Peces rojos nadaban en Venecia

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E sa noche, al subir a su vagón creyó conocer Venecia como la palma de su mano. Se dijo, con una exclamación literaria: ¡Qué iluso pobre diablo! La fatiga lo venció, de golpe, por el esfuerzo brutal realizado durante el día. Le dolían los ojos, las sienes, la nuca, todas las articulaciones. Abrió la maleta en busca de su pijama. Lo primero que sacó fue la chaqueta; la intuición le decía que en uno de los bolsillos estaban sus lentes.

Entonces, algo sucedió. Sergio Pitol –cuenta él mismo- sintió que el milagro se había consumado: había cruzado el umbral, el acerado huevo de Leda comenzaba a romperse y en el fondo de las sepulturas se confundían los contrarios. Se preguntó: “¿De dónde me ve venía esa verba esotérica? No terminó, pues, de ponerse el pijama. Pasaron por su cabeza las últimas palabras de un texto, de un interruptor, de un botón de emergencia: “Sí, también yo he tenido mi visión”. Se quedó contundentemente dormido. Volvió a repetirla al amanecer cuando el tren en el que viajaba estaba por llegar a Roma, la vieja capital del imperio.

Mucho antes, cuando estaba en el segundo año de secundaria, abrió una revista médica que llegaba con frecuencia a su casa. Quedó aturdido ante lo que observó. Un cuadro bañado de luz, iluminado desde arriba, pero también desde el interior de la tela. En una pecera, nadaban unos cuantos peces rojos cuyo reflejo se mecía en la superficie del agua. Era –escribió- el triunfo absoluto del color. El cubo que contenía a los peces formaba parte del eje vertical del cuadro y se apoyaba en una mesa redonda sostenida en un solo pie. Si hubiera nacido –reconoció con estupefacción- en la Antártida o en el Sahara, en donde nunca se ven flores ni peces, podría comprender aquel asombro. Pero Pitol había nacido en Córdoba, al lado de Fortín de las Flores, en medio de jardines suculentos, y aun así aquella pintura le parecía un milagro, una visión.

Años después, al entrar en una sala del Museo Pushkin de Moscú, la que alberga algunos de los óleos más extraordinarios de Matisse, se encontró de golpe con el original de aquellos Peces Rojos suyos. Más que una experiencia estética –subrayó- fue un trance místico, una revaloración instantánea del mundo, de la continuidad del tiempo.

Una tarde, en una comida con Carlos Monsiváis y Hugo Gutiérrez Vega en el Bellinghausen, Pitol recordó las últimas fotos de Auden y un doloroso verso: “Mi rostro como pastel de bodas arruinado por la lluvia…”. Juan Villoro cuenta que en Pitol hasta una fotografía puede ser el germen de una trama, ese resorte de su obra.

“Al día siguiente –escribe Pitol en La marquesa que nunca se resignó a quedarse en casa– la marquesa salió a las cinco. Lo hizo dentro de un modesto ataúd. Hasta ahora, que yo sepa, nadie ha registrado esa salida…”.

Y así.