CAT: el marketing de los rebeldes

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¿Por qué los derrotados cabecillas del golpe institucional y constitucional en Cataluña, encarcelados o fugados, ya sólo se conforman con ganar la guerra de la propaganda? La respuesta es simple: es la única que pueden ganar. ¿De qué les servirá? De mucho, pues mantendrán vivo el tóxico caldo de cultivo en el que se cuece el desprecio a la convivencia y el rechazo al civismo. ¿Pueden lograrlo? Está, desgraciadamente, al alcance de su mano. ¿Cómo han alcanzado hoy esa ventajosa posición? Muy sencillo: aplicando viejas, agresivas y efectivas recetas de marketing político y maquiavélico. ¿Cuáles son?

Para conmocionar a las masas, para ejercer influencia sobre ellas, para tratar a las personas (no sólo a las de filiación separatista) como moldeable arcilla y perpetuar así el mito independentista han recurrido al “principio de simplificación y del enemigo único”. Una idea, un símbolo, un ente individualizado: España. Sobre este punto de partida han aplicado “el método del contagio”. Han reunido distintos adversarios (fácticos o metafóricos) bajo esa misma categoría: la Guardia Civil, Llarena, Rajoy, el 155 ó la Audiencia Nacional. Han seguido con el recurso a la “técnica de transposición”, y lo han hecho cargando sobre su oponente los despropósitos y los excesos propios: el Estado es en realidad el que ejerce la violencia. Sobre este cocktail han desplegado artes propias de operaciones de “exageración y desfiguración”. De esta manera, cualquier anécdota, hecho aislado o elemento coyuntural que les ha beneficiado lo han elevado a categoría inmutable y definitiva: ahí queda la irresponsable liberación del jeque Puigdemont por la justicia regional alemana.

Por supuesto no se han detenido ahí. Han recurrido a la “vulgarización”, en la convicción acertada de que toda campaña propagandística debe ser popular, adaptando su nivel de sofisticación y complejidad al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. No es necesario, por hiriente, citar ejemplos; pero ya se sabe: cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar para cautivarla, cooptarla y, en algunos casos, entontecerla. Esta dinámica perversa no ha sido posible implementarla con éxito sin un componente vital de “orquestación”; o sea, la limitación a un número pequeño de mensajes (ni siquiera con entidad de ideas) que se repiten incansablemente una y otra vez desde diferentes perspectivas, siempre sin fisuras ni dudas, para hacer arraigar actitudes primitivas: ya se sabe, España no es un régimen democrático y la Unión Europea lo está empezando a percibir.

Y aún así, lo más peligroso y lamentable del improvisado ejercicio de marketing político y maquiavélico que están ejecutando los rebeldes es la imposición de una suerte de “pensamiento único o unidimensional”. Y ya se sabe cómo definieron esta amenaza no tanto Schopenhauer (en su primera formulación) como Herbert Marcuse, desde la escuela de Franckfurt: “un discurso poblado de hipótesis que se autovalidan y que, repetidas incesante y monopolísticamente, se tornan en definiciones hipnóticas… o en dictados”. Ahí me quedo.