España: la posverdad histórica

In memorian Hugh Thomas

SE han inventado historiadores. Así, como suena. Para desmentir la tesis del pucherazo del Frente Popular, la jauría tuitera ha apelado a investigadores que no existen y a obras fantasmales que jamás han salido de imprenta.

La posverdad historiográfica contra el trabajo minucioso, documentado, exhaustivo, científico, de dos profesores que han revisado las actas de las elecciones del 36 para concluir que sus resultados fueron alterados en un clima de agitación, alboroto y violencia. Un estudio antipático, a contracorriente del pensamiento hegemónico, que cuestiona uno de los grandes mitos de la izquierda.

Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa se han jugado su comodidad profesional en un ejercicio de honestidad y de coherencia. Han medido cada palabra de su libro para huir de la subjetividad y conjurar cualquier atisbo de sospecha. Datos, datos, datos. Datos frente a bulos, conjeturas y tabúes.

El resultado de esa revisión del escrutinio arroja 50 escaños trastocados por la variación de las actas durante unas jornadas de vacío de poder y de dramática tensión violenta. Nadie había procedido hasta ahora a ese descomunal esfuerzo de verificación; por apatía, por escepticismo, por miedo, incluso por pereza.

Los autores no esperaban palmaditas ni felicitaciones; sabían que en España la hostilidad, la descalificación o, en el mejor de los casos, el silencio, son la recompensa habitual de la obra bien hecha.

Sólo Stanley Payne se ha atrevido a defender el estudio a cara descubierta. El hispanista tejano lleva tiempo recorriendo por su cuenta el escarpado camino de la desmitificación de las verdades impuestas, que conduce a un encasillamiento ideológico rotulado con despectivas y sectarias etiquetas. Es el precio de enfrentarse sin prejuicios a paradigmas establecidos, de plantear preguntas sin prefigurar las respuestas.

Quiso el azar que la reciente Tercera de Payne en ABC coincidiera, en plena oleada política de antifranquismo retroactivo y de cainismo de ultratumba, con el fallecimiento de Hugh Thomas, el hombre que hace medio siglo elaboró el primer gran tratado de referencia sobre nuestra última guerra.

Su célebre libro no era sólo un relato de la catástrofe sino un ensayo sobre el carácter nacional, sobre su propensión fratricida al enfrentamiento y la tragedia. Entonces fue proscrito por el franquismo; luego, sin moverle una coma, pasó a ser denostado por la izquierda.

El drama de la imposible tercera España, la que trata de circular por medio de la calle a salvo del fragor doctrinario que bulle en las aceras, no sólo afecta a los espíritus independientes que luchan desde dentro por zafarse de trincherismos y banderas.

Se trata de una maldición que ha alcanzado también a los extranjeros que, fascinados por la convulsa pasión española, han caído en la tentación de aproximarse demasiado a ella.

Por Ignacio Camacho

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