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Hace 50 años Erno Rubik quiso enseñar arquitectura a sus alumnos. Así que creó el rompecabezas más famoso del mundo

No importa dónde, cuándo ni ante quién lo hagas. Si sacas un cubo de Rubik y te pones a manejar sus pequeñas piezas lo más probable es que la gente de tu alrededor identifique al instante qué estás haciendo. Sin necesidad de explicaciones. En menos de medio siglo el rompecabezas de colores psicodélicos creado por Ernő Rubik ha logrado algo al alcance de muy pocos inventos: trascender su propósito original para convertirse en un icono, un objeto capaz de competir en fama con los Rolling o los mismísimos Beatles.

No está mal. Sobre todo si se tiene en cuenta que Ernő Rubik lo ideó como una herramienta didáctica en la década de los 70 al otro lado del «telón de acero».

Objetivo: enseñar… y divertir. Aunque el cubo de Rubik ha acabado convirtiéndose en uno de los rompecabezas más populares del mundo e incluso ha colado el apellido de su inventor en el diccionario Oxford, el húngaro Ernő Rubik no pensaba en la fama cuando lo ideó, en los años 70. Así se lo confesaba a la BBC él mismo en 1986. Según la cadena británica el propósito de Ernő, que en 1974 enseñaba arquitectura en la Escuela Superior de Artes de Budapest, ni siquiera era diseñar un juguete, sino una herramienta didáctica para sus alumnos. Otras versiones aseguran que lo que realmente buscaba era montar un rompecabezas basado en la geometría.

El planteamiento estaba claro. Lo que Rubik quería era un objeto móvil, manipulable, táctil y con una dinámica que se entendiera a la primera. La clave estaba en que tras toda esa aparente sencillez la pieza plantease un desafío, uno lo suficientemente complejo como para que solo se pudiera resolver con paciencia y esfuerzo. Ideal desde luego para los jóvenes alumnos de la Escuela Superior de Budapest a los que Ernő impartía nociones de diseño tridimensional.

Entrenando el cerebro. El propio Ernő Rubik explicaba al popular locutor de radio Terry Wogan tiempo después, ya avanzada la década de los 80, qué es lo que más valora de su rompecabezas multicolor: «En primer lugar hay que tener paciencia, resulta muy útil para resolver un problema, luego se necesita algo de memoria espacial, memoria tridimensional. Para recordar qué grupo estás, dónde están las piezas y demás… Si cerramos los ojos, lo sabemos, lo recordamos. Y no solo por una imagen, sino por su significado».

De la teoría… A la práctica, que es lo que Ernő Rubik hizo hacia mediados de los años 70. Tras dar vueltas a la idea, pasarse meses probando con bloques de cubos fabricados con madera y papel y comprobar su éxito entre los alumnos, en enero de 1975 el profesor solicitó la patente húngara de su prototipo, que presentó como un juguete de «lógica espacial». La oficina estatal se la concedió en 1977. Había nacido el «Bűvös kocka», «Cubo Mágico», el primer nombre del famoso cubo.

Dar forma al rompecabezas, formado por un grupo compacto de piezas capaces de desplazarse, exigió su buena dosis de ingenio. El profesor probó con cubos sujetos con bandas elásticas, pegamentos y clips hasta lograr el resultado final. «Había un taller en la escuela y solo usé madera como material porque es muy fácil de manejar y no requieres máquinas sofisticadas. Lo hice usando solo mis manos, cortando la madera, perforando agujeros, empleando bandas y cosas similares, muy simples», relata el inventor.

El salto a la fama. En la historia de éxito del cubo de Rubik no solo hay intuición, ingenio y trabajo. Si su prototipo de cubo de madera con seis caras ha logrado convertirse en todo un icono multicolor es también gracias a un golpe de suerte. Ernő trabajaba al otro lado del «telón de acero», en la República Popular Húngara, un estado bajo la órbita de la Unión Soviética y con una economía planificada. Y eso marcó sus opciones de fabricación y comercialización.

Para lanzar su invento con versiones de plástico, Rubik empezó a trabajar con Politechnika, una pequeña empresa húngara. Para 1977 el cubo ya estaba en las tiendas húngaras y se conservan todavía algunos de los Magic Cube de 1978 de Pentangle, una distribuidora británica que logró llevar la idea del cubo multicolor fuera de Hungría. El auténtico punto de inflexión llegó sin embargo algo después, cuando la fortuna o el buen olfato comercial llevó a un empresario expatriado a llevar el rompecabezas a la Feria de Juguetes de Nuremberg en 1979.

El potencial del «Bűvös kocka» no pasó inadvertido allí. Al menos para Tom Kremer, dueño de un negocio de juguetes que —recuerda el Smithsonian— acabó llevando el concepto a la firma estadounidense Ideal Toy Company. De su mano la creación de Ernő pasaría de idea ingeniosa a icono global: se rebautizó como «Cubo de Rubik» y en 1980 empezó a abrirse camino en el mercado internacional.

Una «celebrity» geométrica. Si algo hay que guste aquí, en la Hungría socialista o los EEUU de Ronald Reagan es un buen rompecabezas que desafíe nuestra paciencia e ingenio. Rubik lo demostró a las mil maravillas dejando por el camino una estela de fama desorbitada y millones de dólares de facturación. Aquel cubo colorido ideado al otro lado del «telón de acero» logró un éxito inmediato, ganó premios y empezó a despacharse como rosquillas. Se calcula que en 1982 se habían vendido ya más de 100 millones, sin contar la ingente cantidad de versiones falsificadas.

El bloque de cubos con el que Ernő quería exprimir el cerebro de sus alumnos en los 70 se estampó en camisetas, empezó a mencionarse en canciones y hacer cameos en las series más populares y se ganó un hueco en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. En su momento álgido incluso protagonizó una serie de dibujos animados, ‘Rubik, the Amazing Cube’, producida por Ruby-Spears Enterprise. Nada sorprendente si se tiene en cuenta que ya bien entrado el siglo XXI el cubo de colores sigue apareciendo en la pequeña y gran pantalla. Rubiks los hay por ejemplo en ‘WALL-E’, ‘Spider-Man: Into the Spider-Verse’ o en la serie ‘The Big Bang Theory’.

«Pasado de moda». No todos lo vieron con el mismo deleite. En 1982 The New York Times proclamaba que el cubo de Ernő había «pasado de moda» y le vaticinaba una pérdida de popularidad. El vaticinio le salió mal. Su enorme fama ha hecho que al rompecabezas original le salgan imitaciones y falsificaciones por doquier, lo que complica calcular cuántas unidades han podido venderse hasta hoy. La BBC estima que la cifra puede superar los 400 millones. El dato da una idea del enorme negocio que ha supuesto la venta del rompecabezas.

Lo innegable es que Rubik tiene su propia comunidad. A lo largo de los años se ha publicado una avalancha de libros sobre cómo resolverlo y el reto ha llevado a apasionados del speedcubing de todo el mundo a competir para comprobar quién logra cuadrar las piezas de colores en menos tiempo o con el menor número de movimientos. Hay quien busca récords con el cubo bajo el agua, mientras hacen malabares o incluso se lanzan en paracaídas.

El doble mérito de Ernő. Por mucho que se esfuercen no podrán arrebatar a Ernő otro de sus méritos: además de ser el inventor del cubo, el profesor húngaro fue el primero en resolverlo. Eso sí, le llevó bastante más tiempo del que necesitan ahora los plusmarquistas del speedcubing. Ernő tardó casi un mes en volver a poner todas las piezas en su posición original y solucionar el desafío que él mismo había ideado. «No tenía experiencia, fui el primero en intentarlo», confiesa el inventor, quien reconoce que «encontrar el camino de regreso» en aquella ocasión no le resultó sencillo, aunque con el tiempo y práctica ganó velocidad.

No está mal si se tiene en cuenta que no todo el mundo puede presumir de haber superado el rompecabezas. A pesar de la fama de Rubik y la popularidad de las competiciones de speedcubing, las estimaciones sobre cuánta gente logra cuadrar los colores del bloque sin ninguna ayuda son de todo menos halagüeñas. Algunas hablan de que solo lo logra el 5,8%. Otras son incluso más demoledoras y concluyen que apenas el 1% ha conseguido resolver el viejo desafío de Ernő sin apoyo. Ya lo decía el profesor: paciencia, memoria… y estar dispuesto a dedicarle tiempo.

Imagen de portada: Kenny Eliason (Unsplash)

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