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Desde hace años, sigo una práctica diaria para mejorar mi memoria, atención y cómo hablar en público: hacer magia

No soy uno de esos niños criados con ‘Magia Borrás‘. Es decir, tuve una caja cuando era un crío y le di el uso esperable: antes de los tutoriales de youtube y de que alguien se preocupara de que todos los artilugios de la caja fueran mínimamente accesibles, lo que contenían aquellas cajas eran instrucciones muy confusas y áridas para ejecutar trucos que pondrían en apuros a un mago experimentado (cualquiera que haya cogido un ‘Telesketch’ sabrá que los juegos infantiles de los ochenta no eran precisamente un prodigio de usabilidad).

Así que sí, aprendí cuatro cosas y luego pasé al mucho más accesible ‘Imperio Cobra’. Por supuesto, como a cualquier niño, me gustaba la magia: soy de la generación marcada por Juan Tamariz y su ‘Magia Potagia’ de los sábados por la tarde. Eran tiempos en los que, con solo dos cadenas de televisión, no había programa de entretenimiento en la tele que no tuviera su correspondiente mago. Simplemente, no tuve a nadie que incentivara una afición por la magia y, harto de esos jeroglíficos que eran las instrucciones del ‘Magia Borrás’, pasé a otra cosa. O descubrí el ‘Creepy’, lo que fuera primero.

Volví a la magia siendo ya completamente adulto, con treinta y bastantes años. De la forma más absurda: me llamó la atención una caja que encontré en una tienda de regalos y que incluía una baraja y un librito de instrucciones sobre cómo usarla. Me cautivó su estética decimonónica y, en poco tiempo, estaba haciendo mis primeros juegos. Esta vez sí, sin complicaciones, y con efectos de cierta espectacularidad.

De ahí pasé a frecuentar tiendas de magia, sitios no del todo cómodos para los no aficionados (los magos son cautelosos a la hora de desvelar sus secretos, y lo hacen en ocasiones de formas que pueden resultar un poco ariscas para los recién llegados). Encontré la que me encajaba a la perfección y a partir de ahí, libros, muchos libros. Y horas estudiando y ensayando.

Durante un par de años estuve yendo a una escuela, un trago para alguien tan tímido como yo, pero me vino estupendamente. Ningún canal de Youtube puede sustituir a alguien con décadas de experiencia que ayuda a perfilar detalles y aportar matices. Mi edad no era un problema, más bien todo lo contrario: no tenía prisa en actuar ni en devorar juegos sin parar, tenía el tiempo para entretenerme durante semanas en un pase que se me atascaba o en una presentación que no me terminaba de encajar.

Insisto en el tema de la edad porque es lo que me ha permitido afrontar mi afición de forma algo más cerebral que un chaval que abre su caja de juegos y quiere montar un espectáculo de escapismo para esa misma tarde. He podido abordar la magia de forma más reflexiva, y es lo que me ha permitido percatarme de cómo, con el paso del tiempo, la magia me ha ayudado en aspectos de mi día a día que van más allá de adivinar que tu carta era el rey de corazones (y la tienes detrás de la oreja). Aunque eso, por supuesto, suma a la diversión. Las caras siempre son un poema.

Los misterios de la atención

Cómo los juegos de magia manipulan las percepciones y el cerebro de los espectadores son cuestiones que la ciencia y, más concretamente y en años recientes, la neurociencia, ha investigado en profundidad. Ese mito de que un buen mago nunca hace dos veces el mismo juego es falso: una de las técnicas más habituales para construir un truco es repetir una y otra vez el efecto, cada vez subiendo más y más el grado de imposibilidad.

Por ejemplo, hay un juego clásico, ‘Agua y aceite’, en el que cuatro cartas de cada color son insistentemente mezcladas, pero de forma inevitable, como si fueran agua y aceite, se separan según sus colores. El mago lo hace una y otra vez, llegando a ejecutarlo en algunas versiones con las cartas de cara, para que se vea cómo son mezcladas sin trampas. Y siempre se separan. El truco está en que… cada vez el engaño está en una parte distinta de la técnica.

El mago va obligando a que la atención del espectador se centre en un punto del proceso para hacer la trampa donde éste no mira (lo que los ingleses -y también los españoles, es un término internacional en la magia- llaman misdirection), y repite el proceso una y otra vez. Esta estructura clásica me ha hecho descubrir cosas fascinantes sobre la atención, cómo nos concentramos, de qué forma miramos las cosas. Es un proceso tan complejo que una de mis partes favoritas del proceso de preparar un juego está en ensayarlo frente al espejo y engañarme a mí mismo. Da igual que conozca el método, puedo manipular mi propia percepción.

Conocer el cómo de los juegos de magia me han dado pistas sobre la percepción humana y nuestras limitaciones sensoriales del mismo modo que, por ejemplo, lo han hecho los libros de Philip K. Dick. La magia me ha permitido dar un paso lateral y ver desde fuera cómo percibimos la realidad. Hay un momento en el que dices: «Ah, por eso la gente mira aquí y perciben algo como imposible», y la magia es en ese proceso una herramienta cognitiva sensacional.

No hay magia sin memoria

Que nadie os convenza de lo contrario: aprender a hacer juegos de magia está al alcance de cualquiera. Hay que controlar ciertas bases sobre la gestión de la atención (lo que hablábamos más arriba), y luego todo es cuestión de memoria. Memorizar gestos, memorizar un discurso (para que cuando se interprete suene lo más casual y natural posible), incluso retener cuál va a ser la respuesta del público en cada momento, y que juegue en nuestro favor. Está por encima de la habilidad o la técnica.

Por desgracia, no debo desvelar aquí una de las técnicas más poderosas de los magos donde la memorización está muy presente (tanto, que le da nombre a la propia técnica), pero creo que quedará claro con un juego de los grandísimos Penn & Teller donde, como tantas otras veces en su repertorio, desvelan cómo se hace un truco para potenciar su espectacularidad o, más allá, superarlo con un giro imprevisto. Se trata del truco de la pistola de clavos.

En él, la mitad que habla del dúo, Penn Jillette, agarra una pistola neumática de clavos y va disparando alternativamente en una tabla de madera y en su mano una sucesión aparentemente aleatoria: tres disparos en una, dos en otra, cinco en una… antes, y esto lo explica, han extraído clavos de la cinta que carga la pistola y ha tenido que memorizar qué disparos contienen clavos para no quedarse sin mano. Haya truco o no detrás de este excepcional número, deja claro hasta qué punto el secreto de un buen truco puede estar en la memorización pura.

Aunque soy una persona tremendamente despistada, como saben quienes me conocen (con lo que no me interesa, dicen quienes me conocen aún mejor), se me da bien memorizar, y creo que la práctica de la magia tiene mucho que ver con eso: encontrar en una narrativa (de una historia a una sucesión de datos) los ecos que se repiten, los puntos que riman, la lógica interna, y que eso me ayude a retenerlo. Exactamente eso es un juego de magia: el mago lo destripa, lo analiza, lo comprende hasta sus movimientos más básicos, lo asimila y lo memoriza. Mentiría si no reconociera que ese proceso me ha ayudado a memorizar cosas mucho menos estimulantes que el juego de ‘Los as-altantes

La verborrea buena

Es un tópico que los magos te distraen con una charla que te aturde y te embota la cabeza para que solo mires en la dirección que ellos quieren (en ese sentido, ver a un maestro del pickpocketing desplumar a alguien sobre el escenario es especialmente revelador). Hay que decir que es completamente cierto: el discurso es parte esencial de cualquier juego de magia, y una de las partes más complicadas de compaginar con los a veces complicadísimos movimientos que hay que ejecutar.

Como decía más arriba, soy una persona tremendamente tímida, así que la magia me ha venido estupendamente para enfrentarme en distancias cortas a unos cuantos temores sociales: básicamente, tener el turno de palabra con media docena de ojos examinando hasta el más pequeño de mis movimientos, mientras que mis palabras son analizadas del derecho y del revés. Es una prueba de fuego a la hora de exponer en público, porque esa es otra: para que un juego de magia funcione se tiene que presentar estructuradísimo y donde no haya nada al azar. Creo que cualquiera que tenga que hablar en público en su vida cotidiana (empezando por el trabajo) entenderá hasta qué punto este aspecto de aprender magia es útil.

Pero parece que estoy justificando la práctica del ilusionismo con una serie de supuestas virtudes que te ayudarán en el día a día, como si esto fuera un curso de crecimiento personal pero con una catarata de naipes saliendo de una chistera, y nada más lejos de la realidad. La magia es, como toda expresión artística que uno practica por gusto (desde dibujar a la gente que uno se cruza en el metro a aprender a tocar con la mandolina las obras completas de Taylor Swift) una forma de potenciar la creatividad y la disciplina, y también de conocerse a sí mismo. Ya me diréis si eso no es auténtica magia.

Cabecera | Foto de Sergi Viladesau en Unsplash

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