Elton John tenía razón, por Javier Pérez Andújar

Yo ya no existía en 1997, el mundo se había ido a otra parte. Los grupos de moda eran las Spice Girls y los Backstreet Boys, y la canción más escuchada fue la que dedicó Elton John a la princesa Diana. Aún no la he oído entera. Hay una diferencia fundamental entre estar en guerra con el mundo y no ser del mundo. Entonces no hubo diálogo, ni por la parte de la actualidad ni por la mía. No nos soportábamos mutuamente. Los colegas se descojonaban con los dibujos de South Park y yo prefería los Roper a los Simpson.

No sé por qué ocurren esta cosas pero lo achaco siempre a la lucha de clases. Es como la divina providencia, pero con la hoja del Inem doblada en la cartera. Quizá se tratase del enfado tras una derrota cantada. Como no tengo pasta tengo teorías, y acerca de todo esto creo que en los barrios siempre se va tarde respecto a la realidad por una cuestión de clase.

Retrocedamos otros 20 años. Ya no es 1997 sino 1977. Cuando el mundo hizo punk, los chavales de los bloques aún éramos irreductiblemente sinfónicos, o metaleros o algo parecido a una mezcla emocional de hippies y guerrilleros (ser rumbero era de quinquis o de progres en función del estilo).

Pero en este no enterarse subyacía un gesto de lealtad, de compromiso con lo aprendido, con los mayores. Se llegaba tarde a todos los acontecimientos no por ser rancio sino porque se estaba fuera del dinero. Uno no tiene lo que no puede comprar. Nosotros no comprábamos: heredábamos cultura igual que se hereda la ropa de los hermanos mayores, de los primos mayores. Y así fue como nos hicimos un carácter, una ideología, un gusto.

Las dos torres gemelas del quiosco

En la portada del primer número de la edición de EL PERIÓDICO en catalán sale el alcalde Clos, y sin embargo hubiese dicho que el alcalde era Maragall. También me ocurre con Juan Carlos I. Cuando veo al rey Felipe VI aún pienso que estoy delante del príncipe. Da miedo. A ratos creo que me voy a ir Sant Adrià a coger el BS o el 43. Pero sí que recuerdo sin confusión lo que sentí al ver aquella edición, el primer montón de EL PERIÓDICO en catalán a pie de calle colocado junto a la edición en castellano como las torres gemelas del quiosco.

Entretodos

Soy demasiado voluble y tornadizo para mantenerme firme en una idea, en una opinión, de modo que he acabado optando por la barra libre, por considerar que lo mejor es que cada cual haga lo que le dé la gana. Y eso es lo que se me ocurrió al ver este periódico en catalán: que lo suyo sería un diario escrito en el idioma de cada redactor, de cada articulista, de cada humorista gráfico, de cada director. Un periódico babélico donde un día un periodista diera una noticia en catalán y al día siguiente, si le apetecía, lo hiciera en castellano. Que todo el mundo se expresara a su antojo sin dar explicaciones.

Otra vez ha sido 20 años después cuando he comprendido, visto lo visto, el sentido profundo de una edición en catalán, pues se trata de una reivindicación y una defensa de una libertad colectiva, y por tanto de la mía, que tanto necesito.

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