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Juego perverso con las corcholatas

Como dios del Olimpo que marca el destino de los mortales, así se comporta el presidente López Obrador con aquellos que fueron marcados con el mote de corcholatas y que buscan a toda costa granjearse su voluntad y preferencia para ser el elegido en ocupar el puesto que dejará vacante el 30 de septiembre de 2024.

En un proceso marcado por las reglas no escritas de los cánones priistas, en donde la figura del “tapado” era el epítome de la sucesión presidencial, AMLO ha abierto el proceso con más de tres años de antelación a la elección presidencial, provocando con esa precipitada decisión, entre muchos efectos, que los suspirantes no solo se distraigan de sus tareas sustantivas en el cargo que fueron nombrados, sino en iniciar hostilidades entre ellos con una ferocidad pocas veces vista.

Además, con el predestape se dio el banderazo para que los seleccionados, en franca violación al marco electoral, realicen todo tipo de actos anticipados de campaña con la agravante de hacerlo con recursos públicos, tal como sucedió el pasado domingo en Toluca, en donde, con el pretexto de arrancar el proceso de selección de las precandidatos a la gubernatura del Estado de México, Claudia Sheinbaum y Adán Augusto López tapizaron de propaganda la capital de ese estado para medir músculo y hacer sentir su presencia.

Temerario el secretario de Gobernación, quien sin recato alguno y sin medir las consecuencias que trae consigo enfrascarse en la contienda electoral de Morena, por la responsabilidad que ostenta como encargado de la política interior y de ser un interlocutor confiable con la oposición y con los otros poderes de la Unión; se dio vuelo al enfundarse con la casaca de “candidato”, sin importar la fragante violación a los preceptos electorales.

Al señor secretario le valió madres vulnerar su alta investidura, mientras trate de llenarle el ojo al presidente de México para ganar una carrera desenfrenada por quedarse con su puesto.

El maniqueo que hace AMLO con sus corcholatas es perverso, inhumano, desleal, burlón y soberbio, ya que no solo juega con sus sentimientos y aspiraciones, sino que se da el lujo de, en un día, abrir la baraja a 8 o 9 colaboradores, y otro, cerrarla a tan solo tres precandidatos.

Del que más se ha mofado es de Ricardo Monreal, aún pastor de los senadores de Morena, ya que de ser uno de sus consentidos en la Legislatura pasada, en virtud de su eficiencia en impulsar la aprobación de la agenda legislativa del presidente, pasó a ser un apestado y con ello, ser receptor de toda la furia de las huestes radicales de Morena, quienes los ven como la reencarnación de los conservadores más recalcitrantes.

El zacatecano, además de padecer la ley del hielo, ahora enfrenta el desdén y la sorna de correligionarios que buscan congraciarse con el líder moral de Morena.

Las corcholatas viven las 24 horas del día para interpretar cualquier gesto, deseo, instrucción, comentario o vaticinio de su mentor, para de inmediato proceder en consecuencia.

Por supuesto, no se pierden ninguna mañanera e incluso uno de ellos, más bien una, ha clonado al presidente en su discurso, intencionalidad, ademanes y hasta en ganarse a los mismos enemigos, todo con tal de lograr conquistar el sueño anhelado.

¿Hasta dónde llega la dignidad de las corcholatas que permiten que los hagan como trapeadores y que, además, deben poner buena cara?

Tienen que tragar todos los sapos y deglutir excremento, esto es parte de esas reglas no escritas en el código de quien ejerce el poder conforme al ADN priista.

Avalan con su silencio los yerros del presidente y con su complacencia se convierten en cómplices de las violaciones al marco constitucional. Son capaces, incluso, de aventarse al precipicio para mostrar su sumisión.

El “preciso” evalúa a todos, sobre todo, en un tema que es toral en su decisión; la lealtad incondicional, esa que, incluso, permitirá seguir gobernando por “interpósita persona”, tal como lo quisieron hacer la mayoría de los presidentes, desde tiempos de Plutarco Elías Calles, con sus sucesores.

Cuando el país se cae a pedazos, los miembros del gabinete están entretenidos en los fuegos de artificio en lugar de avocarse en revertir la crisis.

Vivimos en una tragicomedia en donde se mezclan los elementos cómicos con una realidad surrealista, dramática, absurda y ridícula.

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