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Llevamos 13 virus extraídos del permafrost y resucitados en el laboratorio. El problema vendrá de los que se escapen

Los virus no son los únicos microorganismos atrapados en las zonas heladas de nuestro planeta. Bacterias y otros organismos unicelulares, desde virus a eukaryotas. Numerosos investigadores se afanan en estudiarlos antes de que puedan causarnos un problema. Hay quien cree que incluso puedan presentarnos con una oportunidad.


Los virus más antiguos.
Hace años que sabemos que en las zonas heladas de nuestro planeta es posible encontrar microorganismos con miles de años de antigüedad atrapados en entornos como los casquetes polares, glaciares, o el permafrost, una capa subterránea de tierra y hielo que es posible encontrar en zonas como Siberia o Canadá.

En este contexto, un equipo europeo de científicos lleva años tratando de analizar virus ocultos en el permafrost. Llevan ya más de una docena, y, aunque se trata de virus que no afectan a los humanos, algunos de sus aspectos resultan muy llamativos. El primero por ejemplo es el tiempo que estos organismos llevan aislados.

Según el último borrador publicado por el equipo (disponible a través del repositorio BiorXiv) el más antiguo de los virus con los que se han topado llevaba 48.500 años aislado en el permafrost. Pero no es el único virus hallado en similares circunstancias. En ocasiones anteriores el equipo logró recuperar virus de 30.000 y hasta 42.000 años de antigüedad.

Un entorno variado.
Los virus recuperados pertenecen a diversas familias, aunque todos ellos afectan a un tipo específico de seres vivos, las amebas. No es casualidad sino que responde a la estrategia de búsqueda de microorganismos que ha seguido el equipo. Es solo una pequeña muestra de lo que sabemos que hay en el hielo.

Las amebas son organismos eukaryotas, es decir, comparten con animales y plantas estar formadas por células con un núcleo definido. Esto quiere decir, que bajo los suelos del círculo polar ártico pueden esconderse otros virus y microorganismos potencialmente patogénicos para otras especies, no necesariamente los humanos, pero que pudieran afectar a animales o plantas esenciales en los ecosistemas de la zona.

De los glaciares a los ríos.
El riesgo no siempre está en que bacterias y virus puedan desatar alguna nueva pandemia (aunque no sea un riesgo que descartar). Al margen de la potencial resurrección de patógenos, lo que preocupa a los expertos es que los microorganismos generen impactos ecológicos al llegar a nuevos ecosistemas. La clave aquí estaría en el deshielo acelerado de los glaciares.

Esta biomasa, viva o muerta, podría fertilizar algunos de estos ecosistemas, alterándolos radicalmente. Un efecto semejante al que algunos fertilizantes agrarios causan cuando llegan al agua, es decir del fenómeno conocido como eutrofización, una suerte de “empacho medioambiental” que genera estallidos de vida que acaban asfixiando el ecosistema acuático.

Cientos de toneladas al año.
Otro estudio reciente estimó la dimensión potencial de este fenómeno. Analizando la cantidad de vida microbiana oculta en una decena de glaciares de Europa, un equipo de investigadores comprobó que un solo mililitro de este hielo podía contener decenas de miles de células. Esto podría implicar alrededor de medio millón de toneladas de biomasa liberada por los glaciares cada año durante las próximas décadas.

Oportunidad perdida.
Además de los potenciales patógenos y del exceso de biomasa liberada por los glaciares hay otra cuestión que preocupa a los expertos, y es la pérdida de una oportunidad única. Las bacterias atrapadas en los hielos glaciares y otros entornos helados tienen una utilidad, pueden ayudarnos a aprender más de ellas.

En una era marcada por la creciente resistencia de algunas bacterias a los antibióticos, estudiar estas muestras conservadas en diversos ecosistemas helados podría ayudarnos a ganar cierta perspectiva y así entender mejor cómo han evolucionado los microbios y en qué dirección continuarán haciéndolo.

Imagen | Boris Radosavljevic CC BY 2.0

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