‘Ferran Mascarell: las recetas del traidor’, por Josep Maria Cortés

El exembajador de la Generalitat en Madrid tampoco lo hizo. No firmó, no alentó y sin embargo vivía de la misma república inventada, compendio de retos al Estado de derecho y de transgresiones constitucionales. Quizá no firmó, pero melló a su gente con la misma soberbia que aplicaron Puigdemont, Romeva y Junqueras​. Iba en el paquete ultra de los populistas (ERC, PDeCAT, CUP) que cambiaron las reglas del juego dispuestos a hundir nuestra economía y a subvertir nuestro estilo de vida. Se comportó como los ministros de Maduro y los autoritarios de la Padania italiana.

Fue destituido, desposeído de su último cargo y replicó: “No he incumplido nada”. Hombre discreto, hizo mutis por el foro y reaparece ahora como empresario del wellness, salud y bienestar, amén de otros intereses que nunca abandonó, como la portentosa revista Avenç o el grupo editor RBA.

Hubo un tiempo en el que, si te cruzabas con Ferran Mascarell en el Grec o en un entreacto del Palau te parecía ver a un mago prometiendo turquesas, pieles de marta o sables damasquinos. Él hizo lo que pudo para que Barcelona siguiera los pasos del París del Faubourg George Pompidou o del Londres del Tate Modern. Revolucionó la urbe museística (MNAC, Macba o Picasso, ente otros), dio cuartel a las colecciones privadas (Vila Casas, Suñol, Bultó, Cambó o Clos) y pobló sus barrios de bibliotecas públicas jugando a ser ministro de Instrucción de un país laicista.

 

Hoy, la ciudad es redundante, se repite a sí misma para no dejar de existir. Resiste pese a los embates de quienes la quieren convertir en vila gran, capital de los suburbios rurales en los que triunfa el aislacionismo indepe. El salto de Mascarell es la pirueta de un alto gestor del II Imperio que se pasa al comercio de las especies, sin hacer de Marco Polo. Ha cambiado sus papeles de hombre de Estado por la botiga de recetas salutíferas. De hecho, su mando ya se ensombreció el día que fichó por Artur Mas en el Govern del procés. El socialista Mascarell se había hecho soberanista. El jovial sabio en las nubes de la universidad tardo-franquista –donde yo le conocí– había trocado el festival levantisco del Pedralbes rojo por el coche negro de conseller. Desde entonces, luce ternos grises y corbatas de brillo matón. Sus ojos desprenden el destello triste de los sueños rotos. Mascarell, aislado, paga el precio de su traición. Sus anhelos no pueblan ya los anaqueles populares que él fundo; no llenan la plateas y tampoco vuelan en los cabrestantes de las norias instaladas en las ferias de Navidad y Reyes.

Mascarell dice que trató de evitar lo inevitable; se opuso a la proclamación republicana de octubre, hizo de puente en las negociaciones Rajoy-Govern y no participó en ninguna votación. Ahora impugnará su cese como embajador en las Españas. Dice: “Yo no he roto un plato”, a pesar de haber tomado parte en el asalto blando de tantos desatinos. Por lo visto, a Ferran, la mano inocente del independentismo, le ha pasado un tren por encima. Se justifica como si la cosa no fuera con él. Presenta la misma debilidad de otros cuadros socialistas de alta escuela, pasados al enemigo. Retiene los conceptos del catalanismo radical, igual que Montserrat Tura o Toni Castells, exconsellers como él en la etapa del tripartito. Aunque lo de Mascarell es mucho peor: se entregó a la causa de Mas, el inspirador del viaje a Ítaca (¡valiente cursilada!), hoy perdido en la telaraña de causas judiciales y castigos que los soberanistas consideran inmerecidos y que sin embargo no son nada comparado con el daño social y económico que ha causado su república.

Mascarell sabe que la identidad colectiva es falsa, pero se acogió al confort que proporciona cuando sirve de refugio colectivo

Mascarell fue un antes y un después en el concepto urbano de creación, superador del escueto sustrato antropológico: potenció el diálogo entre economía y cultura. Levantó acta sobre la herencia de Le Corbusier. Alentó una compilación de artes y artistas en sentido amplio dándose cita en los canales del valor añadido que él había instaurado. Entendió la ciudad como la polis del conocimiento, pero situada bajo el cielo calcáreo de una patria dispuesta a convertirla en rehén. Y llegado el momento, cuando todo se caía al compás de Lehman Brothers, se libró en brazos del enemigo nacionalista. Entregó su alma, como aquel difunto Adrian Leverkühn inventado por Thomas Mann, que se hizo llamar Doctor Faustus.

Mascarell sabe que la identidad colectiva es falsa, pero se acogió al confort que proporciona cuando sirve de refugio colectivo. Él fue convocado en parte para modernizar el uso asilvestrado de los casinos populares, los ateneos y las casas del pueblo. Estuvo muy atento a no confundir Barcelona con el París decimonónico de Louis Blanc. Pero sucumbió al bucle nacionalista que ha puesto patas arriba la vida de millones de inocentes. Se hizo mentalista, embaucador de la imaginaria Despina de Calvino, cuna del catalanismo teológico que inunda campos de futbol (can Barça), recitales de cantautores (despedida de Raimon), conciertos de jazz o cantatas como las de Montserrat –solo comparables en Europa a los Pequeños Cantores del Salzburgo natal de Mozart– donde los coros de la salve se guarnecen de esteladas pisando nuestra tradición mestiza.

El historiador Claude Julien lo expresa así: “Queremos una sola identidad cultural, porque nos brinda un confortable refugio imaginario ante un futuro que hoy tememos. Las identidades nacionales son religiones basadas en la fe. Pero las revelaciones solo sirven si las usamos para sumar”. Sumar, justamente lo que Mascarell no ha hecho al traspasar junto a Virgilio el umbral de la puerta de Infierno.

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