Anclados en el pasado, por Enric Hernàndez

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El Parlament es el paraíso de la nostalgia. Mientras el independentismo trata de ampliar su base convirtiendo el 1-O en fiesta nacional, otra fecha totémica, el 9-N, sobrevuela de tanto en cuanto el edificio de la Ciutadella.

El ‘procés’ es un calendario repleto de fechas marcadas en rojo. El 9-N del 2014 como cita iniciática del soberanismo; el del 2015, como jornada inaugural del unilateralismo; y el 1-O como cénit de aquel épico periplo. Pese a las catastróficas consecuencias de tantas gestas, sus señorías las conmemoran periódicamente con entusiasmo digno de mejor cosecha.

Este jueves, la mayoría independentista del Parlament, a instancias de la CUPse ha ratificado en la declaración de ruptura y desobediencia aprobada en el 2015, aquella en la que prometía desoír cuantas leyes y tribunales fuera preciso con tal de lograr la independencia de Catalunya. Cumplió lo primero pero fracasó en lo segundo. La realidad es tozuda.

“El Parlament reitera los objetivos políticos que contiene la resolución (…) sobre el inicio del proceso político en Catalunya como consecuencia de los resultados electorales del 27-S de 2015, legitimados por los resultados del referéndum del 1-O y las elecciones del 21-D”. Curioso aserto en boca de quienes hoy asumen que no hay –ni había- base social suficiente para proclamar la república.

De nada sirvieron los intentos de JxCat ERC por persuadir a la CUP. Tampoco los avisos de los letrados del Parlament, contrarios a tramitar el texto por estimar que desafía al Constitucional. Operó entre los diputados independentistas, como en  tantas otras ocasiones, el pánico a ser acusados de traidores.

El republicano Sergi Sabrià resumió así la paradoja: “Esto nos suena a antiguo, un gesto simbólico pero poco efectivo; aun así, lo aprobaremos porque somos republicanos desde hace 87 años.” Mientras unos presuman de historial republicano y otros se avergüencen del suyo, por autonomista, todos seguiremos anclados en el pasado.