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España ya tiene 48 playas con bandera negra gracias al turismo masificado y los vertidos. Es solo el principio

Justo en el límite entre la provincia de Málaga y la de Granada está uno de los lugares más alucinantes de España. El paraje natural de los Acantilados de Maro-Cerro Gordo es un sistema de calas, acantilados y playas semicerradas que atraen cada año a decenas de miles de turistas. Y se nota. Vaya si se nota. Los niveles de cremas de protección solar que hay en el agua son tan altos que no solo suponen un “importante peligro” para la biodiversidad marina, sino también para la salud humana.

Y este es solo uno de los 48 ejemplos de desastres ambientales que recoge el informe de ‘Banderas Negras’ de Ecologistas en Acción; pero el problema va mucho más allá. Las playas españolas son un recurso central para la mayor industria del país y, por desgracia, están pésimamente gestionadas. ¿Hasta cuándo van a poder aguantar el ritmo de degradación al que las sometemos?

El problema costero, en cifras. “Más del 50% de las playas y el 70% de las dunas en la costa española están degradadas o profundamente alteradas; el 60% de los humedales que había en 1950 ha desaparecido; más del 60% del entorno inmediato de las playas de las costas mediterránea, atlántica sur y de los archipiélagos está urbanizado”, este análisis de Miguel A. Losada, catedrático de la Universidad de Granada, tiene ya una década, pero no ha perdido un ápice de vigencia.

Esto es espacialmente delicado porque la degradación humana de la que habla Losada se suma a la erosión natural. «Un fenómeno que afecta al 70% de las costas en todo el mundo», explica Jorge Guillén, investigador del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona. «Una playa en equilibrio es aquella en la que la arena que se va y la que llega tienen un volumen parecido. Son la excepción; normalmente tienden a crecer o a desaparecer». Y esto último es lo que ocurre en centenares de playas españolas y lo que obliga a gastar ingentes recursos presupuestarios en mover arena de un lado a otro.

¿Por qué ocurre esto ahora? No es algo nuevo. El fenómeno de crecimiento y desaparición de las playas es algo que ocurre desde hace millones de años; la diferencia es que ahora interacciona (y mucho) con la economía. Sobre todo porque los sedimentos que llegan al mar (y, por tanto, circulan por las playas) son sustancialmente menores ahora que antes. Hay cuatro factores para ello: el primero son los embalses. España tiene 1300 embalses operativos. Eso hace que la cantidad de sedimentos que antes arrastraban los ríos hacia el mar sea mucho menor por las alteraciones de sus cauces.

El segundo es la urbanización de la costa. Como decíamos más arriba, hasta el 70% de las dunas están muy degradadas y hasta el 60% de los humedales han desaparecido. Tanto dunas como marismas eran sistemas que «alimentaban» el ciclo natural de las playas; es más, eran sistemas que protegían la costa de la erosión: la urbanización acelerada que hemos sufrido desde los años 60 ha destrozado buena parte de esos sistemas.

El tercero, el remedio ‘tradicional’ a estos problemas (es decir, la construcción de puertos, diques y espigones) altera a su vez la capacidad de transporte de los sedimentos. Y como normalmente se construyen con una perspectiva local, suelen ocasionar problemas a escala regional. Y, por último, también vinculado a los problemas de gestión ambiental, está la «destrucción masiva de las praderas de posidonia en el Mediterráneo a partir de los años setenta». Los vertidos incontrolados al mar han dejado el fondo marino sin la estructura que lo fijaba.

Empieza la cuenta atrás. En este contexto vivimos en una suerte de pescadilla que se muerde la cola: históricamente, los esfuerzos por mantener las playas han acabado contribuyendo a incrementar los problemas. Y este solo es el principio. Si (como todo parece indicar) los eventos meteorológicos extremos van a seguir creciendo, la desaparición de playas va a ser mucho más común (y, el presupuesto dedicado a ello, cada vez mayor).

Hemos vivido (y hemos construido un sector enorme) sobre algo que pensábamos «renovable» e ilimitado. Ahora empezamos a ver que no es así. Ya no es solo que el cambio climático puede acabar por sacar el turismo de verano de nuestras playas. Es que ahora empezamos a ver que necesitamos cada vez más recursos para salvar los parajes naturales de la acción turística, pesquera y hostelera. Si no lo hacemos (o si no replanteamos el modleo turístico) las banderas negras acabarán por tomar toda la costa.

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