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El turismo está devorando la Semana Santa y la Iglesia no sabe qué hacer para reconducir la situación

Este año, la Semana Santa de Ponferrada tenía un pregonero de peso: Bernardito Auza, el nuncio apostólico en España, el embajador de la Santa Sede en el país. Y monseñor Auza se subió al estrado, ordenó los papeles y, acto seguido, decidió denunciar que la Semana Santa se había convertido en «un gran espectáculo teatral».

«Reducir las prácticas de la Semana Santa a manifestaciones turística implica la quiebra del patrimonio espiritual y el abandono de valiosas instituciones», siguió diciendo. No sin dejar claro que «los que buscan convencernos de que es una manifestación cultural para ganar dinero, quieren solamente engrandecer al hombre, alejándolo de Dios».

Pueden parecer palabras duras, pero Auza solo estaba certificando algo que sabemos desde hace mucho: que el turismo está devorando a la Semana Santa.

Un pequeño rodeo. Para ver esto con claridad, lo mejor es alejarse de la semana en sí. Al fin y al cabo, durante los días de Pascua, la situación es complicada y puede llegar a parecer que las cofradías y hermandades poco pueden hacer si atraen a decenas de miles de turistas durante sus estaciones de penitencia. Afortunadamente, hay casos en los que todo esto se ve con mucha mayor claridad. Uno de ellos, el mismo año pasado.

Hablemos de la Magna. En octubre de 2023 se celebró en Granada el Congreso Nacional de Cofradías Penitenciales y, con motivo de este evento, la Real Federación de Cofradías de la Ciudad de Granada decidió organizar la Magna. Un procesión que reunía a 22 hermandades, 30 bandas de música, 1.500 costaleros y una enorme polémica.

Porque, mientras medios y políticos anunciaban los millones de euros y cientos de miles de visitantes que el evento traería a la ciudad, no todas las hermandades de la federación estuvieron dispuestas a participar. Según defendían muchas de ellas (y el mismo Obispo), «un congreso nacional no es motivo suficiente para una procesión extraordinaria». Es decir, «no había motivos pastorales suficientes» para participar en algo así.

En cambio, los cofrades favorables aseguraban que «se dará culto  público a las imágenes en la calle» (uno de los fines básicos de las hermandades) y «se colaborará con la generación de riqueza a través del turismo […] lo que puede enmarcarse en el deber  de caridad de las cofradías».

Y esto es solo un ejemplo. Muy claro, pero solo un ejemplo de algo que lleva mucho tiempo preocupando a los propios hermanos. De hecho, en los foros cofrades se lleva años discutiendo sobre los efectos de la turistificación, la gentrificaicón y los cambios sociales en la Semana Santa.

Un ejemplo claro es la «procesión de impedidos» de la Hermandad Sacramental del Sagrario de Sevilla que, durante el segundo domingo de Pascua, llevaba la comunión a vecinos del centro que, por motivos de salud, no podían acudir a la Iglesia. El problema, tal y como han explicado desde la Hermandad, es que pese a la afluencia de público («un 80% foráneo», según el Diario de Sevilla), lo cierto es que ya no hay «impedidos» a los que llevarle nada.

Es un éxito de público, un evento en sí mismo… vaciado de sus fines pastorales.

No es algo nuevo… Como explicaba Esther Almarcha, directora del Centro de Estudios de Castilla-La Mancha, «las procesiones han estado en el objetivo del turismo desde el siglo  XIX. Hay muchos relatos de viajeros extranjeros que comentan cómo son las procesiones en España y es algo que llama la atención. Desde el Estado, en los años 20, sobre todo en la Semana Santa de Sevilla o Valladolid empezaron a hacer folletos para las turistas y fue cuando se comenzó a articular una visión de los desfiles procesionales más como espectáculo y esto determina que se hable de turistificación».

…sin embargo, la situación es cada vez más extrema. No hay que olvidar que en 2023, el turismo «pulverizó todos los récords» y las cifras de ocupación desbordaron todas las previsiones. Este ‘boom’ se está notando a casi todos los niveles, pero sobre todo está comprometiendo los mecanismos de autorregulación de la misma celebración.

«En un sentido económico [todo esto] puede ser positivo, pero para la actividad es negativo», explicaba Almarcha. «La declaración de Interés Turístico no preserva las tradiciones, la de interés regional se consigue por tener una antigüedad de 15 años y no lleva aparejado ningún control ni protección de los  elementos patrimoniales. La nacional tampoco es algo difícil».

Es decir, no tenemos mecanismos efectivos que protejan el patrimonio inmaterial del país (y, a menudo, frente a las presiones del turismo, ni el material tampoco). El ejemplo de la Magna de Granada y de las cofradías redefiniendo en términos pastorales su capacidad de «atraer turismo» es claro en este sentido: los cambios no solo se están dando de cofradías hacia a fuera, sino también de cofradías hacia dentro.  

Imagen | Canal Sur Media

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