trumpiana de desacreditar la elección de noviembre de 2020, hasta el punto de intentar anularla, lo están pensando dos veces. Eso se llama golpe de Estado.

El comité, encabezado por Bernie Thompson, representante demócrata por el estado de Mississippi, decidió armar una presentación visual, coherente y devastadora para Trump. Los republicanos de la cámara, encabezados por Kevin McCarthy, primero dijeron que cooperarían en la investigación, y luego se retractaron, intentando boicotearla para que pareciera una persecución política. Pero dos republicanos de la bancada, Liz Cheney, de Wyoming, y Adam Kinzinger, de Illinois, aceptaron participar, alegando que su conciencia y el juramento prestado al aceptar su cargo los obligaban a formar parte del comité. Ambos votaron por destituir a Trump. Ahora, enfrentan la venganza de los radicales de su partido.

Van dos audiencias hasta el momento. El jueves, la primera, fue en horario triple A, y todas las cadenas nacionales de Estados Unidos se enlazaron, excepto Fox News, y alcanzó una audiencia de 20 millones de personas. La segunda, el lunes, fue por la mañana, pero todos los medios llevaron extensos resúmenes nocturnos. La audiencia programada para ayer miércoles se pospuso para hoy jueves, y ocurrirá lo mismo que el lunes por la noche. Esto asegura que toda la población podrá seguir el proceso paso a paso, en vivo o a través de transmisiones especiales. Desde Watergate no ocurría algo así.

Básicamente, hemos visto un desfile de los entonces cercanos a Trump, incluyendo a su hija Ivanka, a su yerno Jared Kushner y múltiples funcionarios de campaña, afirmar que Trump estaba perfectamente consciente de su derrota en noviembre. No obstante eso, decidió tratar de invalidar la elección para conservar el poder, tratando de usar todos los medios a su disposición, incluyendo al gobierno.

Bill Scipion, su jefe de campaña, describió cómo aconsejó a Trump esperar los números la noche de la elección. Pero Trump, asesorado por un Rudy Giuliani pasado de copas, se declaró ganador.

Tal vez el testimonio más perjudicial contra Trump fue el de su exfiscal Bill Barr, quien afirmó que, luego de investigar todas las teorías fabricadas por Giuliani y el propio Trump para alegar el fraude electoral, carecían de sustento. “Parecía un hombre separado de la realidad”, dijo Barr. Es como si Alejandro Gertz soltara toda la sopa que sabe sobre las instrucciones de AMLO. Sería insostenible.

Trump dio a conocer un documento de 12 páginas rechazando los resultados de la investigación. Hay argumentos tan ridículos que ni Fox News se atrevió a publicar.

Está ocurriendo que muchos de los acólitos de Trump, al verse perdidos ante las montañas de evidencia, están intentando salvar sus reputaciones. Es claramente el caso de Bill Barr, tal vez el más dañino habilitador de las locuras trumpianas. Pero también están decenas de abogados y políticos, e incluso los líderes de los grupos de choque que Trump empoderó para tomar el Capitolio.

Y yo me pregunto, ¿veremos algo así en México?

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