Bravatas sencillas… para un desafío que desborda a cualquiera

PINTAR retratos a brochazos es un error, porque se emborronan los contornos que definen la sutil realidad de las personas. No comparto la soberbia europea que lleva a despachar a Trump como un botarate.

De entrada, me parece muchísimo más capaz e inteligente que tipos como yo, como prueban dos logros incontestables de su biografía. En primer lugar, armó un imperio empresarial (cierto que ya era rico de cuna, pero multiplicó esa opulencia).

En segundo lugar, ha sido un «outsider», un «maverick» libre y atrevido, que ha conseguido la asombrosa proeza de doblarle la mano a la política convencional, a los medios y hasta a la artistada. Algo brillante ha de bullir bajo ese estrafalario tupé pintado de amarillo.

Por último, de tarde en tarde no viene mal alguien que sacuda un poquito la inercia de lo convencional y abra debate.

Por todo ello, me senté a ver el discurso de Donald John Trump, de 70 años, sin ningún apriorismo en contra.

Es más, tras su alocución de 20 minutos sigo sin desdeñar que no pueda sorprendernos como un presidente más eficaz de lo que pinta su cómic. Pero la verdad es que su alocución resultó simplista y facilona, con un tufillo a proclamas que ya se escucharon en los años treinta del siglo pasado y derivaron en un carajal nunca visto. Lo que dijo Donald es fácil de resumir.

Somos los mejores y además, Dios nos protege. Hasta ahora otras naciones se han aprovechado de nosotros, les hemos pagado su defensa mientras que aquí se cerraban fábricas, pero eso se va a acabar ya. En cuanto a ti, que estás quemado, puteado por los poderosos y los extranjeros, que sepas que se ha acabado el imperio del establishment y ahora mandas tú.

Vamos a recuperar el orgullo nacional y superar la división. Vamos a reconstruir nuestras infraestructuras, que están que se caen. En cuanto al terrorismo islámico, «los erradicaremos de la faz de la tierra». Por último, se acabaron las pamplinas de la cooperación internacional. Cada país tiene derecho a primar su ombligo, y a los demás, que les vayan dando.

Un discurso que llega, porque es sencillo y apela a lo más primario. Un cóctel de nacionalismo, populismo anti-establisment, proteccionismo e intervencionismo del Estado para redimir al pueblo. Hubo frases de vídeo de Iglesias Turrión («la gente controlará nuestro Gobierno»).

Otras dignas del Plan E de Zapatero (la vieja idea keynesiana de levantar la economía con obras públicas). Hasta me pareció atisbar el flequillo de Puigdemont y la calva de Putin: «Recuperemos nuestras fronteras, nuestros trabajos, riquezas y nuestro sueño». Todo aliñado con el mesianismo heroico del buen demagogo populista: «Nunca os fallaré».

¿Un pronóstico? Es imposible hacer grande a América otra vez, porque ya lo es, aunque esté declinando. Y es también imposible que Trump, por mucha arenga tipo tuit que lance, revierta el declinar del que ha sido el imperio mundial desde hace 80 años. Hay 318 millones de estadounidenses, frente a 1.357 millones de chinos que han despertado al capitalismo.

De eso va esta historia. Trump podría ralentizar el dulce declive de EE.UU. -que no creo-, pero el siglo XXII será chino. Son más y trabajan más. Así de fácil.

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