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En el siglo XX un remoto pueblo gallego dominó uno de los grandes mercados farmacéuticos: el del precursor del LSD

A las cineastas Sabela Iglesias y Adriana P. Villanueva el «momento eureka» les llegó en plena comida y de la forma más insospechada posible. Estaban sentadas a la mesa cuando una amiga soltó una de esas bombas que llegan como anécdotas de sobremesa y dejan ojos abiertos, muecas de espanto y silencios pastosos.

— Contó que su abuela había traficado con LSD —explican las jóvenes. 

Aquello, confesaría tiempo después Villanueva al diario La Región, las dejó impactadas… y llenas de interrogantes. Tirando de ellos, del hilo para responder sus dudas, Iglesias y Villanueva acabaron rodando ‘Negro Púrpura’, un documental sobre los años en los que Galicia señoreaba en el mercado mundial del cornezuelo, el precursor del LSD. La época en la que un telegrama emitido desde una remota y hoy casi despoblada aldea de Ourense hacía temblar a las grandes farmacéuticas.

El hongo negro de los cien nombres. Su nombre científico es Claviceps purpurea y el más popular cornezuelo, pero a lo largo de la historia este hongo oscuro con forma de cuerno que nace en el centeno y otras gramíneas ha recibido infinidad de nombres. Buena prueba la deja Galicia, donde su amplia variedad de apodos da una idea de lo popular que llegó a ser hace décadas: cornizo, cornello, corno, gran de corvo, caruncho, ergot… El listado sigue y sigue, aunque si por algo es conocido el cornezuelo no es precisamente por su catálogo de sinónimos.

Lo que le ha dado fama son sus potentes propiedades farmacológicas. Una cualidad que no siempre hemos sabido aprovechar en nuestro provecho.

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Alucinógeno, fármaco y veneno. La historia del cornezuelo es larga. Y no siempre edificante. Quienes tenían la desgracia de consumirlo a través del «pan maldito», contaminado por el hongo oculto en el centeno, se arriesgaban a contraer la fiebre de San Antón o ergotismo , una grave dolencia que llegaba acompañada de alucinaciones, convulsiones y casos de gangrena con consecuencias terribles.

Hay quien cree que el hongo está detrás también del conocido como baile de San Vito, del envenenamiento masivo que en agosto de 1951 azotó a todo un pueblo del sur de Francia, Pont-Saint-Eprit; o del episodio de las Brujas de Salem, registrado a finales del XVII en Massachusetts, cuando varios casos de niñas con espasmos y alucinaciones acabó derivaron en ejecuciones por pactos demoniacos.

Con el tiempo los científicos han sabido sin embargo sacar buen partido del cornezuelo. De él obtuvieron ergotamina y ergometrina, alcaloides que se utilizan en medicina, y llegaron a convertir el hongo del centeno en un valioso recurso para las farmacéuticas. ¿El motivo? El efecto de la ergotamina en el flujo sanguíneo y sus ventajas para una amplia gama de usos médicos: desde el tratamiento de migrañas o glaucomas al corte de hemorragias y la atención en partos.

Un tesoro para las farmacéuticas. Semejante potencial atrajo el interés de la industria farmacéutica y grandes compañías, incluidas la suiza Sandoz, la alemana Bayer o la española Zeltia, como recordaba hace poco El País en un reportaje sobre el cornezuelo gallego. Con él se elaboró por ejemplo el Pan Ergot, que se recetaba como remedio contra las jaquecas y el glaucoma y que según algunas fuentes se suministraba a las mujeres que acababan de dar a luz para evitar hemorragias.

Andado el tiempo el famoso hongo derivó en un descubrimiento no menos popular: la dietilamida de ácido lisérgico, más conocido como LSD. El químico Albert Hoffmann estaba probando las propiedades estimulantes de los derivados del cornezuelo de centeno en 1938 en Basilea cuando dio con el LSD-25.

Maside Ourense

Casco histórico de Maside, en Ourense, donde se ubica Dacón.

El «oro negro» de Rusia… y Galicia. Como recuerda el historiador y escritor Eduardo Rolland en GCiencia, el mayor productor de cornezuelo era Rusia. En el mapa del valioso ergot había sin embargo otros puntos destacados, como Polonia o el noroeste de la Península Ibérica. En tierras gallegas la humedad y temperatura, combinadas con los cultivos de la región, hicieron que prosperase una floreciente industria del bautizado como «oro negro». Más próspera y floreciente cuando los granjeros de Rusia y Polonia afrontaban malas cosechas o guerras.

Era entonces, cuando descendía la producción de Europa central y del Este y la oferta mermaba en el mercado internacional por conflictos como la Guerra ruso-japonesa de 1904 o la Revolución Rusa, cuando la recolección de cornezuelo se volvía especialmente lucrativa en Galicia. Tanto por su cantidad como por su calidad, especialmente apreciada por la industria que luego lo procesaba.

Anxo Fernández, profesor de la Universidad de Santiago de Compostela que ha estudiado el fenómeno, recordaba hace unos años a GCiencia que en 1912 la revista American Durggist llegó a publicar un artículo en el que alababa aquellos hongos del norte peninsular: «El ergot de centeno de mayor calidad es el producido en las provincias del noroeste de España». De Galicia los cargamentos de sacos partían a través del puerto de Vigo o Lisboa a destinos como Londres, desde donde se distribuían para atender la demanda del otro lado del Atlántico.

Un hongo, y un tesoro. Tan popular se volvió aquel hongo con aspecto de colmillo renegrido que empezó a sumar una nueva oleada de apodos, esta vez centrados en su elevado valor: «oro negro», «wolframio vegetal»… Se cuenta que hacia la década de 1940 y 1950 se pagaban 1.000 pesetas por cada kilo del preciado hongo y, claro está, el cornezuelo generó una auténtica fiebre, aunque de carácter bien distinta a la que padecieron en Pont-Saint-Eprit o en Massachusets.

«Permitió a muchas familias salir adelante y también a muchas mujeres tener una pequeña economía propia», explicaba en 2021 Villanueva a La Región: «El dinero que se pagaba por él aportó mucho a las economías familiares y sacó de la pobreza a mucha gente». Quienes se dedican a su recolección no siempre sabían para qué servían las espigas oscuras, codiciadas y que la sabiduría popular relacionada con diferentes remedios caseros. Lo que les importaba era su valor en el mercado.

Con el tiempo y al calor del cornezuelo surgieron en Galicia laboratorios y farmacias que comercializaron medicamentos con ergotina. Su mejor reflejo fue probablemente el Instituto Bioquímica Miguel Servet, montado en Vigo en 1936 por científicos que lanzaron el Pan Ergot y que vieron cómo el estallido de la Guerra Civil, aquel mismo año, asestaba un golpe fatal a su negocio.

En un pequeño pueblo de Galicia… Si hubo un epicentro de la industria gallega del cornezuelo fue Dacón, una pequeña aldea del municipio de Maside, en O Carballiño. Allí, en pleno rural de ourensano —relata El País—tenían su negocio empresarios locales dedicados a la venta de jamón que encontraban en el hongo un negocio mucho más lucrativo: se dedicaban a recolectarlo por toda la comunidad y permanecer atentos a las fluctuaciones del mercado internacional.

Les llegaba el telégrafo y una central telefónica para tantear la demanda y oferta del «oro negro» al otro lado del planeta, saber cómo iban las cosas entre el resto de productores… y actuar en consecuencia. Cuando Rusia o Polonia eran incapaces de abastecer a la industria el poder sobre el precio estaba en sus manos.

En Dacón se conservan todavía libros de cuentas, archivos, cartas y facturas que dan una idea del enorme negocio que llegó a suponer el cornezuelo. Eso y el peso que ostentaba Galicia. Los documentos muestran los tratos del mayor comerciante internacional de cornezuelo gallego de la II República con grandes metrópolis de EEUU, el interés del Banco de España en el negocio, pedidos de decenas de sacos cerrados con Nueva York o Hamburgo por vía telegráfica e incluso sobreviven facturas de hasta 100.000 pesetas, pequeñas fortunas para la época.

Imágenes: Björn S (Flickr) 1 y Wikipedia (Matxalen123)

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