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Viajaremos a las estrellas, pero nadie entenderá lo que nos cuenten de ellas: lo que hablaremos cuando vivamos en el espacio

Conseguir que el ser humano vuelva a pisar la Luna. Y luego Marte. Y que se instale allí y cree colonias. Y, más tarde, ciudades, países, imperios. Ese es el gran sueño de todos los apasionados por el espacio: convertir a la humanidad en una especie interplanetaria.

Pero, a menudo, nos quedamos ahí. Nuestra imaginación no se atreve a ir más allá. Y es una pena, porque lo más interesante de la carrera espacial, como decía hace unos años Scott Solomon, no es si tendremos éxito o no; lo más interesante es «¿qué pasará si realmente lo tenemos?».

El mejor ejemplo de ello es la lengua. La lengua (y los dialectos) que hablaremos en el espacio.

Es un tema muy poco discutido, pero crucial. El mismo Solomon explicaba que, atendiendo a lo que sabemos sobre Marte, solo harán falta dos generaciones para que los marcianos necesiten gafas para la miopía, tengan serios problemas inmunológicos y asuntos como el embarazo y el parto serán mucho más peligrosos.

Solomon va más allá, claro. Según su punto de vista, en solo esas dos generaciones, los marcianos deberían dejar de reproducirse con los terrícolas. «La supervivencia a largo plazo de las comunidades marcianas conlleva una adaptación biológica específica (como la de los inuit en el ártico, por ejemplo) y la mezcla genética con los terrícolas solo retrasaría ese proceso».

Es decir, todo esfuerzo que hagamos para asegurar la unidad de la especie humana estará en detrimento del éxito adaptativo de los humanos extraterrestres a sus propios entornos. Y si esto pasa con la biología, ¿qué no pasará con la lengua?

¿Cómo se forma un acento? En 2019, Jonathan Harrington analizó los cambios fonéticos que se dieron en un contexto muy concreto: un pequeño grupo de 11 investigadores que habían pasado el invierno aislados en un laboratorio en la Antártida. Ocho de ellos eran ingleses (tres del norte y cinco del sur), uno del noroeste de Estados Unidos, otro alemán y el último procedía de Islandia.

Esto es interesante porque es exactamente el tipo de situación que se puede dar en la Luna y, sobre todo, en Marte: pequeños grupos de gente de muy diversa procedencia hablando en una lengua que todos dominan (aunque no sea la materna de todos). Examinar cuánto cambiaba la pronunciación (la fonética) era un buen índice para determinar cómo de rápido cambia nuestra forma de hablar.

A lo largo de la estancia en la Antártida, los expedicionarios mostraron cambios fonéticos. El más interesante de ellos (en la medida en que era compartido) es que empezaron a realizar sonidos específicos de manera diferente y usaron diferentes partes de la boca para emitir esos sonidos. Es decir, es estaba formando un acento específico.

¿Y esto puede pasar en el espacio? Como digo, es más que probable, sí. Sobre todo en Marte, por el retraso de 20 minutos de las comunicaciones y la mayor duración de las estancias, es probable que las colonias empiecen a desarrollar rápidamente un acento específico.

Como explicaba Harrington en Live Science, no podemos estar seguros de cómo será hasta que no sepamos la «composición lingüística de los primeros colonos». Esa composición, según explica, será determinante: el más abundante durante las primeras etapas, será el que gane la partida a medio-largo plazo. «Un buen ejemplo de esto es el acento australiano, que tiene montones de similitudes con el londinense de clase obrera porque la mayor parte de los colonos tenía ese acento».

¿Y nuevas remesas de colonos no pueden revertir este proceso? A nivel teórico, sí. Lo hemos visto decenas de veces en la Tierra. Hace poco, de hecho, los dialectólogos identificaron un nuevo dialecto en el área metropolitana de Miami producto de la transposición de estructuras y usos castellanos a la lengua inglesa. No es el famoso spanglish, sino algo distinto: una situación en la que los calcos lingüísticos se están apoderando del inglés desde dentro. Pero sí parece claro que el dialecto «madre» será el substrato sobre el que se operarán los cambios posteriores.

Sin embargo, todo esto da igual. Porque si volvemos a Scott Solomon nos daremos cuenta de que «ni siquiera será fácil contactar entre las distintas comunidades porque los  protocolos anticontaminación tenderán a crear espacios asépticos en el espacio y a deprimir el sistema nervioso de los marcianos. En ese  escenario, cualquier contacto con los ‘sucios’ terrícolas será peligroso».

De hecho, aunque los espacios marcianos no sean tan asépticos como Solomon cree, es muy probable que entornos tan distintos y aislados generarán patógenos distintos (y los riesgos serán grandes para todos). No tenemos ni idea de cómo será la primera gran pandemia interplanetaria, pero está claro que la veremos.

¿Qué idioma se hablará en el espacio? Como vemos, no es una pregunta fácil de responder porque es algo que depende quienes dejen la Tierra y de cómo se organicen en las colonias espaciales. Es un hecho poco conocido que hoy por hoy todos los astronautas (espacialmente aquellos que van a la ISS) deben manejarse con cierta fluidez en inglés y en ruso.

Es más, podríamos decir que existe un «pidgin espacial» que permite a las misiones conjuntas convivir con cierta armonía allí arriba. No parece que vaya a ser el lenguaje del espacio, la verdad. En los últimos años y a medida que el poderío espacial de Rusia desaparece, dibuja un escenario algo distinto.

Si tuviera que apostar, teniendo en cuenta la falta de colaboración entre los bloques de esta nueva guerra fría, podríamos apostar que habrá un inglés y un mandarín con características marcianas. Quizás japonés o hindú, pero poco más. Todo lo demás está por ver; aunque no nos entendamos.

Imagen | Photobank Kiev

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