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Tiempos de peste

Esa noche no sentí deseos de acostarme. Aquellas notas taquigráficas seguían fijas en mi mente. Sí, querían destruirme.

Si hubieran sido indios, me habrían amarrado a un poste y me habrían arrancado el cuero cabelludo, sin pensar ni por un momento que podían estar equivocados.

Están del todo seguros de que proceden correctamente. Son una pandilla desagradable.

¿O acaso soy yo quien no los entiende? Tengo treinta y cuatro años: ¿ya soy demasiado viejo para ellos? ¿Nos separa un abismo más profundo que el que se abre entre otras generaciones?

Pienso que es un abismo insalvable.

Si estos chicos se limitasen a rechazar todo lo que yo sigo considerando sagrado… bueno, eso no sería tan grave. Lo que me duele es que lo desechan sin siquiera haberlo conocido. Peor aún, no experimentan el menor deseo de conocerlo.

El pensar les inspira odio.

Desprecian a los seres humanos. Quieren ser máquinas –tornillos, interruptores, correas, engranajes- o mejor aún municiones, bombas, granadas, esquirlas. ¡Con cuánto placer morirían en el campo de batalla! El sueño de su pubertad consiste en lograr que sus nombres sean grabados en algún monumento a los caídos en la guerra.

Pero cuidado: ¿no hay algo digno de admiración en eso, en esa buena disposición para el sacrificio supremo?

Sí… siempre que la causa sea justa.

¿Pero cuál sería su causa?

Todo lo que beneficie a nuestra raza es bueno, pregona la radio. Todo lo que la perjudique es malo.

Cuando leo en el periódico que uno de ellos ha muerto, mi mente susurra: “han muerto demasiado pocos

¿Así que todo es lícito? El asesinato, el robo, el incendio, el perjurio… no sólo son tolerados, sino que sencillamente no constituyen ningún crimen si sirven a los intereses de la causa.

La actitud de los forajidos.

Cuando los plebeyos ricos de la antigua Roma temieron que el pueblo llegara a conseguir que se redujeran los impuestos, se ampararon detrás de una dictadura. Y condenaron a muerte por alta traición al partido de Manlio Capitolino, quien con sus riquezas había tratado de cancelar las deudas de los plebeyos pobres. Lo arrojaron desde la Roca Tarpeya.

Desde que existe la sociedad humana, el instinto de conservación ha inducido al hombre a perpetrar crímenes. Pero estos crímenes eran secretos: los hombres los callaban y se avergonzaban de ellos.

Mas ahora se enorgullecen de ellos. Nos invade la peste.

Todos estamos contaminados, amigos y enemigos por igual. Nuestras almas son grandes llagas negras y la vida agoniza en ellas. Ellas mueren y nosotros seguimos viviendo. Y mi alma también es pobre y débil… Cuando leo en el periódico que uno de ellos ha muerto, mi mente susurra: “han muerto demasiado pocos, demasiado pocos”.

¿Acaso hoy, hoy mismo, no he pensado: “Mueran… todos ustedes. ¡Fuera de aquí!”?

Pero no quiero seguir pensando en eso.

Me lavé y fui a un café que conozco, donde siempre se puede encontrar a alguien con quien jugar al ajedrez. Quería librarme de mi habitación, estar fuera de sus estrechas paredes.

Las flores que la casera me había regalado para mi cumpleaños se habían decolorado. Pronto se marchitarían.

Mañana será domingo.

En el café no encontré a nadie conocido. Ni un alma. ¿Qué haré después? Entré en un cine. Y en el noticiario vi a los plebeyos ricos. Estaban inaugurando sus propios monumentos, removiendo el césped fresco e inspeccionando el desfile de sus guardaespaldas. Después siguió un film de dibujos animados, en el que Mickey vencía en astucia al más formidable de los gatos. Y a continuación una película policiaca, en la que se disparaban muchos tiros para promover el principio de que al fin debe triunfar el bien.

Cuando salí del cine era de noche. Pero no volví a casa. Mi habitación me reservaba temores.

En la acera de enfrente había un pequeño bar, un night club de ínfima categoría. Resolví entrar para beber un trago, si no era demasiado caro.

Lo encontré muy barato.

Entré. Una mujer quiso hacerme compañía.

-¿Estás solito?- preguntó sonriendo.

-Sí, desgraciadamente…

-¿Quieres que me quede contigo?

-No.

Retrocedió… se replegó sobre sí misma como su la hubiera lastimado. ¡No lo dije con mala intención, lo juro! No deberías haberte ofendido.

Me quedé solo.