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Los huracanes se están haciendo tan gigantescos que no tenemos ni forma de clasificarlos

Cuando llegó a Miami en 1947, lo primero que encargaron a Herbert Saffir fue actualizar el código de edificación del condado de Dade. Hacía falta. Era un absoluto desastre. Y eso, para una ciudad acostumbrada a reconfigurarse con cada huracán, era practicamente una sentencia de muerte.

En seguida supo que tenía que hacer algo. Su trabajo cambió todo, pero el cambio climático amenaza con dejarlo obsoleto.

Cuando Saffir conoció a Simpson. Durante toda la década de los 50, Saffir estudió con una minuciosidad casi enfermiza los efectos que los vientos fuertes podían causar en las construcciones humanas. Su fama creció tanto, que en 1965 la ONU le pidió un informe sobre cómo reducir el impacto de los huracanes en las casas de bajo coste que había por medio mundo.

Tras darle muchas vueltas, llegó a conclusión de que no había nada que hacer con las casas. Lo mejor era centrarse en desarrollar un sistema de alarma que permitiera tomar medidas de forma rápida, sencilla e intuitiva. Fue entonces cuando Bob Simpson, director del Centro Nacional de Huracanes, se unió al proyecto.

De esa colaboración, surgió la escala más utilizada para medir la intensidad de los huracanes. La Saffir-Simpson no solo los clasifica en cinco categorías atendiendo a su intensidad, sino que resulta «una guía muy útil para evaluar el potencial de daño» de este tipo de sistemas tropicales.

Tiene limitaciones, claro. No tiene en cuenta factores como el tamaño, la velocidad de desplazamiento o la cantidad de lluvia. Pero lo que nadie esperaba hace 50 años es lo que parece estar pasando: que se nos está quedando pequeña.

Los primeros indicios ocurrieron en 2005, pero fue con el huracán Patricia de 2015 cuando varios científicos empezaron a preguntarse si los 290 kilómetros por hora de sus vientos no requerían una categoría nueva. El debate no trascendió demasiado porque, al fin y al cabo, Patricia parecía algo excepcional. Pero la situación ha cambiado.

Hola, cambio climático. Ahora un par de científicos estadounidenses han estado analizando todos los ciclones tropicales que ha habido en el mundo entre 1980 y 2021 y han llegado a la conclusión de que Patricia no está sola: hubo cuatro más con intensidades muy por encima de lo esperado. Todos ocurrieron después de 2013.

Y, aunque esto algo que no puede sorprender a nadie (los modelos actuales sobre el cambio climático parecen indicar que los sistemas tropicales van a ser cada vez más grandes), sí lanza un mensaje muy claro a la meteorología: tiene sentido actualizar la Saffir-Simpson. Y más vale pronto que tarde.

¿Hacia una nueva categoría? Wehner y Kossin han publicado en PNAS su propuesta de ampliación. Hasta ahora, un huracán de categoría 5 es toda tormenta tropical cuyos vientos superen los 252 kilómetros por hora. Con su propuesta, se incorporaría una nueva categoría (la 6) a partir de los 308 kilómetros por hora.

Nadie tiene muy claro qué responderán desde el Centro Nacional de Huracanes de EEUU a esta propuesta, pero lo que parece claro es que el debate sobre los límites de la Saffir-Simpson está encima de la mesa. El cambio climático nos está desactualizando a una velocidad que nunca hubiéramos imaginado.

Imagen | NOAA/NASA

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