Los tuits que ‘salvaron’ a un pueblo

San Gregorio es el ejemplo perfecto de que la redes sociales son útiles en desastres naturales. Mientras la mayoría de los grupos de rescate y las autoridades estaban en el sur (zona de Villacoapa) y el centro de la ciudad, este pueblo originario de Xochimilco permanecía en el olvido.

Lucía Gómez, estudiante de ingeniería en computación del Instituto Politécnico Nacional, tuiteó hasta cansarse a las cuentas de el Gobierno de la Ciudad de México, a Miguel Ángel Mancera, al cuerpo de bomberos y a diversos medios de comunicación. “Hasta que por fin en la madrugada comenzaron a llegar voluntarios. Ya había patrullas y algunos bomberos, pero no era suficiente. En la mañana nos dio mucho gusto ver a San Gregorio en trending topic”, dice.

Había brigadas de la UNAM, de la UAM, de la Universidad La Salle, de empresas privadas, de sindicatos, de la CTM, de boy scouts y de vecinos provenientes de incontables colonias de la capital. Algunos subían en camionetas o motocicletas, pero la mayoría lo hizo a pie, bajo un sol que calentó e ambiente hasta los 28 grados centígrados.

También hubo excepciones. Algunos iban porque los había obligado su patrón. Héctor Esperaza es empleado de la compañía Servicios Farmacéuticos Especializados. Su jefe envió a todos sus trabajadores a ayudar en las labores de remoción y rescate. Les rentó cuatro camionetas, los dotó de esmeriles y palas y les prometió una paga.

“Pero la neta ya estamos bien cansados, no sé si podamos llegar hasta San Gregorio. Mejor donamos nuestras herramientas y nos vamos. Ayer ya ayudamos en Coapa”, dice.

Los camiones del Ejército llegaron por la tarde con víveres. Las filas eran interminables. Los artículos más solicitados: botellas de agua, leche y pañales. San Gregorio es un pueblo desigual: hay casas de varias hectáreas, casas de campo, pero también hogares de cuatro por cuatro, habitados por familias humildes, muchas de ellas dedicadas al comercio informal.

De la casa de doña Hilaria sólo quedó un sillón, un cuadro de XV años y algunas varillas. “¿Qué le vamos a hacer? Lo bueno es que alcanzamos a salir”, comenta.

En la noche y pese la lluvia torrencial, la avenida Mexico-Tulyehualco seguía siendo la ruta de decenas de caravanas de ayuda. Los víveres no paraban de llegar y en las calles la gente salía con cartulinas pidiendo apoyo, desde agua o alimentos, hasta cobijas, herramientas de trabajo y cubetas para mover las rocas.

El miedo era visible hasta entre los voluntarios y brigadistas. Un camión de redilas que transportaba a una docena de ellos se volcó por la tarde en el pueblo de Santa Cruz.

“Pero eso es lo de menos, en estos momentos lo más importante es ayudar a nuestra gente. Mañana nos puede tocar a nosotros”, dice Aurelio, un joven de apenas 20 años, listo para subir a San Gregorio.

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