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Hay gente usando las Vision Pro por la calle. Esta película ya la hemos visto con los ‘glassholes’

Dos anécdotas para arrancar este artículo.

La primera: Apple puso a la venta sus primeros AirPods en diciembre de 2016. Los compré el primer día y esa misma noche los usé en el metro camino a una cena navideña de empresa. En el vagón noté demasiadas miradas dirigiéndose hacia mí. Iba con traje, pero no tan arrebatador como para girar cuellos, así que al cabo de unos segundos entendí lo que estaba ocurriendo: miraban mis AirPods.

Ahora están normalizados, pero en aquel momento no. Además, el stick que asomaba, el cual Apple ya cercenó en 2021, era demasiado cantarín. Había mucha guasa entonces diciendo que parecían unos auriculares tradicionales con el cable cortado, o directamente un par de tampones.

Situaciones como la del metro me ocurrieron varias veces durante los meses posteriores y me tuve que acostumbrar a ellas hasta que el mundo se acostumbró a los AirPods. Supongo que algo similar o peor vivieron los primeros que hablaron por el móvil en los noventa, pero a mí me pilló con los dientes de leche.

La segunda: año 2014. Una reunión en un edificio de una empresa española del IBEX 35. Interrumpe un caballero a quien nadie de allí conocía portando unas Google Glass. Su acompañante nos explica que acaba de venir de California y que es una de las primeras personas del mundo en poder usarlas. Nadie dice nada. Súbitamente, el hombre dice “OK Glass, take a picture” y nos hace una foto que no he visto pero que me encantaría tener. Caras de póker y los hombres se marchan ante el silencio indiferente.

El regreso de los glassholes

Ahora estamos viendo vídeos en los que los primeros compradores de las Vision Pro caminan con ellas por la calle, haciendo el gesto del VAR en el aire, parando a analizar el entorno virtual y arrastrando ventanas antes de que el semáforo cambie a rojo.

O entrenando pectoral en el gimnasio con ellas puestas.

O un ejemplo especialmente irresponsable: conduciendo mientras usa las Vision Pro, por mucho Autopilot que tenga su Tesla. Spoiler: sale mal.

Uno con tinte social: dos personas cenando en un restaurante, cada una con sus Vision Pro.

Hay escenas que laman la atención y giran cuellos de verdad, de los de sacar el móvil para grabar la escena y enviárselo al grupo de la familia y a los del Fantasy.

Esta película ya la hemos visto. Más o menos. Con los AirPods, con los primeros móviles del tamaño de una cafetera o con el precedente más claro: las Google Glass. Con los primeros casos el asombro duró hasta que nos acostumbramos a su presencia, pero también a unas reglas de etiqueta básica. Unas que a las Google Glass ni siquiera les dio tiempo a desarrollar, porque empezaron a morir muy pronto.

Las Google Glass fueron tan efímeras que no dio tiempo a nada (más que al delicioso apelativo de glassholes), pero ahora, aunque exista este precedente, es inevitable recordar aquella primera oleada de gente usándolas en público y dispuesta a dejar claro al mundo que formaban parte de ello. Todo vuelve.

En aquel momento, hace diez añazos, Google incluso publicó una lista con todas las conductas que desaconsejaban con unas Glass. Ellos mismos sacaron el término glasshole en aquel manual de etiqueta básica.

Respeta al resto de la gente, y si tienen preguntas sobre Glass no pongas mala cara. Sé amable y explica lo que Glass hace y recuerda, una demo rápida puede ser al final algo larga. Se aplican las mismas reglas a Glass que a cámaras y teléfonos móviles en lugares donde éstos no se permiten. Si te piden que apagues tu teléfono móvil, apaga también tus Google Glass.

Antonio Ortiz, uno de los fundadores de Xataka, habló en aquella época de «Repugnancia y fascinación con Google Glass«. No es Antonio alguien sospechoso de ludismo, y ya en su momento avisó de las consecuencias sociales que iba a tener la normalización de este producto, que no dejaba de ser fascinante: el proceso sería duro de digerir.

Ahora estamos viendo un fenómeno similar con un producto aún más evidente y llamativo, las Vision Pro. Especialmente por parte de sus early adopters, que suelen ser usuarios especialmente proclives a hacer visible su uso, a dejar claro al mundo que las están utilizando, como hemos visto en los ejemplos anteriores.

Ya no sorprende ver a alguien usando una tablet, pero no es lo mismo si lo hace en un tren que si lo hace al volante, caminando por la calle o mientras compra el pan. Lo mismo con las Google Glass hace diez años y con las Vision Pro ahora: en algunos escenarios va a costar digerirlas, aunque probablemente el paso del tiempo nos llevará a esas reglas de etiqueta básicas para llevarlas.

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