Inicio Opinión De Las Navas de Tolosa a Bruselas, por Albert Garrido

De Las Navas de Tolosa a Bruselas, por Albert Garrido

Cuando la cosa se remonta a la batalla de Las Navas de Tolosa (1212, nada menos) la gravedad del asunto es innegable; si se suman la batalla de Lepanto (1571, nada menos de nuevo) y el reinado de Carlos I de España y V de Alemania (1516-1556; 1520-1558 en el empleo imperial), el agravamiento del caso salta a la vista. Así lo entiende Javier Ortega Smith, de Vox, cuando dice que sin tales degollinas e hitos, las mujeres de la sala –una del Parlamento Europeo– andarían con el burka a cuestas. Una tesis que zarandea las opiniones de doctas mentes que nunca defendieron tal concatenación de hechos ni de viva voz ni por escrito.

Resulta tan impropio del rigor académico decir esto como que un imán, desde lo alto del minbar, proclamara que la victoria de Saladino en el sitio de Jerusalén (1187, ahí es nada) evitó que el orbe musulmán fuera cristianizado por la espada. A tal imán le llamaríamos por lo menos fundamentalista o islamista radical. Así calificamos al menos a los yihadistas que andan dando la vara con la reconquista de Al Ándalus como parte de su programa de restitución del islam genuino.

Entretodos

En una historia como la de aquí –Forges la llama así en sus álbumes– donde se cuentan la expulsión de los judíos (1492), la represión de los protestantes en Valladolid y Sevilla en manos de la Inquisición (1559-1562), la expulsión de los moriscos (1609-1613) y alguna otra persecución desorbitada y mortífera anterior o posterior a las citadas, más diferentes exilios trágicos, citar Las Navas de Tolosa en el centro de Bruselas es un desatino cultural. O una inquietante marcha atrás que puede acabar en la resurrección de palabras cargadas de prejuicios –moro entre ellas– o en la añoranza indisimulada de aquellos días en los que la guardia mora sacaba a pasear a Franco en el Rolls Royce, dicho sea sin ánimo de señalar.

La ola de antisemitismo e islamofobia que cruza Europa de parte a parte justifica los peores presagios, convertida la religión en arma arrojadiza y los peores tópicos hechos argumentos de autoridad. Frente a la opinión sostenida por Henry Kamen y otros de que España fue –quizá sea– la primera víctima de tantos perseguidores patrios, tiene eco renovado un etnicismo que forma parte de los peores episodios de la historia reciente de Europa, y lo del burka en Bruselas tiene cabida en este renacimiento prejuicioso en cuyas raíces se hallan ideas tan viejas como la limpieza de sangre.

¿Extravagancia, cerril conservadurismo, veloz retorno al pasado? En una vieja serie de televisión, a comienzos de los 2000, se incluyó la siguiente secuencia: dos amigos beben una cerveza acodados a una barra; en un televisor colgado de la pared, George W. Bush suelta un discurso. En medio de la conversación, uno de ellos presta atención a la perorata del presidente durante un momento y acto seguido pregunta a su acompañante: “¿Quién es ese tipo que dice cosas tan raras?” Por ahí andamos aquí (otra vez Forges): la política se enturbia y la pestilencia de las alcantarillas sube a la superficie mediante afirmaciones desaforadas.

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