‘Autocrítica’, por Ricardo García Cárcel

Estamos en los inicios de la campaña electoral. En los últimos meses hemos vivido una situación de intermitencia emocional: situaciones de extrema tensión a las que han sucedido momentos de relajación. Todo aparentemente promovido desde las altas instancias del independentismo de manera bien planificada usando la calle como escenario de despliegue intimidatorio. La movilización callejera ha sido un arma instrumental sin duda eficaz para exhibir la fuerza propia ente el conjunto de la sociedad catalana que ha ido evolucionando de la perplejidad al emprenyament de modo bien visible.

El “catalá emprenyat”, imagen que acuñó Enric Juliana para referirse al catalán insatisfecho por los recortes del Estatut y la crisis económica, hoy ha cambiado de acera y simboliza más bien al catalán harto de manipulación y de consignas, de presión callejera y de los constantes testimonios de inutilidad y mentiras de los independentistas. En el momento presente parece emerger una cierta autocrítica desde el independentismo. Tres han sido los ejes argumentales de esta supuesta autocrítica: el reconocimiento de la precipitación, el error de la aceleración bajo el síndrome del “ahora o nunca”; la conciencia de los límites en la construcción de las alternativas políticas (la famosas estructuras de Estado) y la evidencia de que les ha faltado cobertura social de apoyo. Esta última idea es particularmente sorprendente cuando tanta arrogancia exhibicionista se había derrochado respecto a la mayoría social con que se contaba.

¿Es creíble esta autocrítica? Me temo que el balbuceo reconociendo algunos errores no es sino una variante más del tacticismo independentista. No se constata el menor reconocimiento de los excesos narcisistas de la presunta superioridad catalana política y moral que ha caracterizado su discurso épico. No se ha aportado la más mínima contrición por las mentiras que se han repetido hasta la saciedad, desde el supuesto apoyo político internacional con el que se contaba a la interpretación distorsionada del mítico derecho a decidir. Los replanteamientos políticos derivados de su fracaso que culminaron en la famosa jornada de la proclamación parlamentaria de la DUI nunca se atribuyen a la inanidad demostrada sino a las presuntas amenazas del monstruo de Madrid que iba a invadir inminentemente Cataluña con el ejército represor para dejar una estela de sangre catalana en las calles. La inhibición final catalana quedaría explicada por el lógico ejercicio de la prudencia catalana que evitaría la masacre. Nunca se ha superado el discurso victimista que convierte al Estado en una máquina de poder despótico, prolongación del franquismo, que sólo piensa en hacer daño a una arcangélica Cataluña o el discurso autosatisfecho que sólo ve en el Estado español una argamasa de inútiles, torpes y rancias iniciativas frente a la modernidad europea de Cataluña.

El independentismo nunca ha superado el discurso victimista que convierte al Estado en una máquina de poder despótico

Las cosas han cambiado. El argumentario independentista por su reiteración y sus falsedades cansa y genera rechazos por las trampas que esconde. El artículo 155 de la Constitución, último recurso frente a la desobediencia repetida, ha dejado de ser un tabú. Ha muerto el fantasma de la inseguridad del Estado ante los riesgos de lo desconocido. No sé cual será el resultado de las elecciones, pero nada podrá ser igual: ni el inmovilismo prolongado por parte del Estado ante el crecimiento del problema catalán, ni la estrategia unilateral y arbitraria de los independentistas. El poso de derivaciones negativas que ha dejado el procés no puede olvidarse.

Tengo muy presente el desgarro con el que Gaziel se refería a los sufrimientos de los catalanes por los errores de algunos en 1934: “Que Companys como gobernante perdiese la cabeza o se la hiciesen perder nada tenía de extraordinario. Muchos gobernantes, muchos partidos la pierden todos los días y no pasa nada. Sí pasa: se hunden, pero no se hunden más que ellos. Lo abominable de nuestro caso, es que en Cataluña nos hemos hundido todos, los que perdieron la cabeza y los que la conservaron en todo momento” (19 de octubre de 1934).

Ciertamente todo es susceptible de empeorar. El hundimiento catalán desde el momento en que hacía Gaziel esta reflexión hasta 1939 se agravó como es bien sabido. De ahí la importancia de una autocrítica real, sincera, no impostada, que permita enmendar errores y cauterizar heridas, así como la reflexión sobre las experiencias traumáticas que ha vivido la historia de Cataluña. Apelando a la memoria de 1714 son bien patentes una serie de errores que hubieran sido perfectamente evitables. En aquel caso, una parte de la sociedad catalana, la constituida por los austracistas, se lanzó por el camino de la rauxa de manera, a la postre, desastrosa. Se apostó en 1704 por un candidato a rey (el archiduque Carlos) que en 1711 abandonó Cataluña para proclamarse emperador en Viena. Estos catalanes renunciaron a los beneficios que Inglaterra les ofrecía en el artículo 13 del tratado de Utrecht en 1713, prefiriendo lanzarse a una huida hacia adelante absolutamente suicida. Se creyeron capaces de convencer a todo el mundo, a través de sus diplomáticos desplazados en las Cortes europeas, de que los países aliados frente a Francia apoyarían el “caso de los catalanes”, fracasando netamente en el empeño. Y el mayor error: no se tuvo conciencia de que Barcelona no representaba a todos los catalanes y que la propia sociedad barcelonesa estaba dividida. La cadena de errores fue catastrófica, conduciendo directamente al precipicio.

Es importante una autocrítica real, sincera, no impostada, que permita enmendar errores y cauterizar heridas, así como la reflexión sobre las experiencias traumáticas que ha vivido la historia de Cataluña

Ciertamente, desde el lado borbónico, también se cometieron errores. Faltó flexibilidad. La rigidez de Felipe V fue incapaz de superar la idea de traición, de delito de lesa majestad de los catalanes en 1704 frente a los consejos pragmáticos de su abuelo Luis XIV: “Las bombas arruinarán a los que os han sido fieles en esa ciudad… Los barceloneses son, sin embargo, vuestros súbditos, y vuestra majestad con gran clemencia querrá darles ocasión para que vuelvan a su deber sin destruirlos… Es de vuestro interés moderar la severidad, debéis tratarlos como padre. Os aconsejo que les concedáis más libertad de la que les habéis dado”.

El día después del mítico 11 de septiembre de 1714 las crónicas catalanas nos muestran una sociedad que asumió como principio el “anem per feina” y una conciencia acomodaticia respecto al futuro: “Que hagan como las matas que están por los ríos, que cuando viene mucha agua se recogen y la dejan pasar y después se alzan cuando el agua ha pasado y así obedecerlos a todo cualesquiera que vengan pero no aficionarse a ninguno”.

El seny, como la derivación lógica del desparrame de la rauxa. ¿Ha llegado ya a Cataluña la hora del seny?

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