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Por dónde empezar a comerte un cadáver humano en caso de que no te quede otro remedio para sobrevivir

Empecemos por las malas noticias: no hace falta estrellarse con un avión en mitad de los Andes para que la vida nos ponga en una situación en la que comer carne humana sea lo único que nos separe de una muerte segura. Y, aunque no lo haga, la hipótesis (truculenta y morbosa) es interesante.

Al fin y al cabo, con 650 músculos, 206 huesos y un montón de vísceras… en un cuerpo humano hay mucho por donde elegir.

¿Cómo de nutritivo es el cuerpo humano? En 2017, un profesor de la Universidad de Brighton, James Cole, se dio cuenta de que, a menudo, los episodios de canibalismo que se identificaban en el paleolítico aparecían definidos en la literatura como de naturaleza «nutricional». En general, los arqueólogos hacen la distinción entre «ritual» y «nutricional» basándose en lo que se encuentran en los huesos.

Se nota mucho. A veces, en los huesos se encuentran marcas casi aleatorias, en otros hay señales clara de que la carne ha sido procesada (y con gran aprovechamiento): desde señales de haber fileteado partes del cuerpo a cortes muy precisos en las articulaciones o huesos raspados señal de que se había limpiado hasta el último trozo de carne.

Investigando. Sin embargo, Cole se dio cuenta que, por más que buscaba y rebuscaba, no encontraba ningún trabajo empírico que analizara el valor nutricional del cuerpo humano. Por muy evidente que nos pareciera el uso alimentario de la carne humana, necesitábamos algo sobre lo que sostenerlo, se dijo. Y acto seguido, se puso a hacerlo él mismo.

No era un proyecto fácil. Al fin y al cabo, hoy por hoy, no se puede despiezar alegremente a un humano en una universidad del Reino Unido y convocar a los colegas a una cata. Sin embargo, las normas éticas eran mucho más laxas en la década de los 40.

Investigando, Cole encontró un estudio de un grupo de investigación de esos años en los que se analizaban cuatro machos humanos de entre 35 y 60 años. Todos había fallecido previamente y por causas ajenas al experimento, conviene aclarar. Pero los datos que rescataron sirvieron a Cole para reconstruir el contenido real (agua, proteínas, grasas) de cada parte del cuerpo.

Un gramo de proteína, cuatro calorías; uno de grasa, nueve. Con esos datos, un poco de anatomía estadística y algo de matemáticas, Cole hizo una tabla muy completa sobre qué partes tienen más carne. Y no, no hay demasiadas sorpresas. Un humano adulto tiene, aproximadamente, unas 50.000 calorías solo en tejidos adiposos. A eso habría que sumar 25.000 del esqueleto, 13.000 de los muslos y unas 10.000 en la piel.

No nos comemos por algo. Esto, por sí solo, descarta el consumo habitual de humanos en la prehistoria (salvo en situaciones extremas). En comparación, siempre según Cole, un caballo tenía 200.000 calorías y un bisonte llegaba al millón sin despeinarse. Pero, en fin, nosotros no estamos hoy analizando el comportamiento de nuestros antepasados, sino tratando de identificar por dónde empezamos a comer si nos encontramos en problemas.

Y la respuesta está clara. Lo primero es aprovechar las «almohadillas» de grasa del cadáver. En general, son accesibles y relativamente fáciles de extraer. Posteriormente, lo recomendable es empezar a comerse los muslos, los brazos y la carne del torso y la cabeza. Parece importante desechar las vísceras (no solo porque tienen poco valor nutricional, sino porque en ellas se acumulan muchas sustancias que puede ser peligrosas, sobre todo si no conocemos el historial alimenticio del sujeto en cuestión).

Por otro lado, si tenemos útiles de cocina, no es ninguna tontería usar los huesos para hacer un buen caldo. La piel tiene un buen contenido calórico, pero quizás es de aprovechamiento más complejo. No obstante, imagino que llegado este punto la tentación de preparar unos torreznos sería inevitable.

Eso sí, hay algunos problemas. Comer carne humana, además de ser una salvajada ética para la mayor parte de culturas del mundo; es peligroso para la salud. Sobre todo cuando hablamos de tejidos nerviosos: hay toda una serie de enfermedades por priones (las que ocasionaron la crisis de la enfermedad de las vacas locas) que han estado históricamente asociadas a las prácticas rituales que incluían el canibalismo en los funerales – algo muy típico en Papua – Nueva Guinea, por ejemplo.

Imagen | Netflix

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