‘El show de Donald Trump’, por Ramón de España

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Donald Trump ha hecho con la política norteamericana e internacional lo mismo que hizo, en su momento, Roger Moore con la saga cinematográfica de James Bond: convertirla en una charlotada. Nos estábamos recuperando de su último tuit contra Kim Jong-Un (¡otro titán del entretenimiento contemporáneo!), en el que respondía a una bravata nuclear del Paquirrín de Pyongyang diciéndole que él tenía un botón para lanzar bombas atómicas más grande que el suyo (y que, además, funcionaba), cuando nos enteramos de que está que trina ante la publicación de un libro en el que se le pone verde y se le define como un tarugo total que no es capaz de leer ni un memorando de tres párrafos. El libro se titula Fire and fury: inside the Trump White House (Fuego y furía: en la Casa Blanca de Trump) y lo ha escrito un periodista llamado Michael Wolff, que, si no fuese porque lleva gafas, sería clavado al Doctor Maligno de las aventuras de Austin Powers. Y la principal prueba de que Trump es, efectivamente, el tarugo que todos imaginamos es que el señor Wolff tuvo acceso sin restricciones a todo el personal de la Casa Blanca con el que quiso hablar.

Aunque aún no he leído el libro –salió a la venta el viernes en Estados Unidos–, parece que confirma todas nuestras impresiones acerca del señor presidente. Ya sabíamos que no leía libros, pero lo de que es incapaz de mantener la concentración más allá del tercer párrafo de un informe es nuevo. Como lo es la afirmación de Wolff de que todos sus subordinados lo consideran un imbécil y un payaso. La falta de concentración, según cuenta Wolff, resulta especialmente molesta en los encuentros internacionales del Donald: tú le pones delante a Merkel o a Macron y él se desconecta a los pocos minutos porque se aburre como una seta.

Como el equilibrio mental de Trump y el de Kim Jong-Un se prestan a discusión, se da una circunstancia inédita: dos majaretas al frente de sendas potencias nucleares

Una de las principales fuentes de información del libro es Steve Bannon, el fascista ilustrado que llevó a Trump a la Casa Blanca y que luego cayó en desgracia por llevarse mal con Ivanka, la hija del jefe, y su marido, Jared Kushner, nombrados asesores presidenciales por puro nepotismo. Trump está que trina con Bannon, al que ya ejecutó en un tuit diciendo que, al perder su trabajo en la Casa Blanca, perdió también la cabeza. Según Wolff, Bannon era el único que, a su peculiar manera, impedía que la Casa Blanca se convirtiese definitivamente en el manicomio que ahora es, donde nadie sabe por dónde le va a salir el señor presidente ni en qué momento se le ocurrirá pulsar el botón nuclear.

La llegada a la presidencia de un tarugo como Trump es un all time low de la sociedad estadounidense en su conjunto. De momento, aún nos podemos reír, pero puede que eso no dure eternamente. Como se dice en el libro de Wolff, hay psiquiatras que han estudiado a Trump y aseguran que no está bien de la cabeza. Como el equilibrio mental de Kim Jong-Un también se presta a discusión, se da una circunstancia inédita: dos majaretas al frente de sendas potencias nucleares. Ya solo falta que enloquezca el presidente de Pakistán, al que Trump acaba de dejar a dos velas, para que empiecen a caer las bombas en todas direcciones.