‘Cifras y palabras’, por Josep Maria Fonalleras

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Esta madrugada se habrá llevado a cabo, de nuevo, un recuento de las personas sin hogar que viven en la calle, en Barcelona. 1027, en mayo del año pasado. Probablemente la cifra se incrementará. No es solo una estadística, sino una instantánea de la desolación, una fotografía de lo que no queremos contemplar, que hacemos ver que no existe. ¿Cuántas veces nos hemos atrevido, más allá de ofrecer una moneda, en el mejor de los casos, a establecer una conversación con la mujer que arrastra un carro del supermercado que ya no puede contener más trastos? En este carro, cargado de mantas y de bolsas, se esconde toda su vida. Es todo lo que tiene y lo empuja por las calles, sin rumbo, con una enorme dificultad, hasta que, de noche, llega a la estación de tren donde puede descansar. Sufre porque la roben o porque la ataquen, como sufrían los que se concentraron en la plaza de Catalunya: “Es un caos, un asco”, dijo uno de los acampados, “pero es mucho mejor que pasar las noches a solas, muerto de miedo, en un cajero automático“.

Entretodos

¿Cuántas veces hemos hablado con la chica que, cada día, cuando oscurece, entra en la pequeña habitación (para ella lo es) del cajero y lo convierte en un hogar provisional, pasa el pestillo y se imagina a salvo de las inclemencias? ¿Habla con nadie, esta chica? Esta madrugada habrá sido contada y quizá alguien le habrá preguntado si necesita algo. Aunque solo sea conversar un rato con otro ser humano.