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Qué fue de Clippy, el célebre asistente de Microsoft que terminó defenestrado para volver 20 años después

Búscate a alguien que te mire como Clippy cuando escribías en Word.

Búscate a alguien que te observe como él lo hacía con sus enormes ojazos negros, sin pestañear, la vista fija bajo dos hirsutas cejas bidimensionales; siempre al acecho en la esquina inferior de la pantalla del ordenador, listo para saltar una y otra vez con su sempiterno:

— ¿Quieres que te ayude hoy?

o

— Parece que estás escribiendo una carta. ¿Necesitas ayuda?

Si trasteabas con Microsoft Office a finales de los años 90 y solías utilizar Word para escribir —cartas o no, pensase lo que pensase Clippy— seguro que sabes de que hablo y te suenan esas preguntas. Es más, me atrevería a decir que en alguna ocasión hasta consiguieron sacarte de quicio.

El compañero de escritorio

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Clippy era ese compañero de pupitre que nos toca en buena suerte el primer día de cole, sabidillo, ingenuo, un poco pesado también. Un demandante de atención patológico. Siempre atento. Siempre al acecho. Pendiente de un clic mal dado. Dispuesto a saltar en cualquier momento para lanzarnos una sugerencia y hurgar en el orgullo herido del escritor atascado ante el folio en blanco.

— ¿Puedo ayudarte?

Ofrecía ayuda, sí, y con educación; pero a menudo de la peor forma —sin que nadie le preguntara— y con tanta insistencia que lo que uno acababa buscando en Internet era cómo desactivarlo. Visto en perspectiva resulta entrañable. Y en cierto modo tenía todo el sentido del mundo que nos preguntase todo aquello en 1998, 1999 o incluso principios de los 2000, cuando era lógico pensar que muchos de los usuarios de Office no estuviesen aún familiarizados con sus herramientas.

Se trataba de ser didáctico.

De simplificar.

De ofrecer a los recién llegados un manual de usuario que pareciera cualquier cosa menos un plomizo, árido, desmoralizador y aburrido manual de usuario.

De buscar una forma sencilla de resolver dudas y enseñar cómo se manejaba aquel software de Microsoft; un asistente con el que interactuar, un chabot de aspecto agradable, cierta vis cómica e incluso capaz —si se lo pedíamos a golpe de clic— de hacer monerías y dar volteretas.

Y eso precisamente era lo que pretendía Microsoft.

El problema: no estuvo muy fino en el intento.

Microsoft Bob Screenshot

En los 90 los de Redmond tenían una idea clara: querían que su software resultase más manejable. Para quienes se desenvolviesen perfectamente con ordenadores, por supuesto; pero también para aquellos que se plantaban delante de un PC y manejaban un ratón y teclado por primera vez. Para lograrlo, pensaron, una de las grandes claves era ofrecerles una buena interfaz.

No apuntaban a lo loco. A principios de los 90 dos investigadores de la Universidad de Stanford, Clifford Nass y Byron Reeves, habían estudiado en detalle cómo se desarrollaban las interacciones entre los humanos y las computadoras y su conclusión era muy clara: preferimos tratar a nuestros equipos como si fuesen “agentes”, actores sociales; no al modo de simples herramientas.

“Las personas son buenas para tener relaciones sociales: hablar entre sí e interpretar señales como las expresiones faciales. También al lidiar en un entorno natural, como el movimiento de objetos y personas en las habitaciones, por lo que si una interfaz puede interactuar con el usuario para aprovechar esos talentos humanos es posible que no necesite un manual”, apuntaban.

En resumen: si se aprovechaban esos “talentos naturales” de los usuarios, si se les ofrecía una interfaz atractiva y didáctica, quizás resultase más fácil aprender a usar el software.

Aquellas ideas calaron en las oficinas de Redmond y acabaron tomando forma en un proyecto impulsado por Karen Fries y Melinda French —sí, la que luego sería esposa y más tarde exesposa de Bill Gates— y que logró el respaldo de la dirección: Microsoft Bob. Quizás su planteamiento fuese bueno. El resultado, desde luego, no. Bob se lanzó en 1995 y fue un fiasco mayúsculo.

En su empeño por ponérselo fácil a los usuarios convirtió el escritorio en una especie de salón remilgado, con aires casi casi de dibujos animados a lo Hanna-Barbera, una decisión que le granjeó el rechazo de los usuarios y la crítica. Sencillamente, los de Redmond se habían pasado de frenada al querer simplificar la experiencia del usuario: incluyeron un sobre para el correo, un papel y un lápiz para el procesador de texto... Y un perro amarillo, Rober, a modo de asistente.

El mismísimo TIME reservó a Bob un dudoso lugar de honor en el listado de los 50 peores inventos junto a otras grandes creaciones de la humanidad como el Spam, los baños de pago o —ojo al dato— los “cheques sonrisa”. Para el 96 Bob había hecho las maletas y salido por la puerta de atrás.

En la mayoría de compañías semejante varapalo serviría para hacer borrón y cuenta nueva. No en Microsoft. O no exactamente, al menos. Quizás Bob hubiese fallado el tiro, pero… ¿Habría alguna forma de rescatar su filosofía? Para Bob la empresa había diseñado alrededor de 250 personajes animados, como perros, dinosaurios y conejos, ¿por qué no mantener aquella idea?

Dicho y hecho. En Windows 97 se incorporó Office Assitant con un avatar predeterminado: nuestro protagonista, el siempre predispuesto Clippy, diseño del ilustrador Kevan Atteberry. El recibimiento que le despacharon los usuarios quizás no fuese tan encarnizado como el de Bob; pero distaba mucho de ser el deseable. La gente se quejaba. Clippy resultaba cargante. Molestaba.

¿Por qué? En 2003 otro investigador, Luke Swartz, publicaba un estudio con algunas reflexiones interesantes. El texto es claro ya desde su mismo titular: "¿Por qué la gente odia el clip: etiquetas, apariencia, comportamiento y respuestas sociales a los agentes de interfaz de usuario?"

Su diagnóstico —si te codeaste con el bueno de Clippy no te sorprenderá— es que aquel asistente de alambre virtual estaba mal enfocado y no respondía a las expectativas descritas tiempo antes por Nass y Reeves. Por decirlo de una forma clara: el clip de Office se saltaba las normas que cualquiera podría esperar de un buen compañero. Preguntaba cada dos por tres sin que nada le preguntara, interrumpía, acechaba y ofrecía ayuda cuando el usuario ya no la necesitaba, algo cada vez más habitual a medida que Office ganaba popularidad y la gente se familiarizaba con su manejo.

En cierto modo, y como apuntó el propio Nass a Microsoft, “despreciaba”.

El público había hablado.

Y Clippy quedó sentenciado.

Cuando Microsoft lanzó Windows XP, en 2001, la empresa decidió prejubilar a Clippy. No en sentido metafórico, no; durante un acto público, en mayo de 2001, el propio Bill Gates representó la retirada del asistente virtual en una puesta en escena que incluía un actor vestido con un disfraz de gomaespuma en forma de clip: un abultado, acolchado y cariacontecido Clippy.

Con Windows XP Clippy dejó de incluirse en la configuración predeterminada. A lo largo de los años siguientes él y el resto de asistentes —menos populares, objeto de menas iras, también— perdieron cada vez más peso. El golpe de gracia llegaba seis años después, en su décimo cumpleaños: en 2007 Clippy hizo efectiva aquella prejubilación y acabó desapareciendo por completo.

¿Por completo?

Bueno, no.

Fiel a sus costumbres, igual que cuando emergía desde la esquina de nuestras pantallas sin que nadie lo llamase, a en 2014 Clippy reapareció para un fugaz cameo. De forma sorpresiva, muy a su estilo. Su regreso a lo grande —aunque con un enfoque bastante distinto al de 1997— no llegó sin embargo hasta 2021: en mayo Microsoft lanzó una serie de fondos de pantalla protagonizados por el viejo asistente y en noviembre publicó un pack con stickers del clip para Microsoft Teams.

La gran sorpresa para los nostálgicos y fieles a Clippy llegaba sin embargo el 14 de julio del año pasado, cuando la compañía de Redmond planteó un reto vía Twitter junto a un gran retrato de su viejo asistente: "Si esto consigue 20k likes, sustituiremos el emoji del clip en Microsoft 365 por Clippy". Lo consiguió, claro. A día de hoy va de hecho por los 170.300 likes.

Y es que si algo ha demostrado a lo largo de su historia Clippy es que no es amigo de las medias tintas: o lo amas, o lo odias. Y, como mínimo, tiene más de 170.000 incondicionales.

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