El tótem de la igualdad: cuando el diablo populista se viste de Zara

“Hay en el corazón humano un gusto depravado por la igualdad que conduce a los hombres a preferir la igualdad en la servidumbre a la desigualdad en la libertad”. La profecía de Tocqueville se cumplió hace tiempo. Nietzsche la vio cristalizada en forma de pesadilla en el socialismo: “Utiliza la palabra ‘justicia’ como un clavo en la cabeza de las masas poco cultivadas”.

La igualdad es uno de los tótems de nuestro tiempo. El otro es la ternura como recordó Ignacio Ruiz Quintano en ABC citando al hijo de Berlanga.
-Mi padre, hoy, no podría rodar «Plácido». El productor le exigiría a Mario Casas y más ternura. La igualdad es la fe de quienes creen que los seres humanos pueden ser creados en invernaderos. A los tótems se los adora, no se les hacen preguntas.

Axel Kaiser, autor de ‘La tiranía de la igualdad’ (Deusto), no cree en divinidades sociales y detesta a los ingenieros de almas. ¿Es superior una sociedad con mayor igualdad pero en la que todos son pobres? Si fuera así, Venezuela sería el paraíso de la igualdad.

“Lo que sucede -responde Kaiser- es que el discurso de la igualdad es rentable, porque promete más beneficios y explota la envidia recurriendo al odio de clases”. El dilema de los cerdos de Orwell era que pese a no buscar las desigualdades, todos las engendraban. Hasta que llegan los políticos a establecer la igualdad por la violencia. La lucha contra la desigualdad atenta contra la libertad y solo produce la servidumbre más absoluta.

Le recuerdo al ensayista chileno que en España los liberales tienen mala fama porque cuando llegan al poder saquean a los ciudadanos aumentando los impuestos. Y que el mercado es bueno si les beneficia a ellos, no a los consumidores, los cuales les importan un pimiento.

Kaiser me reconoce que los empresarios suelen tener la funesta manía de juntarse para conspirar a expensas del resto. Hasta Adam Smith se quejaba de eso. Pero el mercado está formado por personas que colaboran entre sí voluntariamente.”En Carolina del Norte hay empresas que compran antiguas fábricas abandonadas de muebles, las modernizan con tecnologías ecológicas y las arriendan a precios muy bajos. Esto se le olvida a la izquierda cuando denuncia que el mercado es inhumano”.

¿Y qué hacemos con los que más desfavorecidos? Kaiser no cree que haya que dejarlos a la intemperie, y me cita a los clásicos: “Friedman apoyaba un impuesto negativo sobre la renta, Hayek promovió la redistribución limitada por parte del Estado y hasta Adam Smith no veía mal una asistencia estatal a los pobres”.

El problema es cuando las necesidades de la sociedad vienen antes que las necesidades del individuo. Si no es atajado a tiempo, la enfermedad no tiene cura. El diablo, como los rufianes, suele vestirse de Zara.

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