El Ayatollah Pablo Iglesias

El cinismo no es patrimonio exclusivo de una determinada religión, o de una ideología, pero cuenta en nuestra piel de toro con un amplio predicamento. La religión musulmana la ha practicado durante siglos al ignorar la conciencia individual, al prodigarse en la expresión pública de la fe, y al ignorar las nociones de culpa y responsabilidad. Las religiones cristianas la han practicado al configurar los delitos en la perspectiva del pecado, y al reconstruir el pecado desde la fe, quien cree ya está justificado. Para cualquier forma de religión, el delincuente siempre queda impune. No hay delito que no se ofrezca al perdón divino. Por esa razón existe la justicia humana. Es el tipo de fariseismo que aparece en el terrorista mártir, y el tipo de fariseismo que alimenta la farsa política en todas sus formas irracionales. No hacen mas que aparecer ejemplos clamorosos de este fariseismo, desde la Ferrusola hasta Fernández Villa, tantos y tantos delincuentes sociales que se nutren del erario público, tantos y tantos defraudadores del fisco, tantos y tantos servidores de la iglesia que predicando el celibato resultan ser delincuentes sexuales y explotan la fe del carbonero, y tantos y tantos políticos con delirios de grandeza que vendiendo humo aspiran a ser quienes lleven a todos al suicidio colectivo, todos los sectarios imitadores de Savonarola.

Este fariseismo de nuevo cuño también se expresa en el discurso, en la defensa de una moral o una ética pública que no se practica hacia dentro mientras se simula honestidad, la expresión típica del aforismo cristiano, de que una cosa es predicar y otra dar trigo. Y se expresa en su forma mas activa en aquellos que tratan de imponer el discurso y reducir la libertad de expresión a los patrones de conducta que declaran, los mismos que no practican. De este modo aparecen quienes defienden el respeto a sus propios derechos, mientras desprecian los ajenos, como si el mundo tuviera que definirse en sus propios términos y pudieran constituirse en jueces universales y modelos de lo que está bien y de lo que está mal. Esta creencia irracional alimenta el imaginario izquierdista, una superioridad moral que no practica para sí misma. La mitología progresista vende lo rancio como si estuviera imbuido de modernidad. Es el conocimiento iluminativo.

Ocurre así que los mismos que se prodigan en la defensa de las expresiones del islamismo social y político defendiendo las costumbres sociales que amenazan la cultura social, promueven las ideologías de género y el mito femenino. La coherencia no es un bien público, mientras dicen defender la igualdad, muestran su desprecio y odio hacia la mujer tratándoles como varones castrados cuyo único servicio es que se presten como úteros al mercado. Ocultan su desprecio, bajo el temor a sus ídolos maternales o la admiración hacia las mujeres que hacen mito de su cuerpo. Y esconden con eufemismos como maternidad subrogada, la práctica del alquiler del cuerpo escondiendo los propósitos de filiación de parejas homosexuales. Todavía más indigno que la prostitución cuya extinción no reclaman castigando las conductas miserables de sus clientes. La feminización de las portavocías consiste en promover a las amantes, una vuelta de tuerca que poco favor hace a las mujeres independientes que saben decir que no y que no sostienen sus ambiciones con expresiones tan miserables. Quienes han confiado en la estrategia de hacerse la rubia, no merecen ningún crédito social. Son simplemente farsantes dispuestas al trasvestismo político, aprendices de bruja o maestros de ceremonias.

Las estereotipias existen para no tener que considerar la evidencia y hacer un juicio racional. Representan la misma fe que llevó a la hoguera a Miguel Servet, y a Giordano Bruno, y que amenazó a Galileo, y llevó a la muerte a Tomás Moro. Todos los héroes ignorados de la historia que siguen sojuzgados por la ideología de la corrección política. Los blasfemos siempre han merecido el peor castigo cuando se han opuesto a su asimilación por una mayoría social imaginaria. Los discursos de la corrección política, los intentos de castigar la conciencia de los críticos y de los discrepantes está llamada al fracaso y conducirán solo a la violencia. Este progresismo propagado es la manera que tienen estos sátrapas mendaces para imponer el silencio bajo el artificio de que una mayoría social piensa del modo que difunde su propaganda. Ignoran que la propaganda produce hastío y genera odio. Luego se sorprenden que los ciudadanos les ignoren. No existe día en que las tribunas de los periódicos que se dicen de mayor difusión no difundan alguna expresión de esa ideología de género como si los hombres que aman a las mujeres, y las mujeres que aman a los hombres se hubieran extinguido, como por encanto, el imaginario social de los estériles que hacen girar su vida sobre su sexo. El sexo como tecnología. Como si hubieran desaparecido por arte de magia todos los goces que ignoran. Estos propagandistas de la nueva fe del sexo libre tratan de minar el capital de confianza que permite que unos seres humanos se encuentren con otros sin verse amenazados por declarar lo que piensan en lugar de declarar lo que dice la propaganda. Si cada expresión de reconocimiento es acoso, si cada expresión de confianza es amenaza, si se impone el discurso cínico de declarar lo contrario de lo que se piensa, solo prevalecerá el desistimiento, el suicidio o la venganza. Si no existe tolerancia para la opinión social o política discrepante, si de forma inquisitorial se practica la persecución de las ideas, si se hurta la protección de los derechos al sistema judicial, si pensar es repetir lo que declara un ayatollah, si toda la comunicación humana se desarrolla entre eunucos, estos que pretenden defender sus derechos, ignorando los ajenos, perderán la tierra. El ayatollah podemita tiene la estrategia de destruir la confianza social convirtiendo en delincuente a todo aquel que se opone a que se difunda la ideología de género de una sopa perversa de siglas ignorando la protección del derecho fundamental de libertad de expresión. Ha vuelto la condena al blasfemo del islamismo radical, de la inquisición. El ayatollah la ha asumido para ejercer de salvapatrias y de macho alfa de su mano derecha. No podrá prevalecer el derecho al libre desarrollo de la personalidad amenazando la libertad de todos.

JUAN PÉREZ DE MUNGÍA

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