“A Franco le tenéis que tener en los altares”

San Pedro y San Pablo fueron liberados milagrosamente de la cárcel, dicen los Hechos de los Apóstoles, mucho antes de su martirio heroico y testimonial al tener que cimentar doctrinal y jurídicamente aquella Iglesia dada por el Divino Maestro.

En mi parroquia de El Burgo Ranero se celebró su patronazgo y expliqué que la verdad irrebatible que nos sembró, es la que ha de ser custodiada y vivida pese a todos los obstáculos de los tiempos paganizantes, libertinos y escandalizantes en que hemos de distinguir entre principios y personas. Si se yerra en una operación matemática, la culpa es del errante y no de las matemáticas. Lo mismo ocurre con la moral y el dogma; falla el individuo, no la solidez inmarcesible doctrinal.

De ahí se deducen las grandezas marginales de nuestra patria, que en ocho siglos combatió el azote musulmán con la unidad de credo católico, que la llevó más tarde al descubrimiento del Nuevo Mundo y su evangelización en aquel imperio a lo largo de su largo Siglo de Oro, revitalizado con sus místicos, juristas, misioneros, siendo como fuimos martillo de herejes y luz del Concilio de Trento. Más tarde derrotaría al liberalismo masónico de la invasión napoleónica, aquella en la que el corso calculó que con 12000 soldados arrasaría España en un simple paseo militar, una niñada. Aquella aventura le costó la masacre de 500.000 soldados. Los mariscales franceses reconocieron que “jamás habían visto un encarnizamiento igual al que muestran nuestros enemigos en la defensa de sus plazas”. Y Napoleón dijo poco antes de morir: “Ojo con el valor de España”. Resta por enumerar el valor de aquellos hijos de España en nuestra Cruzada de Liberación Nacional, cuando el comunismo internacional, ávido de crueldad, regó nuestros campos de mártires antes de que miles de héroes les hiciesen morder el polvo de la derrota. ¿Qué sería del pueblo español sin su valencia?

Aquella undécima Cruzada, según Pío XII, y aquella imposición a Franco de la medalla de las milicias de Cristo que aquel papa le otorgó como hijo predilecto entre los estadistas cristianos por aquella contienda cívico militar de la España del nacional catolicismo, no se ve correspondida por la descristianización del actual liberalismo, del que nos quejamos, a la vez que le seguimos votando y defendiendo como un dogma impuesto e indiscutible.

Por eso afirmé en mi homilía que “a Franco le tenéis que tener en los altares”. Un leve rumor surgió en el templo abarrotado y sólo un puñado de gente joven lo abandonó.Les dije que sobraban los ingratos y que se marchasen quienes estuviesen a disgusto. A la salida de misa nadie me objetó sobre lo dicho mientras otros me elogiaron.

No podemos vivir en esa eterna contradicción de adorar una libertad pero sin Dios, sin Patria y sin Justicia. Sólo tienen derecho a quejarse quienes no hayan abandonado la santa tradición secular de nuestra católica España.

Por Jesús Calvo

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