El síndrome del macho alfa

A Iglesias le sentó ayer muy mal que Rafael Hernando (al que me imagino de pequeño poniendo a los perros botes de refresco en el rabo) se atreviera a verter un comentario sobre el papel desempeñado por Irene Montero

Por una asociación de ideas nada extraña, el comportamiento de Pablo Iglesias durante la moción de censura me ha recordado algo que leí hace tiempo en uno de esos libros de autoayuda a los que uno se abraza cuando ya no tiene remedio. Se llamaba “El síndrome del macho alfa” y advertía de los riesgos que entrañan esos liderazgos posesivos que se caracterizan –además de por ser extremedamente competitivos– por la beligerancia, la impaciencia y el infantilismo. Este último rasgo venía definido como aquella conducta que cursa a través de una mezcla de impulsividad y contención impostada.

La atenta observación de Pablo Iglesias durante los dos días de debate me permite afirmar, sin ningún género de duda, que el secretario general de Podemos padece el síndrome del macho alfa, afectación que –de no tomar medidas–podría tener consecuencias altamente destructivas y poner en peligro su liderazgo. Una de las características del macho alfa es que es invasor de la vida de los otros, pero guarda la suya con exceso de celo. Es irritante al atacar e irritable si le atacan, la reacción natural de quien tiene una tendencia innata a marcar los límites de lo propio, pero también de lo ajeno. Al macho alfa le sentó ayer muy mal que Rafael Hernando (al que me imagino de pequeño poniendo a los perros botes de refresco en el rabo) se atreviera a verter un comentario sobre el papel desempeñado por Irene Montero, de quien dijo que algunos analistas creían que había estado mejor que su pareja. “Yo no voy a decir eso, porque no sé qué voy a provocar en esa relación”, subrayó el portavoz popular a modo de puyita.

Para qué queremos más. Se ha montado la mundial. El macho alfa enseñó los dientes e Irene Montero, cuentan, acusó el golpe con doliente expresión, como si Hernando hubiera profanado un círculo íntimo, ese reducto prohibido en el que los líderes de Podemos han levantado un muro para separar lo público de lo privado. No seré yo, Dios me libre, quien invada la cueva del macho alfa, pero lo ocurrido –salvando las distancias– es como si un paparazzi pone el grito en el cielo porque le fotografían con su pareja tomando el sol en la terraza de su casa.

Hagamos memoria: el macho alfa le ofreció su despacho a una dirigente del PP para que pudiera “conocer” más de cerca a un diputado de Podemos y el macho alfa dijo que “azotaría a Mariló Montero hasta que sangre”. El macho alfa tiene la piel muy blanda. Afortunadamente, Mariló es una hembra beta a la que Pablo le dura dos asaltos. Le iba a curar el síndrome de cuajo, de manera que no tendría que recurrir a esos libros de autoayuda a los que uno se abraza cuando ya no tiene remedio.

Jaime GonzálezJaime González

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