Borrell y el enfrentamiento civil , por Joaquim Coll

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El nuevo ministro de Exteriores, Josep Borrell, en la entrevista que le hizo Ana Pastor en La Sexta afirmó que “Catalunya se encuentra al borde de un enfrentamiento civil”. No es la primera vez que desde las filas socialistas se alerta de ese riesgo. Miquel Iceta ha insistido en la urgencia de combatir los brotes de intolerancia, principalmente protagonizados por los CDR y otros grupos próximos a la CUP, y en la idea de que si el separatismo insiste en la vía insurreccional, se puede llegar al enfrentamiento civil.

¿Es exagerado hablar en esos términos? En absoluto. Lo que es irresponsable es negarlo como ha hecho el president Quim Torra. Alertar de que una cosa puede suceder no significa desearlo, claro está. Estuvimos cerca de un escenario mucho peor en octubre pasado, aunque afortunadamente el Govern Puigdemont no intentó materializar la proclamada República catalana. No obstante, la corresponsal de ‘Le Monde’, Sandrine Morel, ha explicado (En el huracán catalán, 2018) que había un plan pactado entre los políticos independentistas y la ANC para “resistir” la aplicación del 155 con “un cuerpo de elite” formado por doscientos mossos armados y “una reserva de entre dos y tres mil más” junto a una masa dispuesta a todo de treinta mil personas.

Fracaso de la unilateralidad

Que hayamos pasado ese momento tan peligroso no significa que vivamos en una situación de normalidad democrática, básicamente porque el separatismo no se resigna ante el fracaso de la unilateralidad. Y tras la frustración, llega la rabia, que ahora se alimenta de mucha emocionalidad con el asunto de los presos. Un enfrentamiento civil no significa una guerra, como matizó Borrell en la entrevista, pero sí una situación de graves desórdenes y altercados violentos. Sin ser ese el escenario actual, asistimos a una sucesión de hechos inquietantes que no se pueden banalizar. Se registran ataques periódicos a las sedes de los partidos constitucionalistas, se señala el domicilio de concejales de esas fuerzas, se acosa algunas veces a sus militantes, o se impone en el espacio público y en las instituciones cruces o lazos amarillos y pancartas sobre los “presos políticos”, rompiendo un principio básico en democracia: la neutralidad de aquello que es de todos.

En paralelo, hay escraches en las universidades contra las actividades de SCC, tanto en la UAB como en la UB, siendo particularmente bochornoso que se haya saboteado la celebración de un acto sobre Cervantes ante la presencia de uno de los mayores expertos mundiales, Jean Canavaggio. Lo más grave es que en ambos centros universitarios la actitud de los rectores, Margarita Arboix y Joan Elias, fue de una equidistancia canalla, una actitud de permisividad con los violentos que ejemplifica hasta qué punto la sociedad catalana está enferma de nacionalismo. Finalmente, por primera vez en democracia se ha prohibido a un partido, Ciutadans, que es la primera fuerza en el Parlament, celebrar un acto en la calle. Ha sucedido en Vic y supone un atentado gravísimo contra las libertades fundamentales.  Otro reflejo de una actitud totalitaria que va normalizándose.

Entretodos

Como explica la citada periodista francesa, el problema es que el independentismo se ha convencido de que su causa es la verdadera y encarna una lucha “del bien contra el mal”. La consecuencia es el discurso del odio hacia España. Por eso es recurrente el uso de términos con los que se pretende justificar cualquier cosa, como “fuerzas de ocupación”, “franquismo” y “fascismo”. Incluso cuando políticos menos radicales como el diputado de ERC Joan Tardà critican públicamente los excesos de los fanáticos lo argumentan no por una cuestión de principios, sino porque con esas actitudes el independentismo pierde atractivo. Un argumento muy peligroso porque si fuera al revés podría llevarlos a justificar actuaciones que seguro que no están en el ánimo de los que así razonan.

Hoy urge exigir a los responsables de la seguridad pública, los Mossos, que no se permita la actuación de los intolerantes, de los que se creen los dueños de la calle y pretenden coaccionar la libertad de los demás. La única forma de evitar el enfrentamiento civil es respetar en todas partes las reglas de la democracia liberal. Finalmente, a nivel político la solución no pasa solo por un diálogo entre el Gobierno de Pedro Sánchez y el de Torra, del que hoy no se puede esperar gran cosa, sino por aceptar como premisa básica que este es un conflicto entre catalanes y que cualquier propuesta que se formule ha de partir de un consenso muy amplio en el Parlament.