Cena de empresa pre 21-D, por Jordi Évole

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Cena de empresa en un restaurante del Poble Sec de Barcelona. Momento del ridículo parlamento del jefe para hacer balance del año. Todos saben que no es muy ‘indepe’. Y los currantes, con esa valentía que te dan un par de copas de vino (bastante bueno para ser del “menú para grupos””), se arrancan a cantar “‘In-inde-independència'”. El jefe, envalentonado por el mismo vino, les acompaña a grito pelado, y lo lleva más allá: “Els carrers seran sempre nostres”, y todos pican con las manos al ritmo del cántico que se inventaron los de la CUP y que acabaron coreando los trabajadores de La Caixa, cortando el tráfico en la Diagonal (estampas del ‘procés’). Pero la cosa no acaba ahí.

De repente alguien se anima con el “Yo soy español, español, español …””. Y los mismos que se desgañitaban cantando a favor de la independencia, ahora lo dan todo como si estuvieran celebrando el mundial de ‘La Roja’. Y todos se parten de la risa. Y la cena sigue tan ricamente. Más copas en un bar del barrio, y más tarde a la sala Apolo. No se descarta que algunos acabasen empañando los cristales del coche en alguna rampa de Montjuïc. No se registraron más incidentes. (Ni nadie grabó ningún vídeo recomendando hipotecas fijas). Ya sé que esta noticia no vende. Que vende más la discordia, el enfrentamiento, y el socavón social generado en Catalunya, y que no voy a negar. Pero tendremos que empezar a destacar lo bueno para superar la pesadilla en la que hemos vivido.

Quedan cuatro días para que los catalanes vayamos a votar. El mío va a ser un voto triste. Me provoca un enorme rechazo ir a votar con políticos que se presentan a unas elecciones en la cárcel. Tampoco me entusiasma ir al colegio electoral con un cierto temor a coger según qué papeleta, no sea que el vecino me vea. Acudo a votar sabiendo que lo que vote no ganará. De hecho, no tengo claro si alguien en estas elecciones va a ganar, más allá de quedar primero en votos pero no en escaños, o al revés.

Andamos muy entretenidos con las encuestas, con esos escaños que bailan, si es que se puede bailar, porque ahora resulta que no se puede bailar, aunque Puigdemont en su ‘spot’ electoral nos diga a los catalanes: “Canta”. Si Puigdemont pide cantar, es bueno. Pero si otros bailan, es malo. Esa es la Catalunya que deberíamos superar: la de unos dictándoles a los otros lo que tienen que hacer, y viceversa.

Mi deseo

Me preocupa el resultado del 21-D. Mi deseo: que los números permitan un gobierno mixto, formado por independentistas y no independentistas. Porque para mí eso es lo que mejor representa Cataluña. Y que entre sus integrantes estén representadas las diferentes sensibilidades del país. Cuantas más, mejor. Ojalá que la palabra que más escuchemos a partir del 21D sea reconciliación. Y que en su cena de Navidad del año que viene, los miembros del gobierno catalán puedan cantar y bailar. Y sobre todo, que estén todos. Que no haga falta mandar mensajes de audio desde una cárcel para que te oigan los tuyos.