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Primer paso

Una de las preguntas que con más frecuencia me realizan es acerca de cuánto tiempo tardará México en recuperarse. Para muchas personas, esta pregunta no tiene sentido, porque no perciben que el país se haya deteriorado. Sin duda, recibimos el golpe de la pandemia, como todos, pero fuera de eso no ven, a su alrededor, nada extraordinario. Acaso un incremento de la inseguridad, precios más elevados, pero poco más que eso. Algunos están felices de que sus viejos reciban un dinerito bimestral, o que sus hijos tengan alguna beca, aunque sea pequeña. Otros, en cambio, han sufrido directamente la falta de vacunas y medicamentos. Pero son muchos menos.

Para notar el deterioro es necesario estar atento a información que no aparece en todos los medios, y entenderla. Las discusiones acerca de la reforma eléctrica, por ejemplo, nos mostraron que la mitad de los mexicanos no entendía a cabalidad lo que estaba en juego. Hoy mismo, las diferentes dinámicas alrededor de la seguridad y la justicia son difíciles de separar, y por ello la “militarización” puede significar cosas muy diferentes para distintos grupos de la sociedad. Muchos, de hecho, están convencidos de que el Ejército en la calle es preferible a la policía, y no ven riesgo alguno para sus libertades.

Mucho menos pueden darse cuenta de que la falta de vacunas para sus hijos resulta del dinerito que reciben sus viejos, o de que las inauguraciones del Presidente han costado cientos de miles de millones de pesos que habrá que pagar por décadas, mientras los proyectos no producirán ingreso relevante.

Por eso se hace muy difícil estimar cómo será la reconstrucción y cuánto tardará. Porque lo primero que ocurrirá es que todo se haga evidente, y frente a ello, no está claro cómo reaccionará la población. Entra aquí la idea complementaria que ha propuesto Aguilar Camín: reconciliación. Antes de reconstruir algo, será necesario estar de acuerdo en qué falló y qué debe surgir a partir de ahí.

Pero si ocurre como supongo (con la ventaja de haber visto cuatro crisis similares en los últimos 50 años), lo que tendremos será un estallido de enojo y decepción. En la primera, todavía el partido único podía controlar el proceso, aunque con dificultades; en la segunda, hubo que romper el “contrato social”, estatizando la banca y casi destruyendo la capacidad industrial del país; para la tercera, la rebelión social provocó la ruptura definitiva del partido único y su separación en “modernizadores” y “echeverristas”, que a partir de la cuarta crisis se erigieron en los únicos potenciales salvadores de la patria. Son los que hoy están en el poder, y en proceso de causar la quinta crisis.

A diferencia de las anteriores, ahora no hay ni un partido único y disciplinado, ni un acuerdo de élites para transitar a la democracia, respaldado además por un consenso global al respecto. Hoy lo que hay es un páramo político en un contexto internacional plagado de demagogia y autoritarismo. Si se puede decir así, es el peor momento para alimentar una crisis, pero eso estamos haciendo. Le recuerdo que acerca de ello no parece haber duda, sino sólo acerca del momento en que ocurrirá.

La crisis, le decía el lunes, producto del exceso de gasto del gobierno, se verá en presión inflacionaria y en el tipo de cambio, que se tratará de frenar con tasas de interés más elevadas. La disputa la pagará el empleo, con el consiguiente crecimiento de migración (a Estados Unidos y a la informalidad, como ya ocurre), y el derrumbe de la capacidad de gestión pública.

Estos eventos fueron los que sirvieron a los echeverristas para convertirse en fuerza política, pero ahora no podrán utilizarlos. ¿Quién cosechará ese enojo y decepción? ¿Cómo se reflejará? Es necesario comprender esto antes de imaginar los posibles caminos de la reconstrucción.

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