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El rey Carlos III recurrió a párrocos para lograr el mapa más preciso de España. No salió como esperaba

La idea era buena, al menos sobre el papel. Cuando a mediados del siglo XVIII el geógrafo real Tomás López asumió el encargo de trazar un ambicioso mapa de España, una tarea encomendada por el mismísimo Carlos III, decidió que para asumir aquella ciclópea labor se apoyaría en eruditos y clérigos repartidos por el país. Al fin y al cabo —pensó en buena lógica el cartógrafo— quiénes mejor que ellos podían conocer la geografía de las parroquias por las que se movían a diario visitando feligreses y templos.

Una cosa es sin embargo la teoría, y otra la práctica.

Aunque Tomás López llegó a enviar cuestionarios y pudo sacar algún provecho del material, entre las respuestas hay chapuzas y un caos delirante que incluso llevó al obispo de Astorga a disculpar a sus sacerdotes «de poca literatura y menos instrucción».

Un encargo titánico. La historia del frustrante intento de Tomás López de Vargas Machuca por recabar información la relataba en 2021 El País. En el siglo XVIII Carlos III decidió mejorar los planos disponibles de España y encargó a Tomás López, al mando del Gabinete de Geografía, que se pusiera manos a la obra.

El cartógrafo tenía una sólida formación, había estudiado en París y era discípulo del prestigioso Jean-Batiste Bourguignon d´Anville, pero la encomienda era de tal calibre que decidió jugar una de sus mejores cartas para acometerla: consultó a quienes —suponía Tomás López— mejor conocerían los recovecos de la geografía patria y mejor disposición tendrían para ayudarle.

Una orden real… y un cuestionario. Ni Tomás López era un cartógrafo cualquiera ni el suyo era una proyecto más. El erudito acabaría ostentando el título de «geógrafo de los dominios de su Magestad» (sic) y cumplía un encargo que partía directamente de la Corona.

Así pues escribió a los obispos para informarles de la real orden y explicarles cómo debían actuar los clérigos. Para ponerles las cosas lo más fáciles posibles, o al menos no encontrarse con un batiburrillo incoherente de datos, preparó un cuestionario con 15 preguntas centradas en las características del territorio.

«Nos contentamos con un borrón». Los diferentes puntos del cuestionario, conocido como Interrogatorio, y sobre todo su tono dan una idea del recelo con el que Tomás López afrontaba el proyecto. La decena y media de preguntas se centraban en detalles administrativos y demográficos e indagaban sobre el patrimonio, geografía, historia, naturaleza y toponimia, entre otras cuestiones. El escrito se cerraba con una petición: «Procuren formar unas especies de mapas o planos de sus territorios».

«Aunque no esté hecho como de mando de un profesor, nos contentamos con solo una idea o borrón del terreno porque lo arreglaremos dándole la última mano. Nos consta que muchos son aficionados a geografía y cada uno de estos puede demostrar muy bien lo que hay al contorno de sus pueblos», continuaba el documento tras solicitar que se detallasen en los planos las aldeas, granjas, caseríos, ermitas, molinos, ríos, arroyos y demás detalles. Con el visto bueno de la Corona el cuestionario se remitió a autoridades civiles y eclesiásticos junto con una carta en la que se explicaba su propósito a los obispos, curas y párrocos.

Del esmero a la dejadez. El encargo de Tomás López no cayó igual de bien en todas las rectorales. Algunos, como el párroco de Porto, en Castilla y León, respondieron con mapas más que competentes y observaciones que demuestran el esmero con el que afrontaron la real encomienda. Otros se limitaron a enviar croquis trazados con unas cuantas líneas y anotaciones, respuestas que rozan con habilidad la burla o evasivas en las que explicaban que ya existían planos eclesiásticos que podían consultarse.

En 2020 Josemi Lorenzo Arribas publicó un libro que ayuda a hacerse una idea de las respuestas que llegaron al cartógrafo de Carlos III y la frustración que debió sentir a menudo: ‘Las representaciones gráficas del diccionario zamorano de Tomás López (1765-1798)’. Por mucho que se hubiera esforzado Tomás López en precisar su cuestionario, las respuestas eran dispares: las indicaciones de los prelados variaban de un obispado a otro, los párrocos respondían con formatos también diferentes, aportando en ocasiones datos inservibles, y las escalas no coincidían. Otro problema fue qué entendían los vecinos por leguas, lo que complicaba comparar las distancias entre diferentes puntos.

«De poca instrucción». El País relata cómo el geógrafo tuvo que insistir e incidir en que se contentaba con planos aproximados, pero con resultados igual de desiguales. No siempre por desinterés. Hubo quien tiró de vena artística y envió dibujos detallados, aunque por muy bien trazados que estuvieran de poco servían a Tomás López. En otros casos sencillamente las autoridades asumieron que a duras penas podrían ir más allá, como reconocía el obispo de Astorga al hablar de su diócesis.

«De los 600 curas propios que hay en esta diócesis, poco más o menos, 300 son de presentación particular, y aunque muchos de estos son de mérito y carrera, los más son de poca literatura y menos instrucción, que no vuelven a ver un libro [desde que son ordenados] y se suelen embrutecer en las aldeas, cuando no se dan al vino y otros vicios». Conclusión, remataba el prelado leonés en su escrito: «Me ha sido forzoso desistir de tal empresa».

«Ni exactos, ni admirables». El entrecomillado es en esta ocasión de Lorenzo Arribas, quien recuerda que, algunas excepciones, los planos enviados a López no se caracterizaban por su precisión. «Carecían de conocimientos sobre triangulaciones para hacer un levantamiento que lejanamente se semejase a lo topográfico, lo que dificultaba mucho la ambición geodésica del comisionado de Carlos III», explica el historiador en declaraciones recogidas por El País. En León hubo quien directamente se limitó a hacer «oídos sordos».

Con perspectiva. El balance final en Zamora fue de 50 localidades con datos, aunque una docena se limitó a aportar información administrativa y otra docena se centró en las distancias que separaban puntos geográficos. Entre 1773 y 1768, el geógrafo acabó publicando cuatro mapas parciales de Zamora, Valladolid, Toro y León. La información lograda con sus cuestionarios supone en cualquier caso una interesante fuente de información y hubo quien se aplicó en la respuesta, como el erudito Francisco Javier Virués de Segovia, en Jerez, quien incluyó bosquejos y un informe.

Imagen de portada: Wikipedia

En Xataka: Cuando el rey Carlos III encargó un mapa de América del Sur y luego lo prohibió porque era demasiado preciso